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GATO EN CUARENTENA
COLUMN/COLUMNA

GATO EN CUARENTENA

Ana García Bergua

Es curioso observar al gato en la cuarentena. No parece entender qué hacemos todo el día en la casa encerrados. Me sigue conforme cambio de habitación y me mira como si pidiera explicaciones. Ya que estás aquí podrías darme de comer cada quince minutos, parece maullar, o servir de algo más que estar ahí, siempre presente. Para estar presentes, los gatos nos bastamos a nosotros mismos porque en esencia eso somos: presencias, observadores, termómetros de la realidad, de lo que está y no está. Ustedes están para ir y venir, para que los veamos pasar, traer y llevar objetos que nos convienen o nos resultan indiferentes.  O para observarlos, no para que nos estudien tanto.

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Probamos a hacer talleres a distancia, desde nuestras computadoras. Desde luego que funciona, pero se extraña la espontaneidad de los gestos, la naturalidad de la presencia, compartir un espacio. No se puede hablar al mismo tiempo porque el sonido se descompone, así que hay que poner orden, dar turnos, civilizar el diálogo.  Eso está muy bien para efectos prácticos y la sesión avanza mejor, incluso se trabaja más, pero lo otro se extraña mucho. Nunca pensé en poder hablar al mismo tiempo como el raro privilegio de la espontaneidad y el estar juntos, hablar al mismo tiempo como parte de un arranque de entusiasmo colectivo, celebración de la compañía. Se extraña el olor de las tazas de café compartidas, la complicidad de las miradas en el acuerdo o el desacuerdo con lo que alguien dice, el qué bien te queda ese suéter o el gesto de estudiar en la mano los aretes de la compañera para admirarlos de cerca. La vista y el oído fragmentan la presencia, la reducen a una especie de diagrama, de esquema. A veces, pienso, la sola escritura es más presencia, más amplia y llena de contornos, misterios y atisbos, que este ser figuras de pantalla –muy preferible, desde luego, al aislamiento y la locura, y . Y más práctico. Quizá exagero, pero esta relación a distancia, este sólo observarse es más similar a las relaciones entre los gatos: el mío lo comprendería muy bien, pero incluso él viene a acurrucarse de vez en cuando, a pedir su sesión de caricias y prodigar las suyas, siempre suaves y levemente peligrosas.

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A veces siento que estamos en una versión soviética de Los Supersónicos

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¿Qué día es hoy?, me pregunta mi esposo. Domingo, le respondo. Ya no sabemos en qué día estamos, o ya no importa en qué día estamos. Todos los días trabajamos, hacemos ejercicio, vamos al mercado, leemos, escuchamos música  y vemos películas: todos los días parecen domingos, esos domingos en los que no se sale a pasear. Domingos o miércoles, es igual. Me acuerdo de uno de mis primeros cuentos, cuya protagonista amanecía siempre en domingo. Supuestamente era un cuento fantástico en el que el domingo se eternizaba, en una época en que los domingos eran por lo común días yertos y un poco angustiosos porque se terminaban; ahora no sabemos cuándo terminará. Sólo el gato habita con naturalidad ese domingo largo: acabo de descubrir que el gato es el animal del domingo.

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Todas las noches leo una novela que olvido sin falta al día siguiente. Estoy tan preocupada y leo tantas noticias sobre la epidemia a lo largo del día, que al final, cuando llego a la novela, no reconozco a ninguno de sus personajes, ni recuerdo sus problemas, ni las peripecias en las que están envueltos. El día se ha convertido en una extraña sucesión de noticias y actos que ocurren todos en el mismo espacio, una viciosa confusión que borra la mente. Así, cuando en la noche retorno a esa novela que estoy leyendo, he perdido la trama, los personajes, y tengo que retroceder unas páginas, hojear el principio para recordar. Leo unos párrafos, me sumerjo y caigo después en el sueño hipnotizado de los náufragos para olvidar la novela de nuevo.

Pareciera que la angustia borra la memoria de aquello que no significa nada para el presente, cuando todo es presente. La historia de la novela que estoy leyendo avanza con mucha lentitud, desde lugares  distintos, y no logro contagiarme de la urgencia por la trama que se me suele contagiar con la mayoría de las narraciones, a veces incluso con las más bobas: ese “qué pasó después” que nos obliga a continuar viviendo, tan sólo para saber el desenlace, como Buñuel que anhelaba la eternidad después de la muerte sólo para poder seguir leyendo los periódicos y enterarse de qué pasaba en el mundo. El “qué pasó después” de las novelas ha sido sustituido por el “qué pasará” en la realidad ahora, mañana, en dos semanas, en tres meses; un desenlace incierto que exige mucha paciencia, una memoria anticipada del caos que se anuncia. Mejor leo relatos y poesía: la novela transcurre a mi alrededor.

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Es imposible encontrar una relación entre nuestra huelga del día 9 de marzo que disminuyó la ausencia de mujeres en las calles y la actual ausencia generalizada de gente en las calles, pero el cambio de conversación fue abrupto y radical. Del 8 al 9 las multitudes en protesta nos convertimos en ausencias, para demostrar la fuerza.  La ausencia significa cosas muy distintas en un caso y el otro: una ausencia que era protesta se convirtió en una obligación sanitaria. Y la fuerza de una protesta se vive como la fuerza de una enfermedad, lo cual no deja de producir mucha extrañeza. Las mujeres, mientras, seguimos guardadas, algunas (o muchas quizá), recluidas con quienes las agreden. En esta suspensión todo pierde peso de momento, no se acaba de entender.  Como mi gato observo y sólo a ratos, cuando la voluntad flaquea, desconfío.

 

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos. Su Twitter es: @BerguaAna

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Posted: March 24, 2020 at 10:21 pm

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