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¿Una nueva Edad Media o un segundo Renacimiento?

¿Una nueva Edad Media o un segundo Renacimiento?

Martha Bátiz

Meses antes de que se desatara la presente pandemia ya se me había metido en la cabeza que el mundo estaba (¿está?) encaminándose a una nueva Edad Media. Desde que Donald Trump empezó a clamar por la construcción de un muro en la frontera con México y los países europeos se arrojaban unos a otros la responsabilidad de albergar a los refugiados sirios y africanos que a diario exponían su vida para llegar a sus tierras, y los ingleses decidieron separarse de la Unión Europea, sentí que los gobiernos de muchas ciudades y países de Occidente coqueteaban peligrosamente con la idea de encerrarse en sí mismos, brindar en exclusiva a sus ciudadanos (y de entre ellos, con abierta preferencia a sus seguidores y partidarios) de derechos y servicios, y cerrar las puertas a cualquier extranjero que no se presentara con el único salvoconducto que nunca pierde vigencia: dinero.

Recordemos que en la Edad Media, la sociedad era estamental (con la gente dividida en cuatro grupos básicos: nobleza, clero, ejército y vasallos o siervos), y resultaba imposible mudar de estamento: quien naciera siervo lo sería para siempre. El poder se heredaba, se usurpaba, se adquiría mediante matrimonios o guerras, pero pasaba de manos privilegiadas a manos privilegiadas sin excepción. La mayor parte de la sociedad era iletrada, supersticiosa e ignorante, fácilmente manipulable, y encontraba su único entretenimiento y esperanza en la religión (la distracción de ir al templo y escuchar el sermón, sobre todo cuando el sacerdote era un buen orador, y el consuelo de una mejor vida después de la muerte). Hoy en día, en muchos países sigue siendo casi imposible ascender socialmente: en México, por ejemplo, la encuesta ESRU de movilidad social realizada hace un año, en mayo de 2019, dio como dato que el 74% de los ciudadanos que habían nacido pobres, morirían siéndolo. En agosto del mismo año, Raj Chetty, un renombrado economista de la Universidad de Harvard, experto en asuntos relacionados con movilidad social en Estados Unidos, declaró que en aquel país los estudios realizados a través del proyecto Creating Moves to Opportunity (CMO) demostraron que el barrio en el que crecen los niños marca de forma definitiva sus oportunidades de ascender socialmente. Es decir que, si un niño se cría en un barrio pobre, lo más probable es que siempre viva en un barrio similar. Para el cincuenta por ciento de los niños en los Estados Unidos, será difícil hacerse de la misma estabilidad y bienestar que alcanzaron sus padres, por lo tanto, el llamado “sueño americano” se ha ido erosionando palpablemente. Ante este panorama, Chetty afirmó que invertir en la infancia —proveer una buena educación y oportunidades— era lo mejor para pavimentar el camino de los pueblos hacia la prosperidad. Esto, por supuesto, es sentido común (no se deberían necesitar estudios para confirmarlo, como tampoco necesitamos leer estudios académicos para darnos cuenta de que los gobiernos de muchos de los países de Occidente, incluso de las naciones más ricas, no han tomado las medidas necesarias para garantizar la buena educación ni el bienestar de sus ciudadanos, por lo cual existe este retorno a una estructura social estamental, que trae en sí misma inmensos problemas. Problemas antiguos, problemas medievales, como esta nueva peste que hoy en día nos tiene encerrados y con miedo).

