Entonces la noche
Ana Clavel
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Cuando empecé a publicar, ignoraba que parte del oficio de la escritura es ser jurado de premios, escribir ensayos sobre temas literarios y del mundo actual, reseñar libros, acudir a festivales y ferias, preparar clases para diplomados, diseñar talleres de creación y técnicas narrativas, dictar conferencias y presentar libros de otros escritores, escribir para otros a veces, incluso, en calidad de “escritor fantasma”. Digamos que la labor de ser escritora se extiende irremediablemente a la actividad lectora obligada –por supuesto, no me refiero a las obras a las que se acerca una por curiosidad y por placer–. Es parte del mundo que elegí cuando tomé la decisión de hacerme escritora. Digamos que es la parte más productiva, económicamente hablando, porque vivir de las regalías de un libro propio –aunque sea premiado y se vendan 4 o 5 mil ejemplares–, es una quimera por lo menos en el México actual.
Debido a esta actividad paralela al goce de la lectura creativa, llega el momento en que una se satura de historias insulsas, desorganizadas, mal escritas, descabelladas y lo único que se desea es encontrar un libro que la sorprenda a una, no sólo bien escrito e imaginativo, sino que conlleve una propuesta literaria capaz de hacerla decir: esto me hubiera gustado escribirlo yo. Algo como lo que dijo Gaston Bachelard de ciertas imágenes poéticas, ante las cuales “tenemos la impresión de que hubiéramos podido crearlas, que hubiéramos debido crearlas”.
Eso es lo que me pasó con el volumen de cuentos Entonces la noche de Ernestina Yépiz, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Historias desconcertantes, sugerentes, sutilmente terribles, de lectura inmersiva, que además de hacer honor al género cuentístico en la medida en que son coherentes y esféricas en sí mismas, comparten un aliento narrativo semejante: la creación de personajes y ambientes que nos van envolviendo en la maraña de sus vidas, sus esperas, sus secretos, sus duelos, sus desencuentros. El deseo en todos ellos plantea una experiencia fantasmal: cruces de realidad y fantasía, de identidad y otredad, de búsqueda del yo, o su extravío en los otros. Los otros que, en calidad de apariciones del pasado, del recuerdo, de las posibilidades abortadas, se convierten en nuestros dobles, en nuestros otros yo. Narraciones en las que nuestro doble, ese doppelgänger que nos habita, hace de las suyas para revelarnos quiénes somos más allá de la piel, en una intimidad secreta, a veces hasta desconocida para nosotros mismos. En este sentido, las seis narraciones de Entonces la noche hacen eco de las palabras visionarias de Paul Valéry cuando afirma: “Es lo desconocido que llevo en mí, lo que me hace ser yo”.
De Ernestina Yépiz conocía yo una primera novela publicada en 2019: El sueño de Paloma Sanlúcar. En ese momento tuve el placer de escribir un texto para la contraportada del libro, del cual cito este fragmento:
Cuaderno de escritura y reescritura El sueño de Paloma Sanlúcar es la búsqueda del origen en los múltiples “yo” en que nos desdobla el acto empecinado de la creación. Más allá de la abstracción borgiana con el juego del doble, el lector descubrirá una sorpresiva e inquietante, perturbadora, vuelta de tuerca que subvierte los límites de realidad, fantasía y locura.
Dotada de una prosa reflexiva y sugerente, la pluma de la escritora Paloma Sanlúcar, creada por otra escritora, Ernestina Yépiz —en la que a su vez resuenan ecos de una tradición demencial y lúcida que va de Virginia Woolf a Elena Garro—, nos sitúa ante una paradoja hechizante de la identidad detrás de nuestros actos y de la escritura misma. Dice la narradora: “Pero quien diga que los fantasmas pueden verse, está en lo cierto. Cada uno de nosotros es el fantasma de otro fantasma. Habitamos una casa ya habitada y somos el disfraz de nosotros mismos. Narciso se fascina con su imagen y al darse cuenta de que su doble está detrás del espejo de agua, se sumerge cada vez más hondo sin posibilidades de volver a la superficie. Escribo y no soy yo la que escribe. Una voz que se confunde con la mía me dicta al oído las palabras y todo sucede porque así ha sido previamente escrito”.
