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Seguro que este año no ganas el Nobel

Seguro que este año no ganas el Nobel

Alberto Chimal

El 4 de mayo de 2018, la Academia Sueca falló dos veces. Ese día anunció que no otorgará el Premio Nobel de Literatura para este año, y que el próximo, 2019, lo compensará premiando a dos escritores. Es la primera vez que el Premio se aplaza por un escándalo: la revelación de al menos 18 casos de abuso y acoso sexual cometidos en locales de la Academia, una serie de peleas públicas entre sus miembros y (encima) el descubrimiento de una posible trama de corrupción en la que estaría implicada, al menos por asociación, una académica prestigiada.

Tras una serie de ataques mutuos en los medios suecos y una crisis en la dirección de la Academia, mientras se intentaba mitigar o contener el problema, varios miembros renunciaron en protesta; esto no está previsto por su reglamento, que considera vitalicios todos los nombramientos, y ha puesto a quienes se quedaron en un serio problema de operación y legitimidad. Encabezados por un secretario interino, deben haber pensado que, de continuar como si nada, el Premio hubiera sufrido un grave desprestigio. “Se llega a la presente decisión”, dice su comunicado, “considerando que la Academia está actualmente reducida, así como la mengua de confianza pública en ella”.

El primer fallo es evidente. El segundo es que, de todas maneras, la Academia ha quedado cuestionada y hasta en ridículo. La noticia, que ya se ha difundido por el mundo, está dando ahora mismo para numerosos chistes y memes en las redes, como si fuera la última idiotez de algún político, un tuit de Kanye West o Avengers: Infinity War. A las mentes colectivas, sencillas, brutales que somos en línea les encantan los fracasos así: penosos, humillantes.

Y es triste decirlo, pero la Academia –creada en 1786, y que decide el otorgamiento de los Premios Nobel de Literatura desde el establecimiento de la Fundación Nobel en 1900– se merece todo lo que le está pasando.

El caso gira alrededor del esposo de una académica, la poeta sueca Katarina Frostenson: Jean-Claude Arnault, escritor y fotógrafo de origen francés, fundador con ella del Kurturplats Forum, un centro cultural privado y muy exclusivo de Estocolmo, y personaje muy influyente de la escena literaria local. En noviembre de 2017, el periódico Dagens Nyheter publicó los testimonios de 18 mujeres que acusan a Arnault de intentar forzarlas a tener relaciones sexuales tanto en el Forum como en otros locales, en Estocolmo y París, pertenecientes a la Academia. Tras esas denuncias se difundió que hay al menos una acusación más, que se remonta a los años noventa y la Academia no atendió, y varios casos adicionales de comportamiento impropio por parte de Arnault que no fueron denunciados y sólo se transmitieron informalmente entre mujeres –en un patrón que se ha vuelto conocido– para difundir la advertencia contra un depredador sexual (una nota de El País ha llamado ya a Arnault “el Harvey Weinstein de la literatura”).

Aparte, se difundió que Arnault puede haber filtrado en al menos siete ocasiones los fallos del Nobel de Literatura antes de que se anunciaran, incluyendo los de Harold Pinter en 2005 y Bob Dylan en 2016, para facilitar apuestas tramposas de él mismo o de otros, y que el Forum, ahora cerrado, había recibido financiamiento de la Academia pese al obvio conflicto de interés que eso implicaba.

La situación pasó del drama a la farsa cuando la secretaria permanente de la Academia, Sara Danius, ordenó una investigación y quiso desvincular de la Academia a Arnault, Frostenson y el Forum. Otros académicos se opusieron, por apartar del asunto a Frostenson –quien no está acusada de nada directamente– o deseando más bien acallar todo el problema; se formaron dos grupos antagónicos, el conflicto de éstos creció en los medios suecos, y al final quien terminó removida de su cargo fue… Danius, acusada de “debilidad” en su liderazgo.

Un cochinero, pues, como decimos en México.

Danius, que retenía su membresía vitalicia de la Academia Sueca, renunció a ésta, y otros miembros renunciaron en solidaridad con ella. Frostenson renunció también, cuando su propia situación se volvió insostenible. Ahora los hechos se perciben correctamente como el caso, típico, de una mujer que paga por las malas acciones de un hombre, y de una persona que busca hacer justicia y es ajusticiada. La misoginia, la opacidad, la venalidad, el cinismo, la indecencia exhibidos aquí no son nuevos, pero el daño sí lo es. El nuestro es un tiempo en el que la corrupción y el pillaje se “normalizan” y frecuentemente quedan impunes cuando son llevados a cabo por gobiernos, élites y poderes fácticos, pero el Premio Nobel de Literatura es, después de todo, una anomalía: un reconocimiento de verdadera importancia global, al que se percibía como desvinculado de obvios intereses políticos y –pese a todas las críticas en su contra– de enorme prestigio.

¿Por qué goza, o gozaba, de ese prestigio? ¿Por qué causa(ba) cada año tanta expectación?

