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Amores enanos

Amores enanos

Anadeli Bencomo

• Federico Jeanmaire: Amores enanos (Anagrama, 2016)

…no hizo la mili por no dar la talla.

Estas palabras tomadas del “Romance de curro el Palmo”, de Joan Manuel Serrat, guardan la clave de esta historia gozosamente contada por Federico Jeanmaire, quien con sus Amores enanos quedó como finalista, por segunda vez, del premio Herralde. En 1990 su biografía novelada sobre Cervantes, Miguel, había sido distinguida igualmente por el comité del premio. Curiosamente, en esta ocasión Amores enanos se quedó a la zaga de una novela de Juan Pablo Villalobos. Digo curiosamente pues el narrador enano de la ficción de Jeanmaire divaga de modo semejante al narrador infantil de Fiesta en la madriguera (2010), de Villalobos. Y no se trata de que estemos de nueva cuenta ante una voz narrativa aniñada sino ante un personaje que narra como si estuviera conversando con el lector, hablando en lugar de estar escribiendo. Este don particular de expresarse en una prosa coloquial, que imprime a la página el ritmo del habla, ya había sido desplegado por Jeanmaire en algunas de sus novelas anteriores, como Las madres no les decimos esas cosas a las hijas (2013), una historia que nos hace pensar en el Manuel Puig de Boquitas pintadas aunque, en el caso de Jeanmaire, las confidencias no sean epistolares sino ante la pantalla de una computadora. Cambian los tiempos.

Dos historas me vinieron a la mente al adentrarme en el relato de Amores enanos. Uno es la crónica que Juan Pablo Meneses escribe sobre un pueblo en Florida donde van a parar los artistas jubilados de sus días de trabajo en el circo (“Rareza americana”). Se retratan en este texto los contornos de un pueblo freak, en el sentido más convencional del término. ¿Cómo no pensar en ese pueblo de exlanzallamas, contorsionistas y hombres balas cuándo exploramos la recreación novelesca de la psique y el entorno de una comunidad de enanos que nos ofrece Jeanmaire?

Ficcionalmente hablando la situación es rendidora: dos enanos, Milagritos y Perico, luegoNH575_Amores enanosLAIA-OK.indd de haber sido liquidados por el circo en el cual trabajaban, optan por montar un show de strippers en un pueblo de la provincia argentina. La historia que se desprende de dicho espectáculo montado en el bar cada noche y del asentamiento de los protagonistas en un local comprado por ellos, se irá complicando en la medida en que se corre la voz de que hay un barrio donde sólo viven enanos en sus respectivas casas bajas. Así comienzan a arribar al terreno los nuevos habitantes cuyos nombres y reducida estatura son dardos que apuntan a cierto panteón de las letras latinoamericanas. Carlos Fuentes y Mario Vargas son los primeros enanos en sumarse a la incipiente comunidad. La ambientación de la trama va reproduciendo paródicamente otros lugares y personajes icónicos de la cultura argentina y la mediática global que populariza superhéroes por doquier y que justifica que este barrio de enanos vaya pareciéndose a un escenario disneylesco cuya agridulce parodia me hace recordar otra historia de enanos, aquella donde Luis Arturo Ramos desnudaba tragicómicamente a Mickey y sus amigos(2010). Los enanos juegan en la novela de Jeanmaire a recrear un mundo donde actúan como héroes en miniatura, incluyendo a un Zorro que monta a un macilento poni frente a la mirada curiosa de los visitantes a este parque singular. Muy raro. 

La novela juega además paródicamente con el cuento de Blancanieves y los siete enanos pues al asentamiento residencial se le bautiza como “Santa Eliana”, en honor a cierta periodista que había ayudado a este par de enanos que se descamisaban mutuamente para excitación de su público femenino. Esta Eliana, convertida en una especie de santa patrona de los descamisados de menos de metro y medio, quedará ligada desde su aparición a la pulsión del relato. El recuento está a cargo de Milagritos León, quien se ha quedado prendado de la guapa periodista al primer vistazo. La elección de la voz cantante de la historia y de esa mirada que agranda a Eliana, endiosándola, es efectiva y congruente con la lógica idealizadora de toda pasión: “Un ángel, Eliana”.

Las confidencias del narrador resultan verosímiles y su testimonio no se desvía hacia derroteros truculentos que habrían arruinado el equilibrio que se da entre lo patético, lo risible y lo dramático. Jeanmaire nos entrega un narrador que se expresa con pocas palabras, sin andarse con rodeos, construyendo una prosa sin gratuidades. Es un narrador que monologa y que imprime a la escritura la cadencia coloquial de la frase corta, de la idea que queda al aire, sobreentendida: “Mido un metro y veintidós centímetros de estatura. Ni un milímetro más, ni un milímetro menos, No soy de los enanos que andan mintiendo centímetros para aparentar. Mido eso y punto. Además soy chueco. No tanto como otros, bastante menos.” (80)  La elección de un narrador de nervadura más convencional habría creado la impresión de encontrarnos ante un relato adulterado, mientras que al poner en boca de Milagro/Milagritos el recuento de los hechos el texto logra su contundencia. Milagritos se confiesa y nos divierte al entrelazar una sarta de detalles aparentemente nimios (por momentos su reflexión sobre los enanos es prolija e hilarante) con otros pasajes de la historia más ligados a su rol como integrante de una comunidad. Este barrio residencial es un telón de fondo, un ardid para que el narrador se vaya por la tangente, como advierte reiteradamente a lo largo de la novela. Pero es precisamente esta manía de irse por las ramas la que nos advierte dónde está lo que importa, lo callado, lo postergado, la differánce (diría Derrida). Y uno como lector termina encantándose más y más con el enano parlanchín que no termina de soltar la prenda que resolvería el caso. Al final de Amores enanos, cuando nos enteramos o confirmamos el hecho que provoca la confesión del relator, nos quedamos con ganas no de saber más –gesto superfluo– de la historia sino de seguir escuchando a Milagritos, quien nos ha mantenido enganchados desde las páginas iniciales. Estos amores enanos son, como tantos otros (ya lo advierte el epígrafe de Serrat), unos amores perros pero la mordida del texto no la da el desenlace de la historia sino la manera en la que este bufón de circo nos envuelve con las maromas de un estilo refrescante, con su modo de dar vueltas e hilar las frases breves que agilizan y alivianan la prosa. Leer esta novela de Federico Jeanmaire ha sido un muy grato descubrimiento

AnadeliAnadeli Bencomo es autora de los libros Entre héroes, fantasmas y apocalípticos. Testigos y paisajes en la crónica mexicana (Colección Voces del Fuego) y Voces y voceros de la megalópolis: la crónica periodístico-literaria en México (Editorial Iberoamericana/Vervuert, 2002), entre otros. Es colaboradora de Literal.


Posted: March 19, 2017 at 10:45 pm

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