La memoria de la especie
Alberto Chimal
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¿Qué es el canon literario? ¿Y por qué quiere la gente estar en él?
La idea del canon se utiliza sobre todo en el mundo occidental. Representa una aspiración elevada y honrosa: según la definición tradicional, canon es el conjunto de las obras artísticas que trascienden su propia época y se ganan la posibilidad de ser apreciadas después de la muerte de sus creadores y sus públicos iniciales. Los clásicos, digamos: las “obras eternas”, que lo serían por su calidad, su originalidad, el tamaño de sus logros creativos. “Aesthetic splendour, cognitive power, and wisdom”, decía el crítico Harold Bloom de las virtudes de los libros canónicos: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría. (Bloom parafrasea, quizá sin darse cuenta, a Ralph Waldo Emerson, quien escribió de la “trinidad eterna” de la belleza, la verdad y el bien contenidos en las artes.)
En esta época es fácil encontrar la frase “clásico instantáneo”, que se usa para hablar con entusiasmo de una obra recién aparecida. Una adición inmediata al canon. Pero un clásico instantáneo es una contradicción: únicamente el tiempo, el interés sostenido de generaciones, podría dar a un libro, un edificio, una pintura (una película, un videojuego, una canción) el título de clásico. No es un premio que se da en vida, sino una promesa de inmortalidad.
(Ya sabemos que la verdadera inmortalidad es otro imposible: sólo pensando en la literatura, lo cierto es que los idiomas y las culturas se transforman, y tarde o temprano todo texto, por eminente que haya sido, se vuelve ininteligible, material de estudio para cuatro especialistas en lenguas muertas. Los archivos son destruidos, además; civilizaciones enteras pueden ser borradas en una generación. Pero sí es cierto que, hasta ahora, William Shakespeare ha perdurado más que Francis Beaumont o John Fletcher, dramaturgos que fueron sus contemporáneos. Por limitada que esté, la sobrevida de la creación artística es de las pocas que están al alcance de los seres humanos.)
Por las razones anteriores se da un fenómeno curioso siempre que se intenta hacer colecciones de “las mejores obras contemporáneas”, “las nuevas adiciones al canon”: mientras más recientes son, más polémicas resultan y más se puede cuestionarlas. Incluso si se acepta que las obras mencionadas tienen realmente una calidad apreciable, siempre se puede sospechar del criterio de quien hace la lista. Tal persona intentará poner en el canon a sus amigos, los miembros de su grupo; tal otra, a su compañero de editorial o agencia literaria; tal más a su novia o novio, a ver si es chicle y pega, o incluso a sí misma.
También, y esto ha sido verdad durante al menos medio siglo, la noción misma de lo canónico puede ser cuestionada. No solamente quién decide ahora, sino quién decidió en el pasado, y cuáles son los criterios que han dado ventaja a tales y cuales obras y nombres por encima del resto. El canon literario tradicional está compuesto, casi en su totalidad, por obras de hombres blancos y de origen europeo. ¿No ha habido mujeres, personas de otras culturas que escribieran nada que valiera la pena? Harold Bloom lo negó en su libro El canon occidental (1994), donde dice que esas otras obras dignas no están por ningún lado. Los libros de su propia lista que no provienen del occidente europeo son, nos dice, o precursoras de los libros occidentales, como el Poema de Gilgamesh o los Evangelios Apócrifos, o derivadas, como la literatura hispanoamericana entera (que él reduce a Borges, Neruda y Pessoa). Bloom también atacó a quienes han querido encontrar nuevos títulos y nombres, ampliar el canon, llamándolos, a todos en grupo, la “Escuela del Resentimiento”. El rechazo de las “cuotas de todo tipo” —los sitios de honor supuestamente incluidos para apaciguar a tal o cual grupo minoritario— hacen eco actualmente del enojo de Bloom. Quienes se han quedado afuera simplemente tienen envidia, se dice. No quieren una pelea justa, sino un trofeo de participación, una limosna.
…el occidente desarrollado lleva siglos produciendo más de todo, con menos dificultades, gracias a la explotación y el sobajamiento del resto del mundo, incluyendo el sufrimiento indecible de cientos de millones de seres humanos.
Personalmente, creo que todo ser humano, sin importar que le interese o no la literatura, debería revisar no solamente los privilegios de que goza sin saberlo, sino las posibilidades que tiene de que le discriminen. En especial si se siente cómodo en su vida, seguro de sus méritos, que mire un poco más allá: que los ponga a prueba. A lo mejor descubre que su propio entorno le cobija y protege más de lo que creía. La desazón que llegue a sentir será una porción de las angustias que alguien verdaderamente discriminado sufre todos los días, y él o ella habrá aprendido algo nuevo. En la literatura, la cuestión del canon va más allá de la inclusión o la representación: quienes mejor cuestionan las listas de clásicos no buscan únicamente un reparto más equitativo de la atención de la especie (más ventas de más libros para algunos), sino el reconocimiento de que el occidente desarrollado lleva siglos produciendo más de todo, con menos dificultades, gracias a la explotación y el sobajamiento del resto del mundo, incluyendo el sufrimiento indecible de cientos de millones de seres humanos. Lo mismo ha sucedido, a otras escalas, en regiones más pequeñas, esferas de influencia, países y hasta ciudades individuales. Si el concepto de canon va a conservarse, ¿por qué permitir que sea en sí mismo una forma de discriminación, una manera más de que quienes siempre han estado arriba celebren su propia posición?
Y también es posible rechazar la idea misma de un canon: no sólo su validez, sino su valor. Una lista de grandes libros puede ser vista como un mero plan de lecturas, un programa para la formación de una conciencia “mediante el contacto con lo que han dicho las mejores mentes del mundo”. Pero el esplendor estético, el poder cognitivo y la sabiduría misma son transitorios, igual que las lenguas que los expresan: sistemas de símbolos que están sujetos al cambio y condenados a la desaparición. Una postura radical a partir de lo anterior sería decir que la conservación no tiene sentido. Que todo desaparezca cuando le corresponda, que nadie busque aprender del pasado porque nada puede aprenderse.
Por otra parte, la historia que un canon puede contener es también parte de la memoria de la especie humana: lo que cada ser humano puede enseñar a sus descendientes, y lo que recibe como recompensa mientras existe. Una definición distinta del arte en general, casi el reverso de la de Bloom, es la del escritor y activista Amiri Baraka: para él, el arte —incluyendo pero no limitado a la literatura— es cualquier cosa que inspire orgullo de ser humano (“Whatever makes you proud to be human”). La belleza, el bien y la verdad pueden valer también porque apreciamos su descubrimiento y su expresión, por efímeros que puedan ser. Nos hace falta reconocer que el pasado ha existido: en un mundo más justo, podría ser un motivo de orgullo generalizado, proveniente de la conciencia de todo lo que los seres humanos, sin importar su origen, hemos sido capaces de crear.
Foto de Miles Peacock en Unsplash

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Posted: November 6, 2025 at 10:06 pm







