Essay
Las variantes de uno mismo

Las variantes de uno mismo

Diego José

Escribo esta frase como quien busca huir a través de las palabras para no estar en este sitio sino en aquel que esta frase inventa, pero parece imposible porque se requiere de una peculiar astucia para servirse de los múltiples disfraces que las palabras convocan. Un deseo de atravesar la realidad bajo la extrañeza de ser otro. Shakespeare comprendió que para ser inabarcable, el genio no se aferra a la inconsistencia de un nombre sino que busca fugarse a través de la solidez de sus caracteres que no es otra que la que le proporcionan sus palabras. Nadie duda del hilarante Falstaff ni del irascible Ricardo ni de la venenosa melancolía de Hamlet ni del adictivo amor de los muchachos de Verona; en cambio, cuántas veces —durante siglos— hemos dudado de la autenticidad del poeta de Stratford-Upon-Avon. Harold Bloom no se cansa de señalar en Shakespeare: la invención de la humanidad el enigma que ha representado la personalidad huidiza del dramaturgo inglés, incluso para sus contemporáneos era ya un misterio cambiante. Rimbaud también descubrió la posibilidad de fugarse bajo el encantamiento embriagador del verso que abre con su navaja rutas impredecibles hacia lo desconocido. Su visionaria sentencia: “Yo es Otro” ha servido de umbral para diversas interrogantes. Una probable afirmación de Flaubert se convirtió en anécdota literaria: “Madame Bovary Cest Moi”. La contundencia de esta afirmación ha servido como un poderoso hechizo contra los abrumadores de la personalidad que poco entienden de literatura. Sí, Madame Bovary es Flaubert, no solo porque se trata de su creación sino porque, en gran medida, es una estratagema para huir del sujeto que fue Gustave Flaubert. Bob Dylan confiesa en sus Crónicas haber leído un texto circunstancial de desarrollo mental con la única intención de aprender un método que le ayudara —en sus palabras— a «presentar una imagen congelada de mí mismo, a aprender el modo de mostrar al mundo únicamente las sombras de una personalidad». Bob Dylan es una idea fugitiva que se multiplica reconstruyéndose a través de las letras de sus canciones y de su música: inaprensible, no solo por la diversidad de registros que incorporó a sus composiciones y a su lírica sino por la reconfiguración de los estilos y variantes que ha producido a lo largo de su trayectoria. ¿Quién es Bob Dylan?, ¿el muchacho que dejó en 1961 la trastienda de la pizzería Purple Onion, donde radicaba en Minéapolis, para buscar en Nueva York su destino, armado con su guitarra, el soporte de la armónica, el legado de Woody Guthrie, la revelación de Jack Elliot y Joan Baez? Un jovencísimo Rimbaud también huyó de Charleville en 1871 para encontrarse con los poetas parnasianos en París con quienes rompería.  ¿Quién es Bob Dylan?: el renegado profeta de una generación idiotizada por los discursos de las buenas conciencias, el rock & roll, las libertades comprometidas de la moda?, ¿el autor experimental de un libro surrealista inspirado en la erupción de los Cantos de Maldoror, titulado Tarántula, donde pueden leerse versos inigualables como: «En una tierra quemada por el sol el invierno duerme con la cabeza blanca como la nieve al oeste de la cama»? ¿Quién es Bob Dylan?: ¿el inconforme con su público capaz de plantarles la cara cuando su público se ha rendido a la servidumbre en la Granja de Maggie?, ¿el audaz lector que comprendió el sentido de la modernidad más allá de lo moderno, en Tucídides, Byron y en Shelley, en los microfilms de periódicos de la guerra de Secesión, porque ser moderno es aprender a salirse del tiempo? Un poco a la manera de Flaubert, Dylan también es la Miss Lonely de Like a Rolling Stone, probablemente en una época en que se odiaba a sí mismo por pertenecer a un mundo tan frívolo donde las certezas resultan tan cómodas como inamovibles.

Por lo tanto, el verdadero Dylan se encuentra en el fastuoso carnaval de sus personajes porque su discografía es una forma de simular la gran comedia humana que tanto placer le proporcionaba a Balzac.

Robert Allen Zimmerman, al igual que Shakespeare, sabe que «Una generación de pensamientos nacidos en silencio / […] pueblan este pequeño mundo / con humores como la gente de este mundo». Dylan lo subraya en sus memorias: «Al componer una canción, uno expresa una visión del mundo, aunque a veces hay pocas probabilidades de que esa visión sea acertada. Y otras veces uno dice cosas que nada tienen que ver con la verdad de lo que se quiere expresar, o dice cosas que todos saben que son verdad. Por otro lado, al mismo tiempo uno piensa que la única verdad sobre la tierra es que no hay ninguna». Una de las gratas enseñanzas que recojo después de leer Crónicas I es la posibilidad de encontrarme con un artista en permanente necesidad de reinventarse, escéptico a la fijeza de los estilos, apóstata de toda forma de dogmatismo estético, en lucha permanente consigo mismo, fugitivo de su fama y renombre, recordándonos esa idea que Pessoa escribió bajo la personalidad de Bernardo Soares en Libro del desasosiego: «He rechazado siempre que me comprendiesen. Ser comprendido es prostituirse». 

*Imagen de Arthur Rimbaud

Diego José (Ciudad de México, en 1973). Su obra ha sido distinguida con el Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para obra publicada en 2000 por Cantos para esparcir la semilla, el XIV Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2002 por Volverás al odio, el Premio Nacional Literario Abigael Bohórquez 2004, en el género de ensayo por Nuevos salvajismos: la perversión civilizada y el XIII Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2006 por Los oficios de la transparencia.

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Posted: September 4, 2017 at 9:42 pm

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