Cuando la realidad sale de la pantalla
Alejandro Badillo
En julio del año pasado varias regiones de Alemania, BĂ©lgica y paĂses cercanos fueron devastadas por fuertes inundaciones. Las escenas de autos y casas arrastrados por la corriente fueron protagonistas de los noticiarios alrededor del mundo. Por supuesto, estos fenĂłmenos –por desgracia cada vez más frecuentes– tienen un estrecho vĂnculo con la crisis climática que se acelera año tras año. La cadena de televisiĂłn alemana Deutsche Welle recabĂł testimonios de personas que habĂan perdido casi todo y que sobrevivieron de milagro, esperando en los techos de sus casas. Desconsolados, no podĂan explicar la tragedia que habĂa ocurrido en pocas horas. Entre las declaraciones hubo una que llamĂł la atenciĂłn y que pronto se hizo viral en las redes: “No esperas que gente muera en una inundaciĂłn en Alemania. Te lo esperas, tal vez, en paĂses pobres, pero aquĂ no”. La frase, dicha por una mujer, provocĂł innumerables crĂticas que condenaron su insensibilidad. Mucha de la gente indignada, seguramente, ha sido testigo de tragedias similares porque vive en paĂses sin la infraestructura ni los recursos que tiene cualquier naciĂłn desarrollada.
Alemania, como otros paĂses europeos, está en la mira del cambio climático. Curiosamente, lidera en Europa las emisiones de CO2 por el uso intensivo del carbĂłn. Conforme la crisis avance, habrá desastres naturales en lugares que, habitualmente, permanecen al margen. Es interesante reflexionar, más allá de esta realidad cada vez más palpable, las implicaciones de la frase que dijo la mujer alemana. La sinceridad de su dicho –su incredulidad– me hizo recordar varios pasajes del libro Bienvenidos al desierto de lo real del filĂłsofo esloveno Slavoj Ĺ˝iĹľek. Partiendo de los atentados del 11 de septiembre del 2001, el autor explica que, por primera vez, los estadounidenses pudieron comprobar, en carne propia, lo que habĂan visto tantas veces en pelĂculas. Ya sea en paĂses extranjeros o en su territorio, el cine ha mostrado, constantemente, un apocalipsis que, de tanto ocurrir, se ha vuelto casi inocuo, un espectáculo con las dosis necesarias de adrenalina para mantener la vista en la pantalla. Siguiendo el razonamiento de Ĺ˝iĹľek, la mujer alemana pudo participar, al fin, de lo que Ă©l llama “el nĂşcleo duro de lo Real”, es decir, el encuentro sin intermediarios con un escenario que, habitualmente, se materializa sĂłlo como una escenografĂa en las pantallas globales.
Con la llegada del siglo XXI ha sido cada vez más difĂcil distinguir lo real de su imitaciĂłn. Anunciada desde la dĂ©cada de los 70 en libros como Cultura y simulacro de Jean Baudrillard, la simulaciĂłn conquista cada vez más espacios en nuestras vidas. Se simulan relaciones humanas en las redes sociales, se simula el sexo en ámbitos virtuales y se simula en los alimentos y productos que consumimos todos los dĂas. Consumimos representaciones de las cosas. En el caso de actos terroristas como el del 11 de septiembre, las inundaciones en Alemania o los incendios en Canadá –tambiĂ©n ocurridos el año pasado y que convirtieron a pueblos enteros en cenizas–, quizás muchos tuvieron la sensaciĂłn de estar ante un performance o el anuncio de una nueva pelĂcula. Acostumbrados a interactuar con meros simulacros de una realidad cada vez más lejana, sĂłlo les queda la incredulidad. Eso lo vivieron, por ejemplo, los asistentes al estreno de El caballero oscuro: la leyenda renace, pelĂcula perteneciente a la saga Batman. El 20 de julio del 2012 en el condado de Aurora en Colorado, James Eagan Holmes –estudiante de posgrado– entrĂł a un complejo cinematográfico con el cabello teñido de rojo y con diferentes armas de fuego. Muchos asistentes a la pelĂcula no se alarmaron, pues pensaron que la irrupciĂłn formaba parte del estreno. SĂłlo entendieron lo que estaba ocurriendo con los primeros disparos que acabaron con la vida de 12 personas. La llamada Masacre de Aurora fue un espectáculo que saliĂł de la pantalla para romper el lĂmite que mantiene la ficciĂłn bajo resguardo. Quizás, más allá del diagnĂłstico psiquiátrico del asesino y siguiendo los argumentos de Ĺ˝iĹľek, el aislamiento de Holmes despuĂ©s de abandonar la universidad potenciĂł el macabro ambiente de irrealidad en el que vivĂa y, la Ăşnica salida, fue un “retorno a lo Real”, una intrusiĂłn extrema para tocar aquello que permanece como una entelequia. Si las fantasĂas que nos vende el mercado se desarrollan cada vez más en entornos virtuales, quizás en un futuro no muy lejano la nueva moda será romper el lĂmite de la ficciĂłn y experimentar la realidad en carne propia. En WestWorld, la serie de Ciencia FicciĂłn distĂłpica estrenada en el 2016, los visitantes de un parque temático inspirado en el salvaje oeste interactĂşan con androides que –como los famosos “replicantes” imaginados por Philip K. Dick– adquieren cada vez más conciencia de quiĂ©nes son y de la simulaciĂłn de la que forman parte. ÂżQuiĂ©nes están más despiertos, los androides que, incluso, tienen sueños premonitorios y se acercan, cada vez más, a tener sentimientos verdaderos o los visitantes que los someten a las más diversas vejaciones en busca de una “realidad” que, quizás, no tienen en su vida cotidiana?
