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Te invito a mi taller
COLUMN/COLUMNA

Te invito a mi taller

Julio González

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Es una dicha darle la razón al viejo Alfonso Reyes: todo lo sabemos entre todos. Habiendo tanto saber disperso da gusto asomarme a cualquier red social y ver la serie de talentos que pueblan el mundo. Varios –además– muy dispuestos a compartir su maestría o genialidad por un módico precio. La oferta cultural nunca había sido tan rica. Va desde lo más simple (“cómo escribir un cuento”), algo un poco más abstracto (“poesía para ser feliz”), lo insospechado (“talleres-picnic”), hasta lo ridículo: un diplomado de “Herramientas para vivir del arte y la cultura”… que cuesta 35 000 pesos. Hay una epidemia de tallerismo.

No pasa un día sin que me tope con una nueva propuesta para mis tardes de soledad o hastío, para mis recurrentes –pero siempre rotas– promesas de escribir más poemas o de ahora sí leer a James Joyce. La abundancia me paraliza. También los conceptos: talleres, cursos, laboratorios (¿de dónde vendrá la metáfora científica?), círculos, clubes de lectura… el nombre es lo de menos. El asunto es que algo se enseña, se experimenta, se comparten “saberes” o se “aprende en comunidad”.

No es el taller ni su nombre, ni el curso o quién lo da, es en el gesto –o lo que está detrás– donde encuentro lo que me interesa: el fenómeno cruza al orden cultural, al sistema económico y algo nebuloso, que a falta de mejor nombre llamaría el “ánimo terapéutico”. Vale la pena indagar de dónde viene el asunto, porque ayuda a entender el momento que vivimos.

Por un lado está la administración de eso que hoy todavía nombramos cultura (en mayúscula o minúscula). Saben quienes imparten talleres –y quienes asisten– que hay algo ahí afuera que se llama cultura y que algún costo tendrá adquirirla: monetario, de tiempo, de traslados de un lugar a otro, algún esfuerzo creativo e intelectual. Por otro lado, saben también que hay un público ávido que rehuye de los canales tradicionales: museos y bibliotecas, universidades y recintos públicos. Buscan un contacto más directo, un medio más “libre” u horizontal, un aire menos burocrático.

El asunto económico es simple: no hay escritor que viva de escribir –se acabó la época Vargas Llosa y pocos aspiramos a los tirajes de los libros que revelan chismes políticos. Un trabajo no es suficiente, las becas son escasas, los premios se gastan como el agua, las regalías parecen una ficción (¿de veras existen?), los mecenas deben ser un mito, no todos tienen las credenciales para dar clases en una universidad… El taller es una opción a la mano. La carrera literaria es casi siempre una quimera –tiempos aquellos en los que un buen escritor podía ser un best-seller.

Hay algo roto en el sistema literario. Basta saber medianamente algo –o un poco más que el resto– para ver desfilar una serie de nombres y rostros que ofrecen cosas muy dispares y cuya calidad es más bien dudosa. Ayudan la fama, la obra publicada, el reconocimiento entre pares. Hay talleristas de cepa, gente seria y con talento. Pero hay quienes imparten algún taller sin que los conozcan en sus casas (lejos estamos del mítico taller de Monterroso, de la Escuela Mexicana de Escritores, o de las tertulias que animaron la vida cultural del siglo XX). Es un mercado con sobreoferta, sin regulación, que en mucho se parece a las estafas piramidales o a los productos milagro: ¡Hágase escritor en cinco sesiones!

Lo más notable es lo que buscan quienes asisten. En ocasiones el taller debe servir para muy poco (al menos no para lo que está pensado), y es más bien un “espacio seguro”, una suerte de confesionario moderno, con mucho de grupo de autoayuda, de lugar para hacer amigos o buscar pareja. Es una comunidad terapeútica en la que los talleristas operan más bien como psicólogos o mediadores, como gurús en algunos casos.

El taller es la excusa. Lo que se busca es salir de la soledad, conectar con otros alrededor de uno o dos intereses básicos, identificarse con algo que excede a un curso de traducción, a un círculo de lectura sobre la autora de moda, o a una conversación sobre novela fantástica, por ejemplo. El mundo cultural remplaza otros vínculos, otros espacios: la familia, la pareja, los grupos de amigos, el espacio –ese sí– de terapia. El taller se vuelve un consultorio más, donde no sé si alguien mejora.

De nuevo, la metáfora –trillada, manida– de que el arte es la mejor terapia esconde algo más. Fuera de los alcances de la literatura hay un montón de gente triste, encerrada en sí misma, dispuesta a atravesar horas de lectura de una novela, o infumables ejercicios de cómo escribir poesía o teatro para otra cosa. A veces inconfesable. Lo que buscan excede las páginas de cualquier libro; está fuera de sus manos u ojos, lectores no son.

Es un gesto que anuncia un asunto para nuestros sociólogos –François Dubet le llama nuestra época de pasiones tristes. Fuera de la nueva lógica cultural “descentralizada”, o del ingreso extra de los escritores, hay algo más importante: un público desorientado, ansioso de conversar o conocer personas, de sentirse parte de algo. Las librerías y centros culturales tienen una nueva vida, se saben parte de una cadena que poco tiene que ver con la vida cultural (al menos saben que la cultura es un producto, con precio establecido). Funcionan mejor como cafeterías, bares o lugares de encuentro: venden una experiencia.

La literatura pasa a segundo plano. Talleristas o mediadores tienen una mina de oro enfrente: largas filas de gente sola. Amigos que hasta ayer mendigaban becas hoy dirigen exitosos talleres. Hasta un senador puede ver el negocio de abrir una librería.

 

Julio González. Ha escrito en Laberinto, Letras Libres y Nexos. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario.

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Posted: March 26, 2026 at 9:07 pm

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