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“Hibakusha”, los sobrevivientes de las bombas atómicas

“Hibakusha”, los sobrevivientes de las bombas atómicas

Monserrat Loyde

En este verano se estrenó en muchos países la película Oppenheimer, la historia sobre el físico que perteneció al Proyecto Manhattan, cuyo objetivo fue crear las primeras bombas atómicas que en 1945 se lanzarían sobre Japón. No es mi intención hacer una reseña de la película, sino aprovechar la oportunidad para hablar de las víctimas de esos dos ataques inhumanos.

En 1945, Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas a la población civil en Japón: 6 de agosto, 8:15 am en Hiroshima; 9 de agosto, 11:02 am en Nagasaki. Desde entonces en el mundo se conoce la imagen de una gigante nube en forma de un hongo sobre los cielos de las dos ciudades. El hongo nuclear quedó como el símbolo del fin de la guerra, pero también del inicio de una sicológica: la del miedo atómico. En Japón, quienes vivieron directa e indirectamente estas dos atrocidades con diferencia de tres días, quedaron marcados por el rumor de que donde habían caído no crecería ni la hierba ni los árboles y que la gente no podría vivir allí por lo menos los siguientes 75 años.

Las bombas, como se sabe, causaron una ola expansiva de fuego de entre 3000 y 4000 grados centígrados, fundiendo en segundos casi todo a su paso. Cientos de miles de personas murieron por las quemaduras al minuto de la explosión. Pero la pesadilla apenas se iniciaba: por horas los incendios devoraron casas y edificios, luego una mezcla de humo y de polvo cayó como lluvia ceniza y cubrió parte de las dos ciudades y sus alrededores. Era lluvia radiactiva, también llamada lluvia negra, que a muchos de los sobrevivientes los fue quemando lentamente y en los siguientes días permaneció, inodora e incolora, en el ambiente envenenando en silencio los cuerpos expuestos.

Hibakusha, “víctimas de la bomba”, se les llama a los sobrevivientes expuestos a la radiación en el momento de la explosión, pero también a los que llegaron al epicentro durante por lo menos los cuatro días siguientes, así como a muchos de los descendientes que desarrollaron enfermedades. Los sobrevivientes en el perímetro de tres kilómetros de la zona cero sufrieron quemaduras externas e internas en la primera semana y la mayoría murió. Pero los que lograron escapar, incluso sin heridas, en las semanas siguientes tuvieron nauseas, vómitos, diarrea, orina con sangre; y no todos sobrevivieron. Los que sí, perdieron el cabello, sufrieron hemorragias internas y externas, lesiones bucales, cutáneas, oculares o estomacales, amputaciones, diversos tipos de cáncer y leucemia. En miles más, los síntomas de la radiación aparecieron uno, tres, cinco, diez o veinte años después.

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Inmediatamente después de las dos bombas atómicas ni los sobrevivientes ni la mayoría de los japoneses tenían idea de qué era esa arma que en segundos calcinó cuerpos, pulverizó casas de madera, reventó edificios de concretó y dejó a dos ciudades con paisajes sin vida ni color, cubiertos de muerte, desolación y sufrimiento indescriptibles. Pero la elite militar japonesa y el Emperador Hiroito fueron los únicos que supieron que Japón se había convertido en el primer país del mundo en sufrir dos ataques de bombas nucleares por órdenes de Harry Truman, el presidente de Estados Unidos.

Durante la Ocupación de los Aliados, liderada por Douglas MacArthur, desde el 2 de septiembre de 1945, se instaló un Código de Prensa que prohibía la publicación de imágenes e información relacionadas con Hiroshima y Nagasaki. La censura se mantuvo hasta el fin de la Ocupación (abril de 1952) y afectó la vida de los sobrevivientes hibakusha, exponiéndolos a una doble injusticia al silenciarlos y abandonarlos sin recibir ni información ni tratamientos adecuados. Muchas de las víctimas y de los testigos que llegaron poco después comenzaron a reconstruir la historia y a revelarla poco a poco. Fotógrafos, documentalistas, cineastas, escritores, artistas y víctimas dejaron testimonios invaluables durante toda la primera parte de la posguerra.