He leído en muchos lugares que el virus y el contagio se pudieron haber prevenido: “Si hubiéramos cerrado fronteras”; “si no existiera la globalización”; “todo es culpa del capitalismo”, dicen, y dicen bien, pero me parece que habría que ir más a fondo. El capitalismo descarnado que nos ha traído a este punto, en el cual tanta gente se ve desprotegida ante la pandemia y la imposibilidad de ganarse la vida, es tal vez el resultado de este nuevo medievalismo. De esta nueva clase gobernante que se pasa el poder de una mano privilegiada a la otra mientras la mayoría de la gente permanece en el mismo estrato social en el que nació, partiéndose el lomo para sobrevivir, sin educación que le ayude a entender mejor el mundo y abrirse puertas, con nuevos vicios y peligros (como el narcotráfico) y sin oportunidades para mejorar.  Y, por supuesto, sin herramientas para proteger su salud en caso de epidemia o pandemia, como se puede ver en la actualidad. Las calles cerradas y con vigilancia en las que viven las clases medias y altas en los países en desarrollo, los muros que ciudades y países quieren construir para “defenderse” de las amenazas externas (entiéndase la palabra amenazas como eufemismo para migrantes y refugiados), son síntomas de la enfermedad que nos aqueja como sociedad: nos creemos modernos y avanzados pero, en realidad, estamos dando pasos agigantados hacia un pasado peligroso y oscuro.

La religión y la superstición alimentadas por la ignorancia han contribuido, como es de esperarse, a exacerbar el problema. La gente en los estados más religiosos de los Estados Unidos fue a misa de Pascua sin importarle la posibilidad de contagiarse de Covid19: para ellos, sentirse cubiertos por “la sangre de Cristo” es suficiente, y no hay poder humano que los convenza que a este virus no lo frena ni Cristo (ni Mahoma ni Buda, digo, para ser parejos). En México, muchos también piensan que el virus es una mentira, y el Jueves Santo el mercado de la Viga, según un video que vi, estaba a reventar de gente comprando mariscos y pescado para el último y más importante fin de semana de esta cuaresma. Están por verse las consecuencias del contacto directo y sin protección entre la gente en las calles y lugares públicos. Yo, encerrada en mi casa en el área de Toronto, me estremezco de tan solo pensar en lo que pueda pasar.

Las redes sociales y el internet, si bien han sido útiles herramientas para comunicarnos, han proporcionado las más populares plataformas para propagar y nutrir la ignorancia y la desinformación. Antes, trovadores y “barberos ambulantes” eran quienes llevaban a los feudos amurallados las noticias y “avances” del exterior. Para desgracia nuestra, se nos ha hecho creer que la palabra impresa tiene valor y, al ver algo publicado en internet, muchos lo toman por auténtico y cierto. Y para los que ni leer pueden, está YouTube, la carreta postmoderna desde la que despachan, sin ningún tipo de filtro los actuales “barberos ambulantes” que “comparten” sus remedios y consejos con la misma facilidad de palabra que los embaucadores medievales, para un público igual al de aquella época: desamparado, ignorante y ávido de algo que los consuele, aunque sea mentira.   

Y, por supuesto, al igual que en los peores momentos medievales, tenemos en el trono a líderes no solo incapaces y egoístas sino que, en el peor de los casos, no pueden hilar un solo pensamiento sin tropezarse y, en el mejor, parecen seguir al pie de la letra los consejos de Maquiavelo. En la democracia, los pueblos eligen libremente a sus gobernantes, y con desprecio decimos que “tienen los gobiernos que se merecen”, pero cuando los pueblos han sido sometidos de manera consciente y sistemática a la ignorancia, cuando se les ha negado una buena educación (y, en algunos casos, hasta la más básica educación), cuando son fácilmente manipulables e ingenuos, es injusto culparlos. La gente que no sabe no elige al mejor de los hombres para guiarlos, porque es incapaz de identificarlo, sino que elige al que resulta un orador más convincente, el más agresivo, el más ocurrente: el mejor payaso del circo, pues, o el que parece mejor gladiador. Las mentes brillantes no resultan atractivas para las masas. El bienestar a largo plazo es inimaginable porque ante lo apremiante (el hambre) no se puede pensar más allá. La recompensa inmediata, el bien más fulgurante son lo que se prefiere. Hemos avanzado siglos sin movernos de lugar. La existencia de la llamada Flat Earth Society y el respeto y tolerancia hacia los antivaxers son, para mí, clara evidencia de nuestro fracaso.   

