Current Events
Un destino que se manifiesta a través de las letras
COLUMN/COLUMNA

Un destino que se manifiesta a través de las letras

Tanya Huntington

En mi columna anterior sostuve que Los persas de Esquilo nos sirve como recordatorio de que, antes de rechazar una obra porque trae una agenda contra otra cultura, vale la pena estudiarla dentro de su contexto. ¿Cómo podemos llegar a entender la xenofobia, ese mal terrible que ha resurgido a nivel mundial, si no la analizamos? Si algo nos ha enseñado la historia es que correr un tupido velo resulta contraproducente, cuando lo que se quiere tapar es el odio.

Desde que empecé a delinear uno de mis proyectos actuales, que consiste en explorar distintas aproximaciones literarias anglófonas a México, se vislumbró que uno de los retos mayores iba a ser el de confrontar múltiples formas de ignorancia, prejuicio e incluso rencor entre los autores. Sería más cómodo para mí fingir que no existieran esos pasajes dentro del campo literario que elegí explorar, o que algunos de ellos no pertenecieron a libros que he admirado. Pero la verdad es que están allí, nos guste o no, y pueden incluso ayudarnos a entender mejor el resurgimiento en Estados Unidos de un antimexicanismo atroz en años recientes.

Ejemplos de este extremismo literario varían desde obras menores o casi olvidadas, como las Cartas desde México, de Rosalie Evans, hasta novelas consideradas importantes o emblemáticas, como El poder y la gloria, de Graham Greene. Aunque no es una aproximación que debamos alabar o redimir, desde luego, sería un grave error descalificarla por completo –es decir, exiliarla o “cancelarla”, para utilizar la nomenclatura actual. Sin incurrir en lo apologético, se trata más bien de empezar a entender en qué consiste esta literatura de los odiadores, para así empezar a desentrañar cómo opera. Solo así llegaremos a comprender mejor qué papel ha tenido la diatriba dentro de distintas genealogías literarias, además de que, desde luego, una de las vetas más útiles y agudas de la crítica consiste en, valga la redundancia, criticar precisamente aquellos aspectos de las obras literarias que nos resultan disonantes o deleznables.

Entre algunos de los autores anglófonos que han escrito libros contra México, hallamos una intención similar a la de Esquilo en Los persas: si identifican alguna grandeza, ésta sirve principalmente para engrandecer la hazaña de haber “domado” lo mexicano, ya sea cultural o políticamente. El México que exploran está invariablemente ubicado hacia abajo, al sur de la frontera con Estados Unidos, en una geografía que subraya una jerarquía del poder que buscan apuntalar. A la vez, las múltiples desgracias que describen en sus páginas buscan, a través de un señalamiento de injusticias percibidas, reforzar una supuesta superioridad innata, concedida por el mito de la democracia moderna –digo “mito”, dado que ese sistema político fue construido, igual que el griego, con base en una economía de esclavos. La mitología literaria resultante incluso lleva un rastro de literatura fantástica, dado que parte de la fantasía del supremacismo blanco, desarrollado a partir de las teorías de racialización que coincidieron con la ola de independencias que recorrieron el continente americano, las cuales hasta la fecha no solo hacen eco dentro de nuestras sociedades, sino que las permean.[1]

Es notable que incluso aquellos autores anglos que podemos calificar como más sensibles a ese “otro” al que se referían historiadores como Tsvetan Todorov[2] no suelen verse como antagonistas dentro de la narrativa que crean a partir de haber viajado o vivido en México. Al contrario, en la mayoría de los casos los personajes anglos creados por escritores anglos dentro de una geografía mexicana se retratan como salvadores, aunque a veces son neutros (o mejor dicho, aparentan cierta indiferencia). En su calidad de “nobles perdedores” que han fracasado en su búsqueda idealista de una utopía, buscan la empatía de sus lectores.

