Lacandona Speed o la inminencia de una literatura continental
Carlos Labbé
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ÂżQuĂ© tienen en comĂşn una boxeadora que lee sobre la selva Lacandona, una estrella filipina del espectáculo atrapada de por vida en un crucero, una profesora de español en una universidad californiana cuya metamorfosis en jaguar puede suceder, una historiadora de Chiapas que no consigue una sola prueba de que su abuelo negro se dedicaba a la medicina tradicional, un cientĂfico social que de tanto estudiar al Ăşltimo hombre de una tribu maorĂ comparte su ocaso y la nieta que vuelve al terruño para un festĂn donde cocinan al animal desconocido en que solĂan transformarse los antiguos miembros de su familia?
No es solamente la obsesiĂłn por los territorios ancestrales lo que compone el sutil entramado entre estos relatos de Lacandona Speed, el libro más reciente de la chiapaneca Claudia Morales y que fue reconocido con el I Premio Internacional Literal, Latin American Voices de Literatura en Español en Estados Unidos y Canadá —ya volverĂ© sobre lo que evoca tambiĂ©n ese entramado cuando se extiende a la geografĂa del galardĂłn.
Es esperable que una lectura tienda a situar estas narraciones en un mismo espacio de interpretaciĂłn, aun si van del PacĂfico Sur a las montañas de MesomĂ©rica, del college town al Caribe, de Lakam Tun a la bahĂa central californiana y más acá. Aun si el primer relato salpica con puñetazos de boxeo determinados fragmentos sobre el cuadrilátero vital de la protagonista cuyo nombre titula el libro, la siguiente narraciĂłn es un recuento en primera persona oral, la siguiente propone una serie de coordenadas de latitud para descomponer el viaje de turismo y, asĂ en más, la variedad de formas ficcionales del libro trae la pregunta de siempre ante cualquier literatura que entrega misterioso su significado sin necesidad de extraer a cambio nada de quien lee, sin recurrir a un exceso explĂcito de intimidad forzada por el humor, al guiño referencial identitario o a la creaciĂłn de marca que emprende la autoficciĂłn: ÂżcĂłmo es que pongo apropiadamente en palabras de mi propia lectura —sin imponer por mi parte una certeza— esa capacidad que tiene este volumen de trazar con nitidez un cuerpo-territorio cuyo endĂłnimo se oculta?Â
Tal vez la evidencia fĂsica que cruza estas narraciones sea un buen punto de partida. Una retina desprendida por un golpe, los colochos persistentes de las protagonistas, el tono que importa en la piel de cada quien, una boca familiar que parece chimuela pero que contiene un pasaje, una criatura del color de la noche que no puede ser nombrada. Que los vislumbres corporales nunca sean restos ni fragmentos; que sean miembros o bien que no formen parte de ningĂşn cuerpo. Por eso la teorĂa del cuerpo-territorio y su práctica acadĂ©mica que requiere declararse decolonial no puede ser reversible —el cuerpo es siempre un territorio y su abrazo y su cĂłpula y su parto y su metamorfosis son afines a todos los seres humanos, lo cual demuestra que nuestros lĂmites no tienen fin—; el cuerpo-territorio no es reversible, a menos que estuviĂ©ramos entre militares no me parece productivo hablar de territorio-cuerpo. En verdad, al nivel de este estrato de una colonizaciĂłn sobre otra y otra, de una mezcla forzada permanente y de la insistencia milenaria —siempre artificial y violenta— por imponernos una jerarquizaciĂłn del mundo, deben ser poquĂsimos los casos en que un territorio se contiene integralmente a sĂ mismo como un cuerpo, de tanto que las aperturas del intercambio necesitan sostener las fronteras para denominarse. No es casual que algunos territorios-cuerpo que naturalmente se protegen a sĂ mismos no sean proclives al establecimiento del cuerpo-territorio humano: la selva (Lacandona o la AmazonĂa, por ejemplo), los hielos perennes (Groenlandia, la Antártida), los desiertos, las montañas y los vastos ocĂ©anos. No es casual que esos territorios-cuerpos estĂ©n al centro de las guerras econĂłmicas actuales; tampoco, que las narraciones de Lacandona Speed pongan su foco sobre determinados miembros contra el horizonte amplio de lo que no es un espacio exclusivamente humano.
Es que el mundo para ser mundo nunca ha sido el de los hombres.
Los particulares sentidos corporales de este libro no emanan de la aparente hĂper localidad de cada relato, aun si uno pudiera trazar marcas biográficas evidentes de sus anĂ©cdotas en Claudia Morales; el sentido de corporalidad, la organizaciĂłn de una literatura que liga los cuerpos que envuelve y los territorios a los cuales pertenecen esos cuerpos, entonces, no puede ser territorial —ni siquiera puede ser espacial— si al anudar esa ligazĂłn no hace pasar a quien lee por una particular experiencia del tiempo para sacudirnos del paso de los ritmos industriales impuestos por la forma literaria que llamamos de manera clásica —en sentido decimonĂłnico, en sentido moderno desarrollista, en sentido europeo-estadounidense— el reloj del cuento, para asĂ trenzar estas narraciones en una cronologĂa inefable pero extremadamente familiar. Lacandona Speed, quiero decir, no es una colecciĂłn de cuentos sino un conjunto de vislumbres. Porque desde hace antes ya que la literatura más universal —en el sentido de inclusividad abarcadora y tambiĂ©n en el sentido cĂłsmico del tĂ©rmino—, desde antes ya de este perĂodo en que la literatura es algo que escribimos y leemos en palabras escritas, es que existe el arte del vislumbre: lo que todos sabemos que va a ocurrir pero no puede ser nombrado, lo que sucede porque viene sucediendo desde siempre y por eso es inminente. Lo que estas narraciones tienen en comĂşn es que son seis vislumbres de la vida que siempre ha existido y eso no necesita de un recuento pormenorizado. El cuerpo sabe de memoria quĂ© es lo que vislumbra en medio de la noche oscura porque entonces está fuera de la modernidad, de la urbe, de lo actual —está tan cargado de pasado como de esperanza y porvenir, lo cual nunca se podrá fijar en cronologĂa alguna, por más gruesas que se vuelva la novela cada año.
