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El optimismo es el opio del pueblo

El optimismo es el opio del pueblo

Alejandro Badillo

En el 2015 una mujer argentina llamó la atención en las redes sociales por contar, de forma cotidiana, su convalecencia por un cáncer de ovario que le había sido detectado tiempo atrás. María Vázquez, en aquel entonces de 43 años, describió a través de su cuenta de Twitter cómo el cáncer había hecho metástasis y que los médicos no le daban mucho tiempo de vida. Lo singular de este caso, más allá de que la enferma hiciera pública una situación que, usualmente, se oculta, fue cómo enfrentó el cáncer: con ironía, a veces rabia, enojo, humor negro y, en los últimos meses, asumiendo que no había esperanzas. Se burlaba de aquellos que le recomendaban rezos, terapias alternativas o mantener una actitud positiva ante las dolencias que se multiplicaban mientras se acercaba el final. Ella no se asumía como una “guerrera” ni se identificaba con otras etiquetas que se le suelen poner a los enfermos de cáncer. Simplemente era una mujer que compartía su enojo cuando había pasado un mal día y no intentaba fingir sentimientos positivos cuando la realidad iba, claramente, por otro lado.

Barbara Ehrenreich, bióloga y doctora en inmunología celular, pasó también por la experiencia del cáncer, aunque pudo sobrevivir. Después de que le detectaron cáncer de seno conoció, además del procedimiento médico que se acostumbra, la industria que se ha erigido en torno al cáncer, sobre todo en el caso del cáncer de mama, uno de los más comunes. Ehrenreich se enfrentó a cientos de consejos, teorías y, sobre todo, símbolos que la sociedad moderna ha vinculado con la convalecencia de las mujeres que sufren esta enfermedad: lazos color rosa, flores, animales de peluche y, sobre todo, la convicción de que la actitud positiva era fundamental para sobrevivir al cáncer. Ehrenreich se introdujo, de esta manera, en el mundo del pensamiento positivo o superación personal, etiquetas que se le ponen a las prácticas que enseñan que “el cambio está en uno mismo”. Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo (Turner, tercera edición, 2018) es el fruto del encuentro de Ehrenreich con esta industria millonaria que, para muchos, es un divertimento inocuo, pero que factura miles de millones en todo el mundo y, lo más peligroso, moldea la mente de muchas personas.

Sonríe o muere está dividido en capítulos que abordan las prácticas de superación personal que se venden para “combatir” el cáncer; el optimismo vuelto evangelio de la abundancia promovido por decenas de guías de la nueva espiritualidad en Estados Unidos, en el mundo de las finanzas y hasta en la academia. También hay un viaje en el tiempo para conocer los primeros esbozos de la superación personal y los intentos de llevarlos a la práctica en el siglo XIX, cuando el calvinismo aún dominaba a la sociedad norteamericana. Mezclando investigación periodística, datos duros, entrevistas y experiencia personal, la autora dibuja un mapa del pensamiento positivo y cómo evolucionó hasta nuestro siglo. Llamado al inicio “nuevo pensamiento”, los primeros apóstoles de este movimiento lucharon contra la idea del dios severo creado por el primer protestantismo y lo sustituyeron con un dios amoroso que pronto fue identificado con el universo, entre otros conceptos. Estas ideas pronto mutaron y los nuevos ideólogos comenzaron a predicar que no existía el mundo material, que todo pertenecía al ámbito del pensamiento, los buenos deseos, el espíritu, la divinidad y las vibraciones benéficas. Esta teoría, incomprobable por supuesto, pasó de generación en generación hasta llegar a los discursos de los vendedores de superación personal de nuestros días.