Por ejemplo, el fotógrafo Yoshito Masushigue, de Hiroshima, fue uno de los primeros en captar escenas de la atrocidad porque trabajaba para una oficina militar cercana y fue enviado a la zona. Pero sus negativos fueron confiscados inmediatamente y los pudo publicar hasta 1952 en las revistas Asahi Gurafu y Life Magazine. Otro fotógrafo, Yosuke Yamahata, llegó a Nagasaki un día después de la bomba y junto con el escritor Jun Higashi y el ilustrador Eiji Yamada documentaron la zona cero. Yamahata cuenta que vio sobrevivientes en estado muga-mushi. Un concepto que se puede traducir como “en estado de trance” por la evidente condición de destrucción psicológica que muchas de las víctimas presentaba: seres que caminaban como zombis sin rumbo, desnudos, con la piel quemada y los huesos a flor de piel. Sus fotos de Nagasaki son el primer testimonio de la brutalidad de la bomba sobre los cuerpos de seres inocentes. Algunas se publicaron en la prensa las dos semanas siguientes y antes de la censura, pero la serie completa vio la luz siete años después, en 1952.

Fuera de Japón, se conoce ampliamente el reportaje Hiroshima que John Hersey publicó en 1946 en el New Yorker. Su trabajo es considerado uno de los primeros en relatar en inglés la pesadilla que vivieron seis sobrevivientes que entrevistó, pero quizás no se sepa que su publicación no vio la luz en Japón hasta el año de 1949. Otro corresponsal de prensa internacional, George Weller, el primer extranjero civil en entrar en Nagasaki un mes después de la bomba, durante cinco días envío sus impresiones a las oficinas de prensa internacional en Tokio para ser autorizadas y reenviadas al periódico Chicago Daily News. No se autorizaron ninguna foto y nota. Su hijo, después de su muerte, encontró las copias en carbón en 2003 y las publicó, 60 años después de que su padre intentara publicarlas.

Los testimonios de los sobrevivientes de la bomba atómica se volvieron un recordatorio de  los días atroces que se vivieron en Hiroshima y en Nagasaki. En Hiroshima, Yoko Ōta publicó un relato sobre los sobrevivientes en el periódico Asahi en agosto de 1945; fue el primer testimonio que visibilizó a los hibakusha antes de la llegada de MacArthur. Pero su libro, Shikabane no machi (Ciudad de Cuerpos) se publicó completo hasta 1948 y en reimpresiones cuenta cómo fue asediada por oficiales norteamericanos que revisaban constantemente sus textos para verificar lo que escribía. Hara Tamiki, que llegó a Hiroshima huyendo de los bombardeos de Tokio, publicó fragmentos de su experiencia hasta 1947 y su libro Natsu no hana (Flores de verano) hasta 1949. Un libro a modo de diario que narra los días previos, durante y después de la bomba y cómo se va apagando la vida y la esperanza de los miembros de su familia, amigos y vecinos en una ciudad muerta. El doctor Takashi Nagai, un sobreviviente y físico nuclear del departamento de Medicina de la Universidad de Nagasaki publicó también a manera de diario y tras muchas negativas por parte del Código de Prensa de MacArthur, Nagasaki no kane (Las campanas de Nagasaki) hasta 1949, uno de los testimonios más estremecedores y conocidos fuera de Japón y que un años después convirtió en película el director Hideo Ōba con el mismo título.

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En 1946, Estados Unidos creó la Comisión de Víctimas de la Bomba Atómica para investigar los efectos de la radiación (leucemia, cáncer, esterilidad, alteraciones genéticas, etc.). Pero su propósito fue para recopilar información, no atender ni dar información a las víctimas; un reclamo recurrente entre los hibakusha que fueron parte de esa investigación y que aseguran fueron simplemente tratados como “conjejillos de indias”. En realidad los médicos locales fueron los que atendieron a las víctimas y como podían, pues no contaban ni con el equipo ni con la información suficiente sobre la radiación en ese momento. Hasta 1957 no se hizo el registro de hibakusha cuando se promulgó la Ley Médica de la Bomba Atómica, gracias al activismo de muchas de las víctimas y de sus familiares. Una ley que les garantizó el acceso a los primeros tratamientos.