Por eso no es de sorprender que nos aqueje una nueva peste al mejor estilo medieval: porque nuestras ciudades y sociedades se han convertido, o están convirtiéndose, en feudos con electricidad e internet y agua corriente para los más elevados estamentos, mientras en los más bajos, vasallos y siervos ni siquiera a eso pueden acceder y siguen teniendo, como mayor esperanza de mejora, dedicarse al crimen o la resignación (mediante la ilusión de una vida que premie su sufrimiento con el paraíso eterno tras la muerte). 

No tiene que ser así, sin embargo. Esta pandemia nos puede ofrecer la oportunidad de acceder a nuevo Renacimiento si así lo procuramos. Ahora, como en el siglo XV, nos pueden rescatar los aportes de aquella envidiable época de progreso y lucidez: enfocarnos hacia el humanismo (sí, las humanidades, esa disciplina que tanto se desprecia en los ámbitos económicos y universitarios, porque no es “lucrativa”), rescatar la sabiduría de los clásicos (es decir, aprender del mundo antiguo para rescatar lo valioso y no caer en los mismos errores del pasado, como por ejemplo, ser una sociedad medieval pero con electricidad), apoyar a la cultura y a las artes como ejes de la identidad, medio de expresión y legado de las naciones (¿no sería fantástico, en México, por ejemplo, un nuevo movimiento como el muralismo mexicano aparejado con un esfuerzo nacional, serio, contundente, para educar con solidez a la población?), y darle de nuevo su justo valor a la palabra como reflejo y herramienta de la inteligencia; usar las palabras, y los actos, para lograr el bien colectivo. Esto implica ya no cederle el micrófono al primer idiota que quiera decir algo en un medio masivo de comunicación: cuánto extraño las épocas en que, para sacar licencia de locución radial, la gente tenía que pasar un examen de cultura general que se consideraba, en aquel entonces, difícil. Es también asunto de sentido común (suspiro: sí, el menos común de los sentidos): antes de hablar hay que tener conocimientos, sobre todo si se va a hablar en público y se va a ejercer una influencia sobre la gente. Sí, recuerdo que en aquel entonces esta medida se consideraba elitista, pero dejaría de serlo si la gente recibiera la educación que necesita y merece.

El bien colectivo implicaría, en este contexto, no solo garantizar lo básico como comida y techo (cosa que se puede lograr mediante la implementación de un salario básico universal, el cual ya se está considerando en varios países y en otros esta pandemia ha acelerado), sino hacer enormes campañas de educación pública de calidad, de higiene personal (lo que implica llevar agua potable a sitios donde todavía no gozan de este derecho humano básico), de salud (con vacunación otra vez obligatoria, salvo casos donde se compruebe una alergia o algún otro impedimento médico, no moral ni religioso), de oferta cultural (dar acceso a las bellas artes, empezando por traer de nuevo a las aulas de educación básica las clases de música, pintura, literatura, civismo y ética, entre otras materias desplazadas por las prioridades actuales), es decir, de todo aquello que nutre física y espiritualmente al individuo.

Apostar por el humanismo en este sentido significa entender que el bien común depende del bien individual, y de que para que la sociedad esté sana y sea próspera, es indispensable que todos sus miembros tengan atendidas, al menos, sus más básicas necesidades, y algo que en el Renacimiento se entendió muy bien y en esta época no se toma ni siquiera en cuenta es que no solo hay que alimentar los cuerpos sino también las mentes y las almas. Y para esta labor, nada funciona tan bien como las bellas artes. Sí: la cultura, que en tantos lugares nos hemos acostumbrado a denostar, a ver como un lujo. Pues no, señores, no es un lujo sino un salvavidas: la cultura general, y la apreciación por las manifestaciones artísticas pueden tomarse, en esta pandemia, como un índice medidor de la salud nacional. En países como Alemania, los contagios se han mantenido a la baja. ¿Por qué? Porque es un país donde la gente está bien educada. Donde saben que si se deja que el 60% de la población viva en la miseria y la ignorancia no se está siendo “listo” ni “abusado” ni “chingón”, sino imperdonablemente irresponsable. Y las consecuencias de esto, hoy en día, ante crisis como la actual, se pagan en vidas humanas. Así de clara es la lección que tenemos frente a nuestros ojos.