Hay un elemento importantísimo que permitió la popularidad de la superación personal: la esperanza de las personas por mejorar su situación anímica o económica. En el capítulo 4, “Motivar el negocio y el negocio de la motivación”, Ehrenreich describe cómo las grandes compañías, desde la segunda mitad del siglo XX, aprovecharon las ideas del pensamiento positivo para mantener a sus empleados motivados y, sobre todo, conformes. Con el transcurrir del siglo las propuestas plasmadas en los primeros bestsellers del género se volvieron más radicales. La prédica constante de que el mundo es lo que uno desea y que nada puede resistirse a eso, sirvió para que muchos trabajadores aceptaran recortes de sueldos, aumento de horas laborales o, incluso, el despido. En este último aspecto –el desempleo– la superación personal jugó un papel muy importante, ya que las personas dependían, cada vez más, de las relaciones interpersonales para obtener un empleo o tener un ascenso. El trabajador emblema del siglo XX –el oficinista de una gran empresa– comprendió que tener un buen trato con las personas y cultivar el carisma podían convertirse en una gran ventaja. Los nuevos empleos empezaron a tener un fuerte componente de relaciones públicas más allá de las habilidades y talentos de las personas. De esta forma, el yo aislado de la colectividad fue ganando terreno y pronto las personas comenzaron a volverse emprendedoras de sí mismas, marcas individuales que se venden de empresa en empresa gracias a la flexibilización laboral que se implementó para que el trabajador no gane antigüedad en su empleo y el patrón no tenga ninguna responsabilidad con él. Esta situación que en el pasado hubiera provocado huelgas o protestas masivas, fue mitigada por la venta masiva de libros de superación personal (muchas veces regalados por las mismas compañías) y conferencistas –ahora llamados motivadores o facilitadores en cursos de coaching– que les decían a las personas que no importaba la realidad por más dura que fuera. La solución estaba en desear lo mejor para uno mismo, llamar con el pensamiento a la buena fortuna para ser prósperos.

Hay un aspecto tenebroso que forma parte de la columna vertebral del pensamiento positivo: el absoluto divorcio que se genera entre la realidad y los hechos. Esto se ejemplifica en el capítulo “Dios quiere que seas rico”. La autora hace un recorrido por las iglesias o templos más concurridos en Estados Unidos. Más parecidos a un centro de espectáculos que a un lugar místico, los templos se deshicieron de cruces y sermones, y los reemplazaron por charlas en las que se invoca la prosperidad material. Centrados en el Yo –“alcanza tus metas, sé un líder, define tu visión”– los apóstoles de la prosperidad utilizan los símbolos del cristianismo como meros fetiches empresariales. El pensamiento mágico es, por supuesto, individual y usa a Dios como una fuerza que monetiza las plegarias. El sentido de comunidad, en todo caso, sirve sólo para terminar de cohesionar a un rebaño que nunca cuestionará las reglas del éxito que se le enseñan. Quizás en Latinoamérica –todavía anclada a un catolicismo conservador y a tradiciones comunitarias mucho más enraizadas que las que existen en la sociedad estadunidense– aún no se percibe, en su máximo esplendor, el show mediático de los apóstoles del éxito. La superación personal en nuestros países, más bien, parte de lo secular y se hibrida con la temática new age de moda: religiones antiguas, exotismo ramplón, aromaterapia, cantos tribales, misticismo empresarial o cualquier filosofía oriental despachada en sentencias digeribles y aparentemente luminosas. Todo cabe si se le puede poner un empaque atractivo y, sobre todo, aspiracional. En un mundo que tiende a lo acrítico, este tipo de pensamiento se ha expandido hasta colonizar la mente y los deseos de millones de personas. Todos ellos, como una especie de masiva población primitiva, repiten los consejos que refieren sus prototipos del éxito porque, a través de las palabras, convocan una especie de energía siempre dispuesta a acudir a su llamado. Por supuesto, la realidad sigue reglas muy diferentes, pero eso no impide que los buscadores del bienestar sigan entregándose a la ensoñación. 

