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Cuando el Comandante perdió la cabeza

El Comandante

Frédérique Langue

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La destrucción de las estatuas de Chávez dista mucho de ser un anacronismo en el contexto de las elecciones fraudulentas de julio de 2024. Es la expresión de un resentimiento social, distinto al resentimiento incentivado por el propio Chávez durante sus mandatos, de una protesta pública compartida y de una condena del pasado reciente.

A finales de julio de 2024, se dieron a conocer los resultados de las elecciones presidenciales venezolanas: el candidato opositor, Edmundo González, apoyado por María Corina Machado (inhabilitada por el régimen), se convirtió en el presidente legítima y democráticamente electo. Oficialmente, Maduro fue declarado vencedor, antes de que el Consejo Nacional Electoral validara los resultados y pese a los numerosos llamamientos de presidentes latinoamericanos, especialmente el presidente Boric desde Chile —de entrada, no reconoció la victoria de Maduro y denunció la dictadura, lo que provocaría la ruptura de las relaciones diplomáticas—, o de Lula, quien pidió que se respetara el veredicto de las urnas. La única respuesta a la nueva movilización popular fue la represión. Refugiados en la embajada de Argentina, cuyos asuntos los gestionó Brasil tras la ruptura de relaciones diplomáticas, ambos opositores se beneficiaron de un amplio reconocimiento internacional. Edmundo González encontró asilo en Madrid, mientras Corina Machado seguía luchando desde la clandestinidad, en un compromiso por la democracia galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2025.

Sin embargo, en las calles, los símbolos antes venerados en virtud del mito bolivariano y de su historia oficial caen en varias ciudades del país. Varias estatuas de Chávez son derribadas, arrastradas por las calles y destruidas, recordando, por si fuera necesario, la sabiduría estratégica de su mentor y «padre» Fidel Castro, quien siempre se había negado a que le erigieran estatuas, inclinándose por imágenes cuidadosamente seleccionadas de la epopeya revolucionaria y de su líder, que sí permanecen en la memoria colectiva y no sólo en archivos fotográficos o recuerdos individuales. De la vida ajetreada de las estatuas, de iconoclasia y de emociones del presente trata este breve ensayo.

 

El funesto destino de las estatuas

En Caracas y fuera del distrito capital (en Coro, La Guaira, Carabobo…), las estatuas de Chávez yacen en el suelo o son decapitadas. Son precisamente estas imágenes, que se han vuelto «virales» en las redes sociales e «icónicas» en los medios de comunicación en línea, las que llamaron la atención. El recuerdo del Comandante parece ahora irremediablemente ligado a la caída de este símbolo del que, ilusoriamente, se suponía que resistiría el paso del tiempo. ¿Cómo no acordarse ahora de esa imagen del martillo destruyendo la estatua de Chávez sobre un fondo de cielo azul, extraída de un video anónimo (por razones de seguridad de su autor), ampliamente reproducida en las redes sociales y en los sitios de información no oficiales tras la fraudulenta reelección presidencial de julio de 2024? Exactamente un año después, cuando la victoria oficialista se proclama de nuevo sin mayor sorpresa en las elecciones regionales, las izquierdas progresistas de América Latina, reunidas en la cumbre de Santiago, toman partido contra el «extremismo» y denuncian la falta de democracia en Venezuela, Cuba y Nicaragua. Mientras tanto arrecia la represión contra la oposición y sus seguidores, o en contra de militantes críticos, particularmente de intelectuales otrora chavistas, mientras el gobierno del miedo se dedica a celebrar el 220º aniversario del juramento de Bolívar en el Monte Sacro.

Sea cual sea la intensidad del «contagio emocional» que la ha llevado a Venezuela y a otros lugares del mundo, el infortunio de las estatuas, la iconoclasia y lo que se ha llamado de manera más genérica la «desconmemoración», no es un fenómeno inédito en la historia del tiempo presente y en su historiografía. En esta última década se han ido multiplicando las acciones destructivas resultantes de conflictos y disputas memoriales, quizás tan simbólicas y vanas como las representaciones materiales del pasado que han querido destruir públicamente, pero que tampoco caben en la categoría de los sucesos diversos o del vandalismo.

