Decálogo del imperfecto novelista
Ana Clavel
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Mientras el cuento suele ser concebido como un género perfecto por su universo implosivo y su mecanismo de relojería precisa, la novela acostumbra ser un ámbito más libre, sólo acotado por sus propios límites ficcionales y el pacto establecido con el lector desde los primeros capítulos –que incluso puede cambiar a mitad o al final, siempre que se cumpla la ley de la verosimilitud–. Parecerá broma la definición de Pío Baroja, pero en realidad es una certera ironía: “La novela es un saco donde todo cabe”… Claro, sabiéndolo acomodar. Por eso es tan apreciado el arte de la composición lo mismo para James, Nabokov, Woolf, que para Vargas Llosa, Carpentier o Álvaro Enrigue.
A lo largo de su historia, la novela ha mostrado su carácter metamórfico y lúdico, donde la mirada irónica de la realidad, la ha convertido en el género literario más vital. Desde sus inicios hasta periodos recientes se ha constituido en una forma proteica y desafiante de la tradición: lo mismo en Cervantes, que en el Quijote recreó tanto formas novedosas para narrar como la metaficción de los personajes leyendo sobre sus propias aventuras. Lo mismo Joyce que en el Ulises acogió el monólogo interior y el collage, asicomo un ritmo vertiginoso propio del séptimo arte. Curiosamente, el periodo durante el cual se acuña el término “novelesco”, es a partir de los grandes realistas de la literatura: Flaubert, Stendhal, Balzac, Dickens, Pardo Bazán. Grandes historias, grandes personajes pero… ¡perdóneme, dioses del Olimpo literario!, una manera de narrar morosa y convencional, que no tiene mucho que ver con los desafíos formales propios también del género desde sus inicios (Cervantes ya citado y Laurence Sterne con sus páginas negras y otros juegos en su Tristam Shandy), o de novelistas más cercanas como Virginia Woolf, Clarice Lispector, Fernanda Melchor.
Son famosos los decálogos del género cuentístico. Ahí están las reglas de oro de Edgar Alan Poe, de Horacio Quiroga, de Julio Cortázar, de Julio Ramón Ribeiro, de Andrés Neuman. Otros, como los de Augusto Monterroso y Margaret Atwood, acometen la escritura en general. Sin embargo, de novela no son tan comunes.
En el curso de mis talleres de novela, acostumbro al final pedirles a los participantes que redacten su propio decálogo a manera de poética personal. Me he llevado estupendas sorpresas. Por supuesto, con el tiempo he ido afinando uno propio. Lo he nombrado “imperfecto” en abierto juego al Decálogo del perfecto cuentista de Quiroga, pero también porque la libertad del género obliga a la imperfección. En su ensayo El arte de la novela, Henry James habla de la magnificencia de la forma que se abre cuando uno intenta escribir una novela, de las escasas restricciones y las innumerables oportunidades. Y concluye: “Esta libertad es un privilegio espléndido, y la primera lección del joven novelista será aprender a ser digno de él”.
Va mi versión. Pueden o no estar de acuerdo, pero ¿para qué más están los decálogos si no para tentarnos a discrepar y desobedecerlos?
Decálogo del imperfecto/a novelista
- Escribe la novela que te gustaría leer.
- Una novela no se escribe sola, hay que sentarse a escribirla.
- Toda novela es la historia de una pasión: la tuya. En la medida en que le entregues tu pensamiento y hasta tu sueño a la novela, la novela se te entrega toda.
- Traza tu historia de principio a fin, luego piensa si esa historia admite una estructura espacio-temporal que te permita incidir más efectivamente en el ánimo de tu lector. Pero la estructura debe ser una columna vertebral natural: una vez concebida y llevada a cabo debe parecer que es la única forma en que pudo ser narrada la historia.
- No escribas de inmediato: investiga, atesora, destila en tu cabeza e interior hasta que des con la primera línea y el tono de tu narración. Resiste la tentación hasta que te desborde: sólo así se consigue la escritura desatada.
- Sin el tono narrativo, una novela no tiene aliento ni vida sostenida. Busca la perfección de tu arte, sabiendo que la imperfección de la vida es parte consustancial a la novela como organismo vivo.
- Sigue a tus personajes, déjalos que se descubran, que tomen las riendas de su vida, que te sorprendan. Tú sólo los trazas en perfil, pero ellos deben revelarse por sí mismos en su verdadera complejidad. A final de cuentas el escritor es alguien que convoca sombras.
- Puedes avizorar el final pero una novela es un territorio de libertad contingente: permite que te sorprenda, que se te revele en la travesía misma de la escritura.
- Una vez que te has adentrado en el mundo de tu novela, y conoces ya bastante de su ambiente y sus personajes, debes soltar el mando a la novela misma. La novela siempre sabe más que tú.
- Cada novela es única, por lo tanto, su poética y su arte de composición son únicos también. Eso es un privilegio pero también un reto: sólo tú podrás dar con sus claves para realizarla
Foto de Ray Shrewsberry en Unsplash
Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007). Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99
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Posted: August 4, 2025 at 9:03 pm








En desacuerdo con el punto 4 sobre la estructura predeterminada, pues esto puede contradecir el punto 7, sobre dar libertad a los personajes, seguirlos. A veces, si el escritor tiene la fortuna de dar vida verdadera a un personaje y este decide vivirla, toma su camino, y tratar de regresarlo al plan predeterminado puede se más que contraproducente.
En las grandes novelas los personajes siguen su propio destino. Es mi opinión.
Saludos, Ana.