Antes que nada, resulta útil destacar algunas distinciones entre los autores anglos de origen británico y los autores de origen estadounidense. Cuando los odiadores son ingleses, como es el caso de Aldous Huxley en Más allá del Golfo de México, es perceptible una especie de proyección de la “leyenda negra” de la conquista española —es decir, la letanía de supuestos defectos de América Latina se registran como herencia de un imperio tachado de malo, cuya Armada superior fue vencida por la reina Isabel I en un episodio histórico que recuerda el que inspiró Los persas.[3] A partir de allí, el imperio sobre el cual el sol no se ponía dejó paulatinamente de ser español para convertirse en británico. Ese auge se volvió un pretexto literario tácito para dar por hecho una supuesta superioridad inglesa, la cual se impone por herencia sobre los súbditos de un imperio español vencido.[4]

En cuanto a su injerencia sobretodo económica a lo largo de la región hispana, en general, y la mexicana, en particular, ésta comenzó a desmoronarse estrepitosamente con la Revolución Mexicana de 1910, formando así parte del ocaso global del imperio británico. Durante el porfiriato, los ingleses habían sido inversionistas fundamentales, particularmente dentro del campo del petróleo. Cuando el presidente Lázaro Cárdenas asestó el golpe final con la declaración de la expropiación petrolera en 1938, surgieron respuestas literarias que varían entre melancólicas (Malcolm Lowry) a vitriólicas (Graham Greene, Evelyn Waugh).

En cambio, los autores estadounidenses que manifiestan su odio por México lo hacen para reafirmar un sentimiento de superioridad autoadscrita a partir de la Doctrina Monroe de 1823, con la cual el presidente de los Estados Unidos declaró que este país servirá como el guardián militar de cualquier otro del hemisferio en caso de futuras invasiones. Desde luego, esta doctrina no prevenía contra las invasiones militares de los propios Estados Unidos, como la que ocurrió a partir de la anexión del territorio texano, primero por medio de la inmigración ilegal y luego por la declaración de una guerra contra México una guerra que, por cierto, fue considerada como injusta y desigual por muchos intelectuales, desde un joven congresista llamado Abraham Lincoln hasta el pensador transcendentalista Henry David Thoreau, cuya célebre doctrina de objeción de conciencia se puso a prueba cuando fue arrestado por rehusarse a pagar un impuesto creado especialmente para financiarla.

Esta doctrina de supuesta superioridad blanca, expresada a través de la ideología del Destino Manifiesto una especie de derecho divino a domar la tierra a través del asentamiento, basado en el cristianismo protestante fue reforzada a través del Tratado de Guadalupe de 1848, el cual aseguró la paz con el país vecino a cambio de la compra de un poco más de la mitad del territorio nacional por la modesta cantidad de 15 millones de dólares. Así, se formalizó la secesión de Texas, y entraron Nevada, la mitad de Nuevo México y de Colorado, la mayor parte de Arizona, un cachito de Wyoming, Utah y California entera a la república estadounidense. No solo fue una especie de ensayo para la Guerra Civil en los Estados Unidos, dado que la legalización de la esclavitud estaba entre los motivos principales de la secesión texana, sino que así también se desató el Gold Rush, o “fiebre de oro”, una de las mayores migraciones de la historia de nuestra especie, que en las escuelas estadounidenses se enseña como si fuera una loable búsqueda de autonomía económica o riqueza, en lugar de una ocupación voraz de territorios recién anexados a través de dos tratados: el primero firmado de manera legítima con Francia en 1803, la Compra de Luisiana, y el segundo firmado bajo coerción treinta y cinco años después, el Tratado de Guadalupe. Eso sí, cuando menos, la fiebre de oro da una motivación clara para esta migración masiva, que también implicó un desplazamiento masivo y el genocidio de pueblos originarios.

