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La gran transformación: el fantasma de Karl Polanyi

La gran transformación: el fantasma de Karl Polanyi

Ramón Cota Meza

El fantasma de Karl Polanyi con su libro La gran transformación (LGT) bajo el brazo deambula de nuevo por los recintos intelectuales y cofradías de muchas partes del mundo conectadas entre sí, por no hablar de la socialdemocracia que, según dicen, venera el libro desde su primera edición en 1944, aunque no lo practique desde hace mucho.

La más reciente oleada de apariciones fue suscitada por las crisis financieras de México, Rusia y el sudeste de Asia en 1995-1998. En ese contexto apareció el libro Has Globalization gone too far? de Dani Rodrik (1997), quien, apoyado en Polanyi, advirtió el peligro de la gran fisura entre los aptos para funcionar en las nuevas condiciones económicas y las inmensas capas marginadas que sufren la angustia de sobrevivir sin futuro a la vista.

Así empezó a formarse el consenso de que las sociedades de libre mercado habían entrado en un momento Polanyi o combinación de crisis económica y reacciones de protección social, prometedoras o ilusorias, no necesariamente buenas en la práctica. En todo caso, el momento Polanyi es propicio para el debate público.

LGT tiene varios hilos unidos por la idea ―apoyada en evidencia histórica― de que la aspiración liberal de imponer su “utopía” o “mercado autorregulador” como algo autónomo de la sociedad, regulándose a sí mismo con leyes inamovibles e imponiendo su ritmo y condiciones a la sociedad hasta degradarla, es una anormalidad en la evolución de la especie humana y una amenaza para la sociedad (cursivas mías). Para exhibir esta anormalidad, Polanyi aduce los descubrimientos antropológicos sobre sociedades primitivas más avanzados de su tiempo (Malinowski, Thurnwald, Herskovitz, Mead). Los primeros en exhumar LGT fueron antropólogos americanos de las sociedades arcaicas en los sesenta.

El argumento antropológico de LGT es que el hombre es un ser social, no un animal maximizador de ganancias. En las sociedades primitivas, el mercado es sólo una de las prácticas sociales, nunca la más importante. La cooperación y la solidaridad eran la regla. El intercambio era eminentemente ritual; el puramente económico era marginal. La acumulación individual de bienes ―como no fuera por mandato supremo y para redistribuir a futuro― era penada con la exclusión social y la muerte. La gran diferencia de los sistemas arcaicos con el “liberalismo autorregulador” es que en los primeros nadie moría de hambre ni se quedaba sin techo, a no ser que la desgracia hubiera caído sobre toda la tribu.

Este insight de Polanyi permanece como llamada de atención civilizatoria, con gran influencia desde hace tiempo. Pero su análisis dice poco sobre épocas más recientes y más comparables con su objeto, como la evolución del individualismo europeo, influyente en actitudes vitales desde el Renacimiento. El hombre renacentista “crece a expensas de su entorno”, recuerdo haber leído en un texto escolar.

Polanyi menciona el tema, pero no lo trata, ni lo articula con el liberalismo económico, en menoscabo de su argumento. Pues si comparamos la sociedad económica liberal con algo tan lejano como el mundo arcaico, bien podríamos decir que la humanidad está condenada desde Adán y Eva o desde Prometeo. No exagero. Robert Owen, inspiración de Polanyi, culpó al cristianismo de introducir el azote del individualismo para desgracia de la humanidad.

La cautela de Polanyi ante el individualismo es comprensible: como cristiano asumía la libertad individual pero rechazaba su cristalización en el afán de lucro personal. La imposición del mercado autorregulador y del homo oeconomicus como deux ex machina de la sociedad era una desviación en la evolución cultural de la especie. Los economistas liberales y Marx mismo fueron víctimas de este autoengaño.

Al abordar épocas económicas más cercanas y conocidas, como el mercantilismo y su transición al liberalismo, Polanyi da algunos saltos temerarios, ya identificados por historiadores de la economía. Por momentos parece añorar el mundo rural y las sociedades arcaicas sin considerar sus conocidos males. Pero Polanyi no es nostálgico. Su mayor preocupación es el futuro inmediato y cómo garantizar “la libertad en una sociedad compleja”, último capítulo y resumen de LGT.

Polanyi no profundiza en este gran tema, pero su idea general es clara: la resistencia social contra su avasallamiento por el mercado autorregulador ha sido una constante histórica por más de un siglo y su tendencia es hacia al socialismo regido por instituciones. Esta tendencia es inherente a la sociedad industrial, pero no inevitable. En todo caso, debe ser conducida en el marco democrático electoral y sus resultados deben expresarse en instituciones. Éstas garantizan la libertad “social” pero pueden convertirse en fines en sí mismas y pisotear la libertad y la dignidad humanas, valores supremos. Éstos van ligados a la realización individual, donde caben todas las vocaciones, incluyendo la libertad de empresa sometida a fines sociales, no a la acumulación en beneficio personal.