En alguna historia de los Premios Nobel en general debe estar asentado con detalle el proceso por el que las intenciones de su creador se convirtieron en una novedad estimulante, inusitada, en plena Belle Époque europea, cuando las promesas de la Revolución Industrial aún no eran puestas en duda por las guerras mundiales y el resto de los horrores del siglo XX. Alfred Nobel (1833-1896), empresario sueco de armamentos, inventor de la dinamita, se sentía culpable por las muertes que causaban ese y otros de sus productos, y dejó en su testamento el encargo de que su fortuna se empleara en una fundación que premiara cada año a las personas que dieran “el mayor beneficio a la humanidad” dentro de varias especialidades, incluyendo la literatura.

En este último caso, el mandato de reconocer “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal” se llevó a cabo con una aspiración de alcance internacional y un discurso que parecía ofrecer igualdad verdadera y absoluta: cualquiera se podía ganar el premio, si su obra –a juicio de la Academia Sueca– tenía la intención adecuada y la calidad suficiente. Aunque los deseos de fraternidad de los países europeos eran mucho más limitados de lo que sus mismos promotores creían, ese Premio Nobel en particular se veía una invitación a la humanidad entera.

En la práctica, como sabemos, la Academia Sueca siempre quedó muy por debajo de sus ambiciones. Las polémicas sobre la justicia de su Premio, de hecho, no son recientes, sino que comenzaron desde el primer galardón, en 1901: lo recibió Sully Prudhomme, un poeta francés hoy olvidado, en vez de León Tolstoi, porque a los académicos de entonces (se dice) les gustaba más el estilo impersonal de la poesía de Prudhomme. Desde entonces las limitaciones de la Academia han quedado claras: los autores premiados que no son hombres blancos de origen europeo son una minoría insultante, las deliberaciones han sido objeto de dudas más de una vez… Para rematar el escándalo actual, se sabe que Sara Danius –quien presidió las entregas del Nobel a Svetlana Aléxievich, Bob Dylan y Kazuo Ishiguro– tenía la intención de renovar el Premio: de hacerlo más moderno e incluyente, y era de hecho la primera mujer en llegar a dirigir la Academia Sueca en sus más de doscientos años de historia.

Queda pendiente ver si la Academia terminará por reconocer la necesidad de reformarse, y cómo lo hará. Entretanto, en un artículo provocador publicado en el New York Times el mismo 4 de mayo, el escritor Tim Parks afirmó que el Nobel de Literatura no tiene sentido alguno en estos términos:

La literatura no es tenis ni futbol, en los que la competencia internacional tiene sentido. Está íntimamente ligada al lenguaje y la cultura de la que emerge. El estilo literario se distingue por su distancia con otros estilos que lo rodean, implicando una comunidad de lectores con un conocimiento compartido de otras obras literarias, un uso estándar de su lenguaje y un contexto cultural. ¿Qué sentido tiene para un grupo de una cultura –sea sueca, estadounidense, nigeriana o japonesa– buscar comparar a un poeta boliviano con un novelista coreano, un cantautor estadounidense con un dramaturgo ruso, y así sucesivamente? ¿Por qué querríamos siquiera que lo hicieran?

[La traducción es mía.]

En el fondo del argumento puede estar una crítica (justa) de la competencia como se le entiende en nuestro tiempo mercantilizado y rapaz, pero también, sospecho, una negación de la posibilidad o la utilidad del contacto entre diferentes grupos de seres humanos…, y esa idea es repugnante, o por lo menos me lo parece a mí, porque nuestra época, ya lo sabemos, también se está volviendo racista, extremista, aislacionista: una era de la política y la existencia misma entendidas como juegos de suma cero, que rechazan la cooperación y el acercamiento con los “otros”.

¿Qué le ha dado el Premio Nobel de Literatura a la especie humana, aparte de un poco de diversión ridícula y maligna en estos últimos días? No todo lo que Alfred Nobel hubiera querido, quizá, y ciertamente mucho menos de lo que la Academia Sueca tendría que habernos dado. Pero no todos los premiados han sido (que me disculpe cualquier posible fan) Sully Prudhomme. Y tampoco lo es toda la literatura.

Aunque sea de rebote, sin proponérselo, por casualidad, el Premio logró durante un siglo entero difundir entre millones de personas la noción de que la literatura no es menos importante que las ciencias. No es poco.

Y, además, gracias a él muchos hemos tenido acceso al menos a unas pocas lecturas realmente importantes, dignas de perdurar y escritas por seres humanos en circunstancias y entornos distintos de los propios.

Entre las mías –las que descubrí por ediciones debidas al Nobel, por recomendaciones y textos celebratorios, y no de otro modo– han estado Alice Munro, Saul Bellow, Wislawa Szymborska, Doris Lessing, Toni Morrison, Pär Lagerkvist, Derek Walcott o William Faulkner. Mi caso no puede ser único.

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

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Posted: May 7, 2018 at 10:18 pm

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