Estoy consciente de que forjar el camino hacia un segundo Renacimiento es una utopía, algo inimaginable en lugares como México e incluso Estados Unidos. En nuestra actual distopía, sin embargo, nos encontramos ante una bifurcación: podemos elegir entre seguir cavando nuestra tumba en dirección hacia una nueva Edad Media, o intentar aprender del período más luminoso de la historia Occidental y poner en práctica al menos algunas de sus enseñanzas.

 

Martha Bátiz es escritora y ha ganado varios premios internacionales, entre ellos el Miguel de Unamuno de Salamanca, España, por su cuento La primera taza de café. Su primera colección de cuentos se titula A todos los voy a matar (Ed. Castillo, 2000); ha publicado la novela Boca de lobo, que fue premiada en el certamen internacional Casa de Teatro de Santo Domingo, y publicada bajo el sello de León Jimenes. Posteriormente fue publicada por el Instituto Mexiquense de Cultura (2008) junto con una versión al inglés bajo el sello de Exile Editions (2009). Martha es doctora el literatura latinoamericana, traductora profesional y fundadora del programa de escritura creativa en español que se ofrece en la Universidad de Toronto. Su Twitter @mbatiz

 

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Posted: April 26, 2020 at 7:47 pm

There are 14 comments for this article
  1. Oscar Baldenegro at 11:07 am

    Señora, que gran reflexión nos ha regalado, en esta guerra ideológica que líbramos hoy, sus ideas suenan como esperanza!!

    • Elena at 8:29 am

      Muy buena alusión de las eras, sin embargo la comparación de religión con ignorancia, de la fe en la vida eterna con resignación, en lo personal difiero, le doy la razón en que la solución es alimentar las mentes y las almas, y al alimento que el alma busca, como es en mi caso La Sangre de Cristo, la autora lo desprecia con un entrecomillado. Encumbra las bellas artes y la educación como la panacea. Lo es, sin embargo los intereses más egoistas y las obras mas escandalosas vienen a veces de las personas mas letradas y de los artistas más cotizados, horrores se aceptan en sus nombres, pues como bien dice, el arte influencia también a las masas tal como lo hace un youtuber, un mural, las artes escénicas también, traducidas a una plataforma de streaming como lo es Netflux con ideologías progres que idiotizan al consumidor y lo manipulan, le ofrecen contenidos que normalizan situaciones que enferman al mundo como es el narcotráfico, son parte también de las bellas artes, pues son actores y artistas, libretista y escritores quienes están detrás de todo eso que ahora orquesta la situación mundial actual de globalización.
      Sí, urge espiritualidad, pero cómo lograrla si la religión está reducida por quienes manejan dicha globalización a una cuna de ignorancia y fanatismo, tal como la actora del artículo lo ha hecho.
      Soy una mujer católica, con un título de licenciatura, y actualmente estudiante de artes plásticas, y no, la solución no esta en tener el arte al alcance, pues si en el artista no hay un corazón bueno la influencia que su arte ejercerá no será en pro de la sociedad, sino en su detrimento. La solución está en todo lo bueno que la escritora ha dicho, sí, pero también en volver nuestros ojos a Dios y en tener amor al prójimo, se sea pobre o rico, todos debemos tener educación, y a su vez todos los que ya tienen educación, tener a Dios en su corazón, nsi lo, de nada serviría toda la educación y el dinero aunque estuviera repartido de la mejor manera.