El derribo de estatuas “incómodas” es un fenómeno social que suele acompañar la caída de un régimen autoritario o dictatorial, o un juicio retrospectivo, situación que prevalece en América Latina. El ejemplo venezolano y las modalidades de su «contagio emocional» remiten, en este sentido, a una dinámica algo distinta y a múltiples retos, a motivaciones ciertamente antigubernamentales, al rechazo de los símbolos políticos «bolivarianos» en el espacio urbano, pero también a la reapropiación del espacio público y de sus vectores memoriales y visuales. Se comprueba a todas luces con la difusión en línea, instantánea y masiva, del derribo de las estatuas de Chávez y con la expresión de emociones colectivas (como la ira) que las manifestaciones públicas ya no permiten expresar (represión, censura). Ya no es solamente el significado del pasado lo que entra en juego, ni mucho menos la «descolonización» reivindicada en otros lugares del planeta. Tampoco se trata del episodio de 2004, cuando se derribó la estatua de Cristóbal Colón, obra en bronce de Rafael de la Cova (1904), realizada para conmemorar el cuarto centenario de la llegada del navegante a las costas venezolanas (1498): la estatua fue «juzgada» y «condenada», sustituida por pancartas antiimperialistas. Otro tanto ocurrió en 2009, cuando Chávez decidió borrar del espacio urbano de Caracas todo rastro del descubridor de América, en este caso una última estatua que, a sus ojos, sólo simbolizaba el «genocidio» y no tenía nada que ver con el «patrimonio nacional». En este sentido, la desgracia de las estatuas del Comandante remite más bien a un futuro anhelado en el que los nuevos enemigos de las estatuas (el pueblo, pero también la clase media) aspiran a hacer tabula rasa de la siniestra actualidad, del discurso del odio y del resentimiento así como de los personajes que encarnan la Revolución bolivariana, en una justicia altamente simbólica.

La destrucción de las estatuas de Chávez dista mucho de ser un anacronismo en el contexto de las elecciones fraudulentas de julio de 2024. Es la expresión de un resentimiento social, distinto al resentimiento incentivado por el propio Chávez durante sus mandatos, de una protesta pública compartida y de una condena del pasado reciente. Se puede hablar, de forma muy simbólica y de acuerdo con algunos observadores, del fin del modelo chavista, incluso de un «desafío insurreccional», de un «desafío al biopoder bolivariano». En el registro permanente de los símbolos bolivarianos, cabe recordar que la fecha de estas elecciones fue anunciada por Maduro el 5 de marzo, aniversario de la muerte de Chávez, y que se celebraron el 28 de julio, aniversario de su nacimiento. Tras la destrucción de las estatuas chavistas, se desplegaron decenas de militares en las calles para proteger a las últimas estatuas del Comandante de estos «actos terroristas». Ahora, hay que recordar que hechos similares se habían producido en 2017, 2018 (incluso en el pueblo natal de Chávez) y 2019, en contra de un presidente omnipresente en las paredes, fachadas y otros carteles electorales, dentro del duelo inacabado y culto fomentado por Maduro en honor al «Comandante eterno».

Sin embargo, es a través de representaciones intermediadas que los imaginarios, las emociones, las opiniones públicas, se enfrentan casi desde los inicios de la “Revolución”, bajo la mirada de los medios de comunicación y de las redes sociales. Estos cómodos sustitutos de la polarización, blancos de la instrumentalización de las emociones, se desenvuelven en el espacio público en una competencia de memorias que ya no enfrenta tanto a los partidarios del difunto presidente (el «chavismo originario»), expulsados de las esferas del poder, sino a un gobierno de escasa legitimidad y su aparato represivo (militar o paramilitar) a las clases medias y populares que se han sumado a la disidencia. En 2022, se producen protestas tras la modificación de los símbolos de la capital, como el escudo de la ciudad, pero también tras la instalación de una estatua del cacique Guaicaipuro en la autopista urbana Francisco Fajardo (nombre de un conquistador), rebautizada Gran Cacique Guaicaipuro. Recordemos que, ya en 2003, Chávez había rebautizado el 12 de octubre como Día de la Resistencia Indígena. Unos años más tarde, el presidente hizo retirar de un parque de Caracas una reproducción de la carabela Santa María para sustituirla por una réplica-museo del Leander, bergantín utilizado por Francisco de Miranda en su fallido desembarco de 1806.

