Spacebook
Alberto Chimal
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Hace unos años, en 2021, la obra del escritor estadounidense Neal Stephenson (1959) se hizo viral durante varios meses. Mark Zuckerberg acababa de anunciar el proyecto de lo que llamó el metaverso: una plataforma de realidad virtual a la que, según él, se mudarían poco a poco todas las actividades humanas. Los fanáticos de Zuckerberg y parte importante de la prensa tecnológica estaban convencidos de que el atractivo del metaverso sería irresistible, y llegaron a decir que aquel espacio artificial, cerrado, dependiente de una tecnología costosa y de alcances inciertos, llegaría a sustituir, incluso, la experiencia de la realidad física. “Es inevitable”, decían, “que todos nos vayamos a vivir al cosmos creado por Mark Zuckerberg. Hay que subirse al tren para que el tren no nos arrolle. Adaptarse o morir”. El empresario, para dar una señal de confianza, cambió el nombre de su compañía, que entonces aún se llamaba Facebook como su red social, a Meta.
El término “metaverso” estaba tomado de Snow Crash, una novela ciberpunk escrita por Stephenson y publicada en 1992. Aunque Zuckerberg no le dio el reconocimiento debido, y al parecer tampoco pidió permiso ni le pagó, la referencia se dio a conocer y gracias a ella la novela encontró nuevos lectores, que la reconocieron como un clásico menor de la ficción especulativa.
En marzo de este año, Zuckerberg anunció el fin de su “metaverso”: todos los productos relacionados con el proyecto serán descontinuados, y todos sus servicios cerrados, luego de que Meta perdiera unos 80,000 millones de dólares tratando de hacer atractivo un entorno virtual que prácticamente nadie quiere utilizar. En 2026, quienes eran partidarios del metaverso en 2021 fingen que no ha pasado nada, o intentan decir que jamás creyeron en el proyecto megalómano de Zuckerberg, o han pasado a promover la “inteligencia” artificial generativa. “Es inevitable”, dicen, “que todos le encarguemos nuestro pensamiento, memoria, creatividad y salud mental a los productos de una oligarquía psicópata. Hay que subirse al tren para que el tren no nos arrolle. Adaptarse o morir.”
Todo lo anterior, y algunas tendencias actuales que no se han discutido lo suficiente, me recuerdan un detalle de otra novela de Stephenson: Seveneves (o Siete Evas), publicada en 2021.
Este libro es menos conocido que otros del autor y no ha envejecido tan bien como Snow Crash. De hecho, ahora se siente un poco como una reliquia, venida de una época remota. El argumento es apocalíptico: un desastre cósmico provoca la desintegración de la Luna, que caerá sobre la Tierra en una lluvia de meteoritos que durará miles de años y destruirá toda forma de vida en el planeta. En los meses que hay antes de que se consume la catástrofe, el mundo se organiza para enviar al espacio a un pequeño grupo de científicos, ingenieros y adolescentes seleccionados de todos los países –junto con algunos tesoros artísticos de valor incalculable, versiones digitales de todo el conocimiento humano y las proverbiales muestras genéticas– para unirse a los astronautas de la Estación Espacial Internacional, a quienes se les informa que nunca más volverán a la Tierra. Junto con los recién llegados, deberán mantenerse en órbita, evitar la destrucción y resistir hasta que puedan poblar algún otro lugar, en un futuro que no pueden ver.
Hasta ahí no hay novedades. Hay un reparto diverso, numerosos episodios de acción, descripciones de equipamiento y aparatos futuristas, problemas técnicos y burocráticos que deben resolverse… Actualmente habrá lectores, o espectadores de cine, que le encuentren parecido a Seveneves con la novela Proyecto Hail Mary de Andy Weir, cuya adaptación cinematográfica se acaba de estrenar (en América Latina lleva el título Proyecto Fin del Mundo).
Las principales diferencias de la novela de Stephenson con incontables historias parecidas son dos. La primera: la principal antagonista es poco más o menos… una versión exagerada, grotesca, de Hilary Clinton, que parece haber sido parte del imaginario de la derecha estadounidense desde años antes de la publicación de Seveneves. Llamada en el libro Julia Bliss Flaherty, es una política sin escrúpulos, sedienta de poder, que ha llegado a ser la presidenta de los Estados Unidos. Luego de subir al espacio sin haber sido seleccionada para ello, sus fines no quedan muy claros: todo lo que hace es intrigar e interferir con los científicos e ingenieros, que entienden mejor que ella las necesidades de su situación, pero no tienen su astucia ni su perversidad. En especial, los jóvenes de ideas progresistas caen bajo el influjo de Flaherty y se dedican a perder el tiempo con propuestas de inclusión y reforma social que no vienen al caso. (En cambio, un milmillonario que desde el comienzo de la novela ha ofrecido sus propias naves, satélites y pericia técnica se sacrifica y muere heroicamente para salvar al resto de los supervivientes.)
Segundo, los personajes en órbita tienen una red social. Todos necesitan vivir, por supuesto, en cápsulas: habitáculos estrechos, apretados, capaces de satisfacer únicamente las necesidades mínimas para la supervivencia de cuatro o cinco personas. Aislados, en un estado de absoluta dependencia de la tecnología, desprovistos de contacto más allá de sus escasos compañeros, todos entienden que pasarán el resto de sus vidas encerrados. Para ayudarlos, los científicos los proveen de una red inalámbrica semejante a internet y de una plataforma para comunicarse. La plataforma se llama… Spacebook. En este caso la inspiración es obvia, pero la amenaza que representa esa red no está en la exacerbación de las sensaciones de angustia y encierro, las “teorías” conspiratorias o la manipulación algorítmica –como el mundo entero aprendió durante los encierros pandémicos de 2020 y 2021– sino una vez más en la influencia nefasta de Flaherty, que está al tanto de todas las publicaciones de los jóvenes en la red social y, una vez más, los manipula mediante ese conocimiento. Cuando Flaherty toma el control de la mayoría de las cápsulas en órbita y las hace separarse de la Estación Espacial Internacional, poniendo en peligro a la totalidad de los humanos sobrevivientes, transmite por radio un discurso de tono conciliador pero que, en el fondo, dice: “Es inevitable que lo que queda de la humanidad quede bajo mi poder. No es que yo sea una megalómana y una perra del mal, simplemente soy la mejor opción. Suban al tren para que el tren no los arrolle”, etcétera.
Ahora parece absurdo que un personaje inspirado en Hilary Clinton sea presentado como el extremo de la malignidad humana, que una novela apueste en serio por la bondad y la empatía de un empresario de cohetes o que una población joven, y compuesta parejamente por hombres y mujeres, se muestre como un grupo homogéneo y manipulado contra la sensatez de sus mayores, que dominan claramente todos los campos de la ciencia y la técnica. Aunque es posible admirar la forma en que grandes obras especulativas (y de cualquier otro tipo) pueden converger con circunstancias, ideas, sentimientos muy posteriores a su creación, también se debe reconocer que nunca sabemos realmente cómo será el futuro. Más todavía, que el futuro no existe, y mucho de lo que decimos sobre el tema en el presente puede tener un interés egoísta, avieso, o ser únicamente la expresión de un deseo o de un odio irracional: de un sesgo o una ceguera de nuestro pensamiento que solamente se revela cuando ya es demasiado tarde.
El arte trata siempre, por encima de todo lo demás, del presente: de lo que hay. Es lo único que hay.
Foto de Sara Kurig en Unsplash

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Posted: May 5, 2026 at 8:14 pm