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Polanyi es un socialista cuyo objetivo no es acabar con el libre mercado, ni con la iniciativa y la propiedad privadas: quiere evitar la imposición y hegemonía del mercado autorregulador porque destruirá a la sociedad. El mercado autorregulador es “antinatural” porque somete al hombre a la competencia por el beneficio económico personal, lo que terminará aniquilando las bases de la sociedad misma.

Contra esta idea, liberales y neoliberales han insistido en que el beneficio personal beneficia al resto vía el mercado. Polanyi expone la historicidad de esta noción y disuelve su fondo naturalista, no sin lagunas empíricas. Al terminar LGT lo entregó a tres amigos, uno liberal, uno conservador y uno socialista, y los tres opinaron que el libro era esencialmente “verdadero”.

Las reacciones de protección social contra el mercado autorregulador empezaron con la revolución industrial, de lo cual Polanyi no sigue repudiar la máquina y la tecnología, sino ponerlas al servicio de la libertad y dignidad humanas. Él distingue la revolución industrial del “mercado autorregulador” que llegó con ella.

Para constituirse, el mercado autorregulador debía disponer de un mercado de trabajo en Inglaterra, el cual, dice Polanyi, no tiene que ver con máquinas sino con seres humanos convertidos en mercancías. La revolución industrial y tecnológica es producto del ingenio humano, no puede ni debe detenerse. En cambio, el mercado autorregulador y el hombre maximizador de ganancias son nociones saturadas de intereses personales, creencias naturalistas y debates de la época sobre la regulación y manejo político y fiscal de la pobreza.

La descripción de la irrupción de esta idea en la Inglaterra de fines del XVIII y principios del XIX es la parte más interesante de LGT como historia económica e historia de las ideas, pero su exposición no es muy ordenada, se demora en pasajes, repite, ve temas de reojo o salta a otros, a veces con excesos retóricos. Esto ha motivado la etiqueta de economista de “segunda categoría” por sus adversarios, pero debe admitirse que Polanyi se mantiene en su enfoque histórico y antropológico. En este terreno no es fácil de refutar, por más correcciones empíricas que su historia admita.

Su escenario son las tensiones políticas entre los primeros liberales utilitaristas, los terratenientes y las comunidades parroquiales desde la Ley Speenhamland de 1795 hasta su derogación por la Ley de Pobres de 1834. Los argumentos de aquellos heraldos a favor del mercado de trabajo ―como fijar el salario en el nivel de sobrevivencia porque sólo así sería aceptado― son escalofriantes. El tema filosófico era el criterio para fijar los salarios. Los liberales defendían el criterio de la amenaza del hambre. El problema inmediato para ellos era que Speenhamland obstaculizaba la formación del mercado de trabajo porque subsidiaba a los trabajadores y desempleados (con módicas pensiones), lo cual desalentaba el “trabajo duro”.

Vaya que lo era. En los primeros años de la economía liberal, muchos trabajadores recularon al campo y otros se tiraron a vagar de parroquia en parroquia al conocer el horroroso mundo que los aguardaba. Preferían la protección de la Ley Speenhamland. Los liberales la sustituyeron por la Ley de Pobres, que crea el mercado de trabajo en 1834.

La gente terminó por aceptar las nuevas condiciones económicas por el empobrecimiento del campo, causado por el deslinde de terrenos (enclosures) y desastres naturales. Antes de esto, las comunidades parroquiales vivían con sus propias reglas sociales ancestrales. El mercado autorregulador, en cambio, arrancaba al individuo de su sistema social y lo abandonaba a su suerte, según le tocara la ley de la oferta y la demanda. La descripción de este periodo de transición por Polanyi muestra claramente la dislocación de un sistema social.

Sin coacción no hay mercado. El mercado autorregulador no es espontáneo, fue “planeado” y diseñado políticamente. Las grandes decisiones políticas que lo habilitaron fueron la conversión de la tierra, el trabajo y el dinero en “mercancías ficticias”. Son ficticias porque la tierra es la naturaleza de la que dependemos todos, el trabajo es actividad socialmente valiosa, y el dinero debe ser sólo un medio de intercambio. La transformación de estos bienes en mercancía es política.

Una vez más, la percepción de Polanyi invita a reflexionar, pero debe precisarse que el sistema rural de enclosures, que perjudicó a los campesinos y a todos los parroquianos, precede un siglo al liberalismo económico. En cuanto al dinero como mercancía, Polanyi se refiere también a la adopción del patrón oro por Inglaterra (1830) para facilitar la expansión del liberalismo económico por el globo, pero cuya rigidez provocó muchas catástrofes financieras y sufrimiento humano.

Los horrores del mercado autorregulador del siglo XIX y la resistencia concomitante en Inglaterra están bien documentados científica y literariamente. En la visión de Polanyi, la resistencia creó un “doble movimiento” o tensión entre la sociedad y las acometidas del mercado autorregulador. La resistencia genera la energía política para hacer valer derechos e instituciones de protección social. Este “doble movimiento” crea la dinámica del mundo moderno.