En semejante contexto, y pese a la existencia de un poder dictatorial, las performances artísticas siguen aportando una mirada crítica y desenfadada. Tal es el caso de la artista plástica y fotógrafa Deborah Castillo y de su «desobediencia radical», para mencionar tan sólo este ejemplo. Un libro reciente, igualmente iconoclasta, insiste en este sentido en una forma muy peculiar de escribir la historia desde las cimas del poder, ya que deriva en cierta medida de ese «Estado mágico» y del estatuto de «mago de las emociones» (L.J. Uzcátegui) atribuido a Chávez en los primeros años del “proceso”: la dimensión espectral del poder chavista tras la desaparición del Comandante, basada en formas de dominación simbólicas (objetos, imágenes, actuaciones), en otras palabras, el Estado nigromántico, cuando en América Latina, las referencias a los espectros tienen que ver más bien con estrategias figurativas de la ausencia y del recuerdo, o sea ausencias por desapariciones y un pasado traumático y dictatorial (cf. caso de Chile). En un enfoque que recuerda al de los antropólogos Michael Taussig, con su conocido «Estado mágico», o de Rafael Sánchez, sobre el tema de las identidades continuamente recompuestas por «métodos hiperbólicos de seducción del pueblo» y «monumental gubernamentalidad», Irina Troconis demuestra que esta puesta en escena se basa tanto en elementos propios de una cultura material, en las redes (sociales, ideológicas, de propaganda) como en la invocación de la memoria para reforzar la pertenencia a lo que llamaríamos asimismo una “comunidad emocional”, en virtud de la fuerza mágica asociada al Bolívar del siglo XXI.

Junto al poder avasallador de la historia oficial, el poder visual de esta reescritura, la potencia hipnótica de las imágenes, entre las referencias a Bolívar, a Chávez y a su genealogía revolucionaria, e incluso un holograma de Chávez, se hacen no sólo realidad a diario sino también símbolos de vigilancia. Estas representaciones visuales y soportes emocionales invaden tanto los espacios públicos y colectivos como la esfera privada e íntima, como lo demostró la proliferación de los «ojos de Chávez» en los muros y en las escaleras de la ciudad, en altares improvisados, a través de grafitis o pegatinas, camisetas e incluso tatuajes. De esta forma, la nostálgica «mimesis nigromántica» es cultivada con constancia por el poder establecido cuando se cuestionan su autoridad y la legitimidad del Estado mismo. El actual presidente «habla» con su predecesor en una fetichización de la figura presidencial, cuando el «Comandante eterno» se le aparece por medio de un pajarito. La invocación de ese «poder espectral» no es nueva, ya que era de dominio público que el finado presidente insistía en dejar a su lado una silla desocupada durante reuniones, oficiales o no, un lugar que destinaba precisamente al «espíritu» del Libertador Simón Bolívar. Sobre las “ruinas del presente”, los espectros del presente sustituyeron a las estatuas del pasado.

 

Referencias:

• Gensburger, Sarah, Wüstenberg, Jenny (eds.), Dé-commémoration. Quand le monde déboulonne des statues et renomme des rues, París, Fayard, 2023.
• Illouz, Eva, Les émotions contre la démocratie, París, Premier parallèle, 2022.
• Eva Illouz con Lara Siscar: “Las emociones contra la democracia”, conversación en el marco de la primera edición del Festival de las Ideas, Madrid, que tuvo lugar entre el 18 y el 21 de septiembre de 2024 https://www.youtube.com/watch?v=oea2bTA_Xuo  https://festivaldelasideas.es/
• Langue, Frédérique, Moscoso, Javier (coords.), dossier Debates «Emociones y tiempo presente: el “contagio emocional””, Mélanges de la Casa de Velázquez, 54-1 | 2024 https://journals.openedition.org/mcv/20540
• Sánchez, Rafael, Dancing Jacobins. A Venezuelan Genealogy of Latin American Populism, Nueva York, Fordham University Press, 2016.
• Troconis, Irina, The Necromantic State. Spectral Remains in Venezuela’s Bolivarian Revolution, Durham, Duke University Press, 2025.

 

Frédérique Langue. Directora de Investigación en el CNRS, adjunta al Instituto de Historia del Tiempo Presente. Historiador e hispanista, Doctora en Historia (París 1), se especializa en la historia del tiempo presente y su escritura en los mundos ibéricos, en particular en Venezuela. Coordina el International Research Network Inshs “Historia del tiempo presente, memoria y emociones en América Latina y España” (2022-2026).

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Posted: November 11, 2025 at 7:05 pm

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