Entonces, ante su nuevo de libro de cuentos, descubro que sus inmersiones anteriores conforman un estilo o sello de autora, y que ahora en sus narraciones breves, esa reincidencia se vuelve un prisma para alimentar un mundo donde la imaginación se ramifica hasta abarcar zonas limítrofes del sueño, la vigilia, la sombra, de ese otro jardín de deseos que se bifurcan. Por ejemplo, en el primer relato del libro, “El suicidio de Camila Bauzán”, nos va develando la historia de la suicida y la narradora que comparten el mismo nombre. Una historia intrigante, con un ritmo narrativo pausado y preciso, que construye un final flotante, a partir del poema Lady Lazarus, de esa otra suicida, la poeta Sylvia Plath: «Dying is an art/ like everyting else/ I do it exceptionally well».
“Los otros inquilinos de la casa” nos plantea una sugerente historia de fantasmas que habitan una casa y el juego de identidades y otredades con la protagonista pintora que también habita ahora ese espacio. Suavidad, tersura, sugerencia narrativa que llevan al lector a seguir husmeando los entresijos del relato. Un ritmo pausado pero a la vez ineludible.
En “Un olor a sal” nos enfrentamos a una narración del doble por excelencia, en el relato de unas gemelas que, al desaparecer una de ellas y “regresar” como fantasma, se convierte en una inquietante reflexión sobre la otredad y la identidad. Nuevamente, la imaginación que va más allá de lo esperado desarrolla esta historia desconcertante y la deja aleteando en la bruma del asombro.
“Promesa incumplida” nos muestra cómo los amores del pasado pueden convertirse en un verdadero relato de fantasmas que persisten en la memoria y en nuestra realidad consciente. Fluido e inesperado, Yépiz hace posible la sordidez y la ternura de la que hablaba Salinger en uno de sus Nueve cuentos.
“Una tumba vacía” nos plantea otro relato esquizoide y fantasmal: ¿las protagonistas son gemelas, amigas, o siempre han sido dos personas en el cuerpo de una sola? Como sea, todas ellas enamoradas del hermoso Antonio y su barco trágico, sucumbirán al hechizo fantasmal del amor imposible.
“Entonces la noche”, cuento que da título al libro, es también una declaración de principios de una narradora a quien no le basta el mundo inmediato y prefiere sumergirnos en la sensualidad de una mirada que escudriña lo alterno, lo tangencial, lo decadente de las urbes, el mundo de deseos y sombras que, a veces, emerge a la luz gracias a una escritura literalmente re-veladora. Dice la narradora de este último relato:
“No quiero decir que no me guste estar sola. De hecho, no encuentro mejor compañía que mi propia sombra. Cuando camino la veo alargarse, trepar ágil por las paredes, moverse como un fantasma. Sin embargo, a veces necesito ciertas emociones, o para ser más precisa, creo que debo decir «sensaciones». No, tampoco, creo que lo que busco realmente son «impresiones». El sobresalto y la parálisis que produce el sucumbir por algo o por alguien, aunque esto sea circunstancial, momentáneo.
“Existo más allá de cualquier voluntad e incluso de la propia y no puedo negar que a veces la vida me resulta placentera, creo que en alguna medida logro arrancarle lo grato y hacer míos los pequeños placeres y ¿qué es la vida si no eso?: roer, mordisquear y, sin ninguna culpa, disputar a los dioses un poco el paraíso, sentirse dios.”
Y sólo para rematar, este final que espero los incitará a descubrir los misterios y deseos ocultos en la noche eterna de este libro:
“Entonces la noche, siempre la noche, en lugar de agonizar, renacerá de nuevo. Y ahí estaré yo; una vez más, muchas veces más, palpando el borde de sus abismos”.
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Ernestina Yépiz. Entonces la noche. México. Universidad Autónoma de Nuevo León. 102 pp.
Foto de Olga Vorskanyan en Unsplash
Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007). Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99
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Posted: March 16, 2026 at 10:37 pm