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Polanyi escribió LGT durante la Segunda Guerra Mundial, refugiado en Londres y Vermont, USA, con material reunido en los años veinte y treinta en Viena, donde participó en política. El orden político de la Viena socialdemócrata fue para Polanyi “uno de los triunfos culturales más espectaculares de la historia de Occidente”. Forzado a huir con su mujer y su hija Kari por el avance del nazismo, sus cofrades socialistas cristianos de Londres, R. H. Tawney y G. D. H. Cole, lo colocaron como profesor de historia económica en extensión universitaria. Ahí elaboró partes sustantivas de LGT.

La urgencia apocalíptica del libro refleja las condiciones del momento. La Segunda Guerra Mundial parecía cumplir la más negra de las certezas de Polanyi: que la utopía de imponer un mercado autorregulador sobre la sociedad llevaría al mundo a su aniquilación por guerras y destrucción del hombre y la naturaleza. Por la emergencia del fascismo en muchos países aprendió que las reacciones de protección social podían caer en manos de líderes demagogos que prometen “soluciones fáciles” y resultan enemigos de la civilización hasta la barbarie.

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Charles P. Kindleberger relata la lenta recepción de LGT en Estados Unidos de 1951 a 1974, destaca las ideas de su recurrente atractivo, reconoce haber sido influido por él para dedicarse a la historia económica y admite su pertinencia para la situación de entonces, la convulsa primera mitad de los setenta, pero advierte a sus jóvenes lectores de la New Left que algunas partes del libro deben ser inspeccionadas de cerca (“The Great Transformation by Karl Polianyi”, 1974, Daedalus-JSTOR).

Kindleberger recordó que el sistema económico precedente al liberal era sostenido por el sudor de los siervos de la gleba, que la pobreza y la miseria eran también muy grandes entonces y que el mercantilismo que lo sucedió creó un proto-mercado de trabajo en Inglaterra. Subrayó que LGT, al limitarse a Inglaterra, no consideraba la diversidad de formas y resultados de la economía liberal en el continente europeo.

Kindleberger no niega los horrores de la miseria de los trabajadores en la economía liberal del XIX pero sospecha bucolismo y advierte exageración en Polanyi. Le recrimina haber encomiado una ley agrícola de Francia que mantuvo a los campesinos en el atraso de 1890 a 1951. Polanyi, según Kindleberger, “creía exageradamente que la economía [liberal] había pisoteado las consideraciones sociales durante la revolución industrial” (no niega que fueron pisoteadas). En cuanto a la comparación con el sistema económico anterior, la de Polanyi es cualitativa en el sentido de cohesión social. Desde este punto de vista, el cuadro general que describe se sostiene. La dislocación social provocada por las nuevas condiciones de trabajo no tenía precedente y provocó mucha miseria económica, social y moral. Las numerosas descripciones literarias de esta situación (periodo 1815-1914) parecen cobrar mayor relieve con el enfoque estructural de Polanyi.

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Sobre la colectivización forzosa y la planificación centralizada de la URSS, Polanyi fue circunspecto. Después de todo, la revolución rusa, como el fascismo, era una fuerza del “doble movimiento” de la historia moderna que Polanyi mismo describió. Se limitó a decir que el sistema bolchevique era “inaplicable” en la Europa industrial aclimatada en la democracia. Para Polanyi, el socialismo es “la tendencia inherente de la civilización industrial a superar el mercado autorregulador mediante su subordinación consciente a la sociedad democrática.” Sabemos que esto es música para los oídos demagogos, pero Polanyi era consciente de este peligro. A la planificación económica la vio venir como catalizada (no iniciada) por la guerra misma, porque obligó a todos los países a planificar.

Respecto de la situación política de la URSS, Polanyi sólo emitía frases a medias y ambigüedades, pese a las señales inequívocas de que la gente sufría el yugo de una dictadura cruel e inhumana. Gran diferencia con su hermano, el filósofo Michael Polanyi, anticomunista irrevocable y pionero del neoliberalismo, quien le reclamó furioso su tibieza ante la suerte fatal de su sobrina Eva en un juicio estalinista, pese a haberse nacionalizado soviética por convicción. La historia de Eva es la materia prima de la novela Darkness at noon de Arthur Koestler (“The Elusive Karl Polanyi”, Daniel Luban, Dissent, primavera 2017).

Es probable que en este aspecto Karl haya sido precavido ante su mujer, Ilona, férrea comunista pro Moscú con antecedentes de armas tomar. Parece que el matrimonio no fue muy feliz, pero permaneció en pie hasta el final, quizá en menoscabo de Ilona, por su constante adaptación a las mudanzas de Karl. Ambos figuran en las listas negras del macartismo.

Michael dice de Karl con distancia: “hombre cuyo propósito es segar, cosechar y dar forma final a los beneficios de una vida intelectual. Es el único bien que puede hacer por él mismo y por la sociedad” (Ibíd.).

 

Ramón Cota Meza (Santa Rosalía, Baja California Sur, 1950). Ha sido articulista de los diarios El Universal y Milenio y de las revistas Letras Libres y Nexos, entre otras publicaciones. Twitter: @cota_meza

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Posted: March 17, 2022 at 10:37 pm

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