Un vislumbre es asĂ: «la historia sobre cĂłmo comencĂ© mi carrera de reparadora de memorias comienza con una barra de jabĂłn», segĂşn anuncia la narradora en la cuarta narraciĂłn de este volumen. Nos ofrece el recorrido de esa barra de jabĂłn mientras los pormenores de ese oficio de reparaciĂłn de memorias y su carrera deben ser buscados en las demás páginas. El vislumbre ofrece riquezas inagotables de significado y al mismo tiempo no sobreexpone ni insistirá. Se diferencia de la profecĂa —que es localizada y dirigida— y, sobre todo, de la docencia, de la prĂ©dica y del proselitismo. Su inminencia no se agota. Por eso es literatura. Y por eso tiene tanto sentido que Lacandona Speed sea el libro que recibiĂł el reconocimiento de la primera versiĂłn del Premio Literal de Literatura en Español para Estados Unidos y Canadá, con justicia cuando estos lugares no son capaces de distinguir un nombre apropiado para sĂ mismos y necesitan devorar cuerpos para mantener viva la posibilidad de seguir pareciendo un solo territorio. Con justicia he de decir que una novela mĂa recibiĂł tambiĂ©n como reconocimiento una segunda menciĂłn en este premio y con justicia atesoro el aprendizaje de lo que entrevĂ en esa inminencia que no tuvo que ser mĂa: «no importa quĂ© tan lejos migres, cuántas fronteras estĂ©n entre tĂş y los que amas, un dĂa el luto extiende sus garras oscuras». Y es que, con justicia, el sentido inagotable de una literatura del vislumbre debe ser el premio mayor que merecen Estados Unidos y el Canadá cuando esas entidades nacionales se quieren a sĂ mismas solamente como extractivismo limitado, como empresa necropolĂtica y con fecha de caducidad. Y es que, con justicia una vez más, Lacandona Speed debe ser leĂdo como una creaciĂłn continental —en el sentido de contenido y contenedor inminente del tĂ©rmino— y no como literatura nada más ni menos que maya-afro-feminista-decolonial-pop-californiana y otras etiquetas que una lectura extractivista quisiera imponerle.
Porque cuando se trata de hablar de creaciones continentales estratĂ©gicamente omitimos que MĂ©xico es parte de NorteamĂ©rica, igual que cuando hablamos de MĂ©xico no queremos decir que MĂ©xico es tambiĂ©n parte de CentroamĂ©rica y del Caribe, y que CentroamĂ©rica y el Caribe tambiĂ©n son parte de AmĂ©rica Latina, y que AmĂ©rica Latina es parte del Sur Global —entonces todo esto serĂa SudamĂ©rica, ay. No. Mejor dejemos la trama geopolĂtica a los militares. Tanto en SudamĂ©rica como en NorteamĂ©rica, a lo largo y a lo ancho de lo que nunca se ha llamado asĂ, es usual leer o escuchar lamentos, protestas, nostalgia o disconformidad sobre el estado estĂ©tico imperante, sobre las dificultades editoriales de quienes escribimos y sobre las cortapisas que la cotidianidad urbana impone al mero acto de quedarse más de cinco minutos frente a un libro —desde la queja sobre la omnipresencia de la sintaxis breve o del párrafo de pocas lĂneas al hecho de que a una persona adulta que trabaja una jornada de cuarenta horas a la semana leer un párrafo suele provocarle un sueño inescapable o que la entrega de nuestras comunicaciones básicas al telĂ©fono celular nos ha forjado un perĂodo de atenciĂłn fragmentario, saltarĂn, eminentemente no lineal en contraste con la página narrativa, en fin: todas las señales del ocaso de la cultura occidental alfabetizada de los tres siglos pasados. Si uno oye y mira la pantalla todo rededor, el apocalipsis de la ciudad letrada ruge. Pero ese rugido jamás ha provenido del interior de la ciudad letrada —que es puro escenario—, sino de la criatura del color de la noche que ahĂ siempre ahĂ habita y cuya apariciĂłn inminente es la nuestra.
Foto de Vishal Yadav en Unsplash

Carlos LabbĂ© vive entre MachalĂ, Santiago, Brooklyn y Queens. Ha publicado diez novelas, entre ellas Pentagonal: incluidos tĂş y yo (primera novela en hipertexto latinoamericana, 2001), Libro de plumas (2004), Navidad y Matanza (2007), Locuela (2009), Piezas secretas contra el mundo (2014), La parvá (2015), CoreografĂas espirituales (2017), Viaje a Partagua (2021) y Riachuelo (2025), varias traducidas al inglĂ©s, turco y alemán. TambiĂ©n es autor de las colecciones de cuentos Caracteres blancos (2010) y Cortas las pesadillas con alebrijes (2017), y del ensayo Por una pluralidad literaria chilena: el colectivo Juan Emar (2019). FormĂł parte de las bandas de rock pop Ex Fiesta y TornasĂłlidos, del colectivo SangrĂa Editora, y tiene cinco discos solistas disponibles en todas las plataformas. Ha sido guionista de los largometrajes Malta con huevo (2007) y El nombre (2016). Trabaja como traductor y editor bilingĂĽe.
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Posted: February 5, 2026 at 10:22 pm