      • Martha Batiz at 11:52 pm

        Gracias por su comentario, que contesto apenas ahora porque no lo había visto. Yo no quise ofender a la gente que cree en Dios. Dije que algunos creyentes estadounidenses estaban yendo en contra de las reglas para asistir a la iglesia creyendo que su Fe los protegería del virus COVID-19, que es altamente contagioso. La Fe mueve montañas pero no previene contagios. Ese era mi punto principal, no denostar la ciencia en aras de la religión. Ahora tenemos esa opción, que antes no se tenía (al no estar desarrollada la ciencia como ahora y al ser los medievales regímenes monárquicos profundamente religiosos, sin opción a diferir). Le mando un saludo respetuoso.

    • Martha Batiz at 12:01 am

      Mil gracias a usted por leerlo. Disculpe que conteste hasta ahora pero no había visto su comentario. Saludos y gracias.

  2. J. Andrés at 7:02 am

    Ya se veía venir, no la contingencia sanitaria, sino el nuevo oscurantismo, pero ahora hay una posibilidad de darle la vuelta. Ojalá.

    Excelente texto.

  3. Sebastian at 9:35 am

    Un regunte de ideas socialistas y un desconocimiento de las realidades latinoamericana, pareciera ser que occidente según la señora es la culpable de todo lo malo en el mundo, sobre todo con respecto a los árabes, le recuerdo a la señora que Europa les abrió los brazos a estos, situación muy distinta a los de sus hermanos árabes que no hicieron absolutamente nada por ellos, cabria preguntarse porque buscaron refugio en Europa y no es sus hermanos árabes, debe ser porque en occidente europeo en nivel de vida es mucho mejor, lo mismo para EE. UU. Cientos de miles de inmigrantes buscan llegar a ese país, debe ser porque les ofrece algo que en sus países no tienen, en fin no deja de ser un panfleto socialista, con muy poco rescatable…

    • Martha Batiz at 11:45 pm

      ¿Panfleto socialista? No había visto su comentario, pero me parece que usted no comprendió bien lo que quise decir. Mi punto no era decir que Occidente es “peor” o enfocarme en la migración a Estados Unidos y Europa por parte de grupos numerosos de personas que claramente buscan la oportunidad de una mejor vida. Mi punto es cómo los nacionalismos extremistas han forzado el cambio de ciertas políticas que antes permitían una mayor apertura (de fronteras, de ideologías, etc). En ningún momento elogié al socialismo ni al comunismo. Critiqué, sí, y critico al capitalismo que nos ha hecho insensibles al grado de permitir que la gente permanezca en la ignorancia y la miseria para sacar provecho de ella. Aspirar a que la gente tenga un mínimo de educación y oportunidades que le permitan vivir dignamente se llama decencia y es lo que se practica en países como Canadá, donde yo vivo, que tiene un sistema capitalista pero también un sistema de educación pública excelente que les da oportunidades a todos los ciudadanos para no vivir en la miseria. Todo es perfectible pero la desigualdad que hemos normalizado en América Latina es escandalosa e intolerable, al menos para mí que sé que es posible una vida distinta, cuando hay conocimiento y voluntad. Saludos.

  4. Grace Gail Valli at 12:48 am

    La autora, no sabe de lo que habla. No ha conocido el horror totalitario comunista, y dispone de todas las libertades y comodidades del capitalismo, por eso es grotesco que pregone la superación del capitalismo, ?por qué? Por alguna utopía criminal, por un mundo de borregos, por el sistema soviético, maoísta, nazi o castrista??? Es de lamentar que haya periodistas incapaces de tener una visión más profunda del mundo, que solo sirven para la posverdad y la propaganda, lo típico del seudo periodismo de hoy, impregado de ideología fascista-socialista. El mundo no está como ella lo ve, desde su oficina burguesa. Si acaso hubo retroceso a lo medieval, digamos, fue la experiencia comunista soviética y el islamismo, pero nada que ver el mundo occidental, donde el capitalismo, a pesar de sus defectos, es mejor que lasdemás opciones. La autora tiene premios, pero seguramente otorgados por comisarios políticos como ella, desafortunadamente. Pobre artículo intelectualmente, solo para idiotas. Grace, México.