Anselm Jappe

Anselm Jappe, filósofo alemán y teórico de la nueva crítica del valor, en su libro La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción (Pepitas de Calabaza, 1era edición 2019) refiere que estamos viviendo una época en la que las personas se han refugiado en el narcisismo como un modo de lidiar con la angustia y el vacío existencial. El propio capitalismo, liberado de cualquier modelo alternativo, es un Narciso que sólo puede ver su reflejo. Jappe refiere que, rebasados por un mundo cambiante e inestable –la realidad líquida a la que se refiere el sociólogo polaco Zygmunt Bauman– nos entregamos, como niños caprichosos, a fantasías de consumo y deseos que necesitan ser satisfechos casi de inmediato. Como esas fantasías encuentran límites muy pronto, surgen nuevas metas para cumplir. Las esperanzas suplantan, poco a poco, la realidad cotidiana. De esta forma el individuo, acicateado por la idea de que todo lo puede, se desprende de los hechos comprobables y se sumerge en un ámbito de autosatisfacción narcisista en el que siempre gana y que le sirve muy bien para disfrazar su realidad de trabajador explotado por otros. Como el cascarón vacío de una marca, sostenida sólo por un discurso triunfador, la persona se convierte en una tendencia a la que se tiene que imitar. Cree que vive en una sociedad libre, llena de oportunidades por aprovechar, cuando, en realidad, sólo responde a un algoritmo que le ofrece, en diferente orden, una serie de opciones que aguijonean su emocionalidad, su deseo de ser triunfador. Por eso responde muy bien a los mecanismos de las redes sociales pues, a través de ellas, construye un personaje que supera su círculo íntimo y lo exhibe en una suerte de vitrina para que la gente lo admire. Se graba haciendo ejercicio, llegando a la cumbre de una montaña, participando en fiestas con otras personas prósperas y repitiendo que no hay resultados sin trabajo duro. Cada selfie compartida lo acerca más a los modelos que le han vendido con eficiencia: artistas exitosos, leyendas del deporte, millonarios o emprendedores que le dicen cómo dominar al mundo empezando de cero. Esa aparente libertad, esa combustión que intoxica, lleva a la persona a expandir sus límites y a exigirse siempre más con la idea de que está a punto de llegar a la meta. “Cero excusas. Sólo resultados”, proclama Pepe Galván, uno de los emprendedores que llenan la red con sus promesas. En el más puro estilo conductista vende en su página una pulsera para mantener motivado al buscador de éxito. Una agenda le obliga a apuntar desde las 6 de la mañana hasta las 9 de la noche cada una de las acciones que lo llevarán a ganar millones. Si en el mercado laboral tradicional por lo menos hay un día de descanso, el aspirante a emprendedor tiene todos los días del año para lograr momentos memorables, metas cumplidas y “ser mejor que ayer”. Con la pila a tope y el acelerador a fondo, él se convierte en su propio capataz porque no se puede permitir el fracaso. Esa palabra, en el mundo del optimismo, está prohibida.    

El filósofo Byung-Chul Han habla en su libro La sociedad del cansancio (Herder, 2da edición 2017) de un “exceso de positividad”. La filosofía optimista, como parte fundamental del capitalismo reciente, siempre te obliga a hacer algo, a estar en movimiento y nunca detenerte. “Hay que salir de la zona de confort” dicen para que no se piense que se ha llegado a la cumbre. El combustible que nutre esas acciones es un mundo emocional que desprecia la razón y que, incluso, la condena como algo “negativo”. Hay un concepto interesante que emplea Byung-Chul Han: la inmunidad. Si, en el pasado, había un límite preciso para dejar fuera al enemigo, ahora el sistema inmune social acoge cualquier práctica del mundo global: lo extraño ha desaparecido y estamos en un territorio homogéneo. La lucha por imponer un sistema en la Guerra Fría desembocó en un mundo unipolar, obediente del libre mercado. Lo dañino que intenta vulnerar nuestras murallas caracterizado, a través del tiempo, de distintas formas, terminó asimilándose a lo dominante hasta limar casi todas las diferencias. Lo que antes se negaba o se oponía se convierte en una reafirmación. De esta forma, sin un enemigo plausible e identificable, se multiplicó lo idéntico. Por esta razón, el pensamiento positivo –vendido con distintas apariencias para ofrecer la ilusión de libertad y de capacidad de decisión–es, en realidad, un nuevo totalitarismo. Identificamos ese concepto con los regímenes del ya lejano siglo XX profetizados en distopías como la que imagina George Orwell en su novela 1984. Sin embargo, el autor británico nunca previó que el Gran Hermano no sería un ente externo sino un elemento que, con una apariencia positiva, se introduce en la persona hasta volverse parte de ella. Vigilante y vigilado se funden en una misma mente. Entonces, sin amo ante el cual rebelarse, la única opción para el inconforme es el silencio y la inacción. Lo radical, como profetizó Bartebly, el héroe-antihéroe de Herman Melville, es decir “preferiría no hacerlo”. Ese gesto, por supuesto, se combate. Lo diferente se paga con el aislamiento

Byung-Chul Han

El pensamiento positivo requiere que todo se integre, cualquier comportamiento fuera de esa norma es motivo de sospecha. Si Jeremy Bentham ideó el panóptico como el modelo perfecto de cárcel dentro de una sociedad disciplinaria, un modelo –retomado después por Michel Foucault– en el que el preso es observado en todo momento sin que se dé cuenta, la sociedad de la autosatisfacción sin límites necesita que el individuo siempre quiera más por su propia cuenta, sin necesidad de carceleros, hasta llegar al límite físico y mental. El burnout o estrés laboral –la enfermedad de nuestros tiempos junto con la depresión– es paliado con estrategias de coaching que refuerzan la dependencia de la persona a la misma serie de estímulos intangibles que la llevaron al colapso: actitud, disciplina, sacrificio, empatía acrítica, optimismo a prueba de cualquier hecho. Si la cocaína –el estimulante más representativo de la hiperproductividad de finales del siglo XX– crea dependencia por la interacción química que realiza con quien la consume, el pensamiento positivo crea su adicción gracias a que lucra con la emotividad y las esperanzas en momentos de crisis. En medio del vacío de nuestra época, las personas buscan remedios imaginarios para ser aceptadas y significar algo en medio de una maquinaria que reduce al individuo a una serie de decisiones intrascendentes y efímeras. El consumo, en este caso, es enfermedad y cura. Por eso el camino del pensamiento positivo es circular e imita la obsolescencia percibida de cualquier producto: en el mercado de satisfacciones siempre hay algo más innovador para consumir y tratar de saciar expectativas que, por su naturaleza, son insaciables. Y por eso los buscadores del éxito siguen negando una realidad que los desestabiliza y regresan a los discursos confortables, suavemente aleccionadores, a los espacios diseñados para calmar su ansiedad en un entorno volátil y lleno de riesgos. Una vez recuperados, aunque sea a medias, se lanzan al ruedo del éxito profesional y del rendimiento. El optimismo es tan ubicuo que, incluso, sus componentes coercitivos se insertan en sistemas que parecen muy lejanos al capitalismo en el que ha prosperado y echado raíces. En la primera novela de Milan Kundera, La broma, publicada en 1967, se cuenta la historia de Ludvik Jahn, un universitario perteneciente al Partido Comunista de Checoslovaquia. El joven escribe en una postal, sin saber los problemas que le acarreará: “El optimismo es el opio del pueblo. El espíritu sano hiede a idiotez”. A partir de ese dicho en apariencia inocente, el joven vivirá una persecución por parte del sistema. Disentir en un sistema totalitario es casi una condena de muerte. La risa –como se muestra en la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco– es una crítica a lo uniforme, una manera de cuestionar un poder monolítico y por eso debe prohibirse. En el capitalismo actual, un modelo que promueve una supuesta libertad para llegar al éxito, un ecosistema que no tiene límites para los emprendedores, apartarse de la dictadura del optimismo equivale a un exilio parecido al que sufren los disidentes de cualquier dictadura. No es, por supuesto, un exilio físico. Las cárceles de la modernidad actual no tienen paredes y el aislamiento se vive en silencio.

 

Alejandro Badillo, es escritor y crítico literario. Es autor de Ella sigue dormida, Tolvaneras, Vidas volátiles, La mujer de los macacos, La Herrumbre y las Huellas. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Ha sido reconocido con el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela. Su Twitter es @alebadilloc

 

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Posted: May 12, 2020 at 8:22 am

There is 1 comment for this article
  1. Eleonora at 1:30 pm

    Excelente y más qué interesante, es la realidad palpitante de nuestra actualidad. Gracias muy enriquecedor.

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