A pesar de la atrocidad perpetrada y en medio de la declarada carrera armamentista, en marzo de 1954, Estados Unidos hizo un ensayo nuclear en las Islas Bikini. La radiación alcanzó a un buque japonés y 23 pescadores sufrieron síntomas y enfermedades prematuras. El incidente, llamado Lucky Dragon 5, que inspiró a películas como Godzilla, revivió entre los japoneses el horror de las bombas y provocó la primera manifestación social y la 1a. Conferencia Mundial contra las Armas Atómicas y de Hidrógeno en 1955. De ahí se gestó un Movimiento por la Paz que liberó del silencio a muchos hibakusha y un Movimiento Antinuclear que pervive.

También el fin de la censura potenció un movimiento de escritura de muchos de los sobrevivientes o alrededor de ellos. El más conocido fuera de Japón fue el escritor, activista y premio Nobel de Literatura, Kenzaburo Ōe, que escribió en los años sesentas “Cuadernos de Hiroshima”, unos ensayos alrededor de testimonios de los sobrevivientes hibakusha. Su pluma fue un importante puente que dio eco fuera de Japón a las voces de madres, padres, jóvenes, ancianos y doctores. Dentro de Japón por muchos medios se buscaba informar no solo de las atrocidades que habían provocado las dos bombas atómicas, sino de los caminos de injusticia y de discriminación que vivían los sobrevivientes. Por ejemplo, en los años setenta del siglo pasado, millones de estudiantes y profesores se conmovieron con el primer cómic sobre el tema de Nakazawa Keiji, Barefoot Gen. Nakazawa fue un sobreviviente que a los 7 años vio caer la bomba desde la entrada de su escuela en Hiroshima. La saga autobiográfica rememora no solo las atrocidades de la bomba, también la dictadura militar japonesa previa y durante la guerra, pero sobre todo es un desgarrador testimonio sobre el destino y la discriminación de sobrevivientes como él. Un cómic que luego se volvió animación y serie con actores reales para la televisión.

En Japón, la palabra hibakusha marcó y sigue marcando a las víctimas y a sus descendientes. La bomba en Hiroshima se llevó 130 mil vidas y pulverizó 70 mil edificios, en Nagasaki desapareció 73 mil vidas y destruyó 18 mil edificios, pero quedaron 333,907 hibakusha marcados física y psicológicamente; hoy sobreviven 118,935. Hay que decir que cada año se realiza una ceremonia oficial en Hiroshima para recordar a las víctimas de esta barbarie humana. Sin embargo, para muchos de los sobrevivientes es un día oscuro. En palabras de un sobreviviente hibakusha: “nosotros no podemos conmemorar el 6 de agosto. Lo único que podemos hacer es pasarlo en silencio.”

Mantener vivos los testimonios de los sobrevivientes es la prueba de que en ese desierto de crueldad inhumana en el que se convirtieron por un momento las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, renacieron las hierbas, los árboles, dos ciudades y toda su gente.

 

Monserrat Loyde. Internacionalista por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Especialización en Políticas Culturales y Gestión Cultural (OEI-CENART-UAM). Maestría en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales por la Fundación Instituto de Investigación Ortega y Gasset, Madrid. Ha sido asesora legislativa y colaborado en El Universal, Foreign Affairs Latinoamérica, Istor, Figuras, Animal Político, Globalitika, Letras Libres, Opinión51. Twitter: @lamonse

 

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Posted: August 5, 2023 at 8:23 pm

There is 1 comment for this article
  1. Mely at 1:44 pm

    Cruelty has no nationality . There’s been stories of inhumanity in every wrongly named “civilization”. This document about the horrors committed against the Japanese people is very much appreciated for those like me who have never lived or experience war.

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