    • J. Andrés at 3:25 pm

      Es de lamentar que haya gente sin horizonte como ustedes. Nadie habla de volver a un pasado maoísta ni castrista ni… son ustedes quienes ven el mundo en dos caras añejas. Se habla de superar esta animalidad a la que nos ha llevado el mundo neoliberal, capitalismo salvaje, modernidad o como quiera llamarli. Y eso no quiere decir que solo haya blanco y negro del siglo XX y que ya nos jodimos. Qué poco alcance tiene su lectura y su opinión.

    • Martha Batiz at 11:57 pm

      Muchas gracias por su comentario. No soy periodista, soy narradora y académica. No tengo una oficina burguesa y sí conozco el horror del comunismo porque mi familia huyó de Polonia tras la Segunda Guerra Mundial y mi abuela permaneció siempre cercana a la comunidad que ayudaba a la gente a escapar. Mi abuelo luchó en la Segunda Guerra Mundial contra los Nazis. Tal vez sería bueno que antes de atacar a alguien de manera tan personal, se informara usted mejor de quién es y de dónde viene quien usted ataca. Yo de ninguna manera apoyo el comunismo y ya lo expliqué en otro comentario que acabo de subir y que con todo respeto le invito a leer. Gracias por haberse tomado el tiempo de leer y comentar mi artículo.

  5. Antonio Sánchez Álvarez at 1:38 pm

    Definitivamente la sociedad es como la mano, que tiene 5 dedos hechos con lo mismo, de lo mismo y por lo mismo, más absolutamente todos son diferentes! Por ende cada persona vertera ideas, creencias, posturas diferentes, y todas y cada una son respetables desde un marcó de tolerancia, qué es difícil mantener por el hecho que hay quiénes desde su teoría o aprendizaje o coyuntura idealista o bien su filosofía o credo religioso y lo dan por absoluto, debemos entender que desde el comparativo más directo y más cercano qué es nuestro propio núcleo familiar, desde ahí tenemos las diferencias más marcadas, volvemos a la metáfora de la mano que tiene 5 dedos desde la misma esencia son todos diferentes y con capacidades totalmente distintas, esto ha sido en principio incapaz de comprenderse porque hasta no hace mucho los padres decidían le futuro de los hijos,,no lo sólo no respetando cada independencia y autonomía, sino también desconociendo sus capacidades o cualidades o discapacidades de cada miembro de la familia, en la mano al menos sabemos qué el dedo meñique jamás funcionará cómo él dedo índice,,, al menos los dedos tienen delimitado un respeto por decirlo así porque al menos conocemos algunas generalidades comunes, en un miembro de la familia ni siquiera eso y los papás sólo canalizaban al hij@ hacía lo que ellos consideraban era lo ideal torciendo todo respeto, toda posibilidad y una seria de cualidades, capacidades que desde la perspectiva y con la responsabilidad de quién debería decidir y asumir para tener una realización de vida más plena, ,, así se ha ido creando todo artificial para ir suplantado todo e imponiendolo para complementar, sustituir o complementar, todo por $$$$$ que finalmente el dinero es lo qué mueve y hace valer!
    Pero leer su aporte Doctora ha sido muyyyy ricoooo y nutritivo en muchos aspectos, de hecho en mí humilde y particular opinión coincidió en muchos puntos con Ud, en muchos pasajes al leerla pareciera que me estuviera leyendo,,, a partir de hoy conseguiré todos tus libros y leeré todos sus artículos, gracias

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