La incredulidad de la mujer alemana muestra que muchos aĂşn no toleran la intrusiĂłn de una realidad que, dĂa a dĂa, se abre paso en nuestras vidas sometidas a innumerables estĂmulos que pretenden adormecernos. Los sectores privilegiados viven en un simulacro constante, se mueven en una cotidianidad despolitizada en la que es suficiente hacer una donaciĂłn a una ONG o pagar un poco más en un restaurante o cafeterĂa de alguna multinacional para que la realidad siga siendo apacible y con todas las caracterĂsticas de una mercancĂa. Cambiar el mundo está a un click de distancia de la misma forma en que pedimos un producto en Amazon. Por el contrario, el Sur Global está en contacto permanente con la realidad y, muchas veces, sus tragedias sirven como espectáculo a los espectadores de los paĂses ricos. En el año 2012 –justamente el mismo año de la Masacre de Aurora– se estrenĂł la pelĂcula Lo imposible, estelarizada por Naomi Watts y Ewan McGregor. Vendida con la etiqueta de “basada en un hecho real”, Lo imposible nos cuenta la historia de una familia española que sobreviviĂł al tsunami que arrasĂł Tailandia –entre otros paĂses– en el 2004. El melodrama es problemático porque los tailandeses sĂłlo sirven de escenografĂa al drama de la familia. Como un parque temático que pronto sucumbe al caos, los protagonistas deben superar una serie de pruebas para regresar a casa. En un segundo plano, por supuesto, están las miles de vĂctimas tailandesas. El crĂtico español Juan Luis Caviaro de la revista Espinof fue más allá y apuntĂł que el filme “debe funcionar como una especie de catarsis para toda la gente que está sufriendo la terrible crisis (econĂłmica) que atraviesa el paĂs”. Es decir, los “hechos reales”, la recreaciĂłn minuciosa del tsunami en la pantalla, pueden funcionar como anĂ©cdotas reconfortantes para un pĂşblico que atestigua una tragedia que termina cuando las luces se prenden en la sala de cine. Una pregunta interesante serĂa: ÂżquĂ© pensarĂan los alemanes de un hipotĂ©tico filme en el que unos turistas tailandeses están atrapados en las inundaciones del año pasado? ÂżQuĂ© pensarĂan al ver a sus compatriotas sirviendo sĂłlo como contexto de la admirable voluntad de sobrevivencia de los extranjeros?
Se podrĂa pensar en profecĂas inquietantes para los años que vienen: el simulacro se rasgará aĂşn más dejando entrever, cada vez con mayor claridad, el mundo violento que late detrás de nuestras pantallas. Mientras ese colapso llega, seguiremos –como la mujer alemana– apostando por la incredulidad como Ăşnica tabla de salvaciĂłn. TambiĂ©n, por supuesto, tendremos más ejemplos de una patologĂa propia de nuestros tiempos: individuos experimentando con medidas cada vez más extremas para ser, al fin, protagonistas de su espectáculo, lejos de placebos y simulacros tecnolĂłgicos. Al final, tal vez, nos quedará la maravillosa imagen borgeana –citada con frecuencia cuando se habla de una realidad simulada hasta el lĂmite e inspirada por una ficciĂłn de Lewis Carroll– en la que un rey encarga una copia exacta –escala 1:1– de su imperio. Las generaciones posteriores comprenden la inutilidad del mapa y lo abandonan hasta que sĂłlo quedan restos inservibles. Quizás la gente del futuro, si es que llega a existir, recolectará con asombro las simulaciones con las que intentamos, inĂştilmente, crear una rĂ©plica utĂłpica de un mundo en continua crisis.
*Imagen de Alexandro Lacadena
Alejandro Badillo, es escritor y crĂtico literario. Es autor de Ella sigue dormida, Tolvaneras, Vidas volátiles, La mujer de los macacos, La Herrumbre y las Huellas. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Ha sido reconocido con el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela. Su Twitter es @alebadilloc
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Posted: March 22, 2022 at 7:57 pm