El Destino Manifiesto forma parte de la identidad estadounidense actual, y perdura detrás de la ideología xenófoba de los miembros del Tea Party que llevaron a Trump hasta la Casa Blanca. Yo misma formo parte de una generación que creció viendo Schoolhouse Rock, una serie de cortos animados que se desarrolló para brindar una educación cívica a los niños que crecimos acompañados por la “nana electrónica” de la televisión, entre una caricatura y otra del canal ABC. En uno de estos, la expansión territorial decimonónica se describía abismalmente como un simple deseo por más “elbow room”, o espacio para moverse. La letra de una canción que se parece insidiosamente al género folk, acompañada por un banjo, describe la Compra de Luisiana y presenta versiones edulcoradas tanto de la fiebre de oro como de la expedición de Lewis y Clark, pero no hace ninguna mención del genocidio de naciones indígenas o de la guerra con México. Esta etapa de expansionismo y la identidad estadounidense que corresponde a ella forman el trasfondo de novelas tan diversas como Ramona, de Helen Hunt Jackson, y Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy. Reforzar la supuesta superioridad concedida por el destino manifiesto sirve como una justificación subyacente detrás de su visión racista de lo mexicano.

Desde luego, hay aquí un evidente enrevesamiento de perspectiva del que muchos de estos autores británicos y estadounidenses no parecen estar del todo conscientes: mientras que Los persas se escribió desde un posicionamiento de poder inferior para celebrar la caída de los extranjeros invasores de arriba, los autores anglos que resultan exageradamente críticos de México parten de un hubris imperial: como si los persas hubieran ganado y escribieran diatribas sobre los griegos, pues. A la vez, parecen dar por hecho que la fuerza militar, política y económica superior también tendría que ser cultural, por antonomasia.

Tomando en cuenta este contexto, no debe sorprendernos, por lo tanto, que a partir de la Revolución de 1910 existan autores angloparlantes que reaccionaron con gran alarma antimexicana ante lo que percibían como cambios en esa hegemonía militar, política y económica, remontando con la mayor arma a su alcance: la pluma. Su producción literaria, que consta de libros como Cartas desde México, de Rosalie Evans; Más allá del Golfo de México, de Aldous Huxley; The Lawless Roads y El poder y la gloria, de Graham Greene; o Robo auspiciado por la ley, de Evelyn Waugh, forman una sección incómoda de la narrativa de la revolución mexicana –cuya gama en español también incluye, por supuesto, libros críticos de la revolución o incluso diatribas con un alto contenido racista o antiindigenista.

La intolerancia que se manifiesta como racismo es irracional y autodestructiva en el fondo. Una nueva identidad mexicana basada en una independencia creciente contradecía el convencimiento de supuesta superioridad innata que formaba parte de la identidad –tanto heredada como construida– de estos autores anglófonos. Como aproximación literaria, la narrativa del odio se perfila dentro del contexto mexicano como una especie de ave carroñera, que se alimenta de un status quo en proceso de descomposición.

 

Tanya Huntington is the author of Martín Luis Guzmán: Entre el águila y la serpienteA Dozen Sonnets for Different Lovers,  and Return. Her most recent book is Solastalgia (Almadía / UAA, 2018). She is Managing Editor of Literal. Her Twitter is @Tanya Huntington

 

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.

 

Notas

[] He leído este año un par de excelentes estudios sobre esta desafortunada herencia: México racista, de Federico Navarrete, y Stamped from the Beginning: The definitive history of racist ideas in America, de Ibram X. Kendi.

[2] Véase La conquiste de América: El problema del otro, México, Siglo XXI, 1999.

[3] Vale la pena recordar que una de las fuentes principales de esta “leyenda”, que se deriva del genocidio nada legendario de millones de personas, fue precisamente una visión autocrítica desde adentro del propio imperio; la de un conquistador arrepentido que se convirtió en dominicano me refiero, por supuesto, a Fray Bartolomé de las Casas, cuya Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) fue traducida a varios idiomas, incluyendo el inglés, y circulaba de manera masiva como propaganda antiespañola.

[4] Eso, a pesar de que los propios ingleses perdieron su mayor colonia en las Américas, por supuesto, de manera ya definitiva al perder no solo la guerra de Independencia de Estados Unidos en 1776, sino también su secuela, la guerra de 1812.


Posted: January 4, 2021 at 9:21 pm

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *