Fiction
Ellos

Ellos

Ana E. Amaré

George

Llevábamos más de una hora en el auto cuando dimos vuelta hacia un camino de terracería. Al final había un amplio espacio que supuse era el estacionamiento. Estaba vacío. Si por mi fuera, con darles un cheque de regalo habría sido suficiente, pero Heather insistió. Prefería estar en cualquier otro lugar, como en el estadio de béisbol, por ejemplo. Tenía boletos para esa noche, pero terminé regalándoselos a uno de los ingenieros que trabajan conmigo.

–¿Estás segura que es a las 5:30? –le pregunté a Heather. Ella sacó la invitación de su bolsa y dijo que estábamos en el lugar correcto según Google Maps: Wedding ranch, en el condado de Montgomery, Texas. La hora también era la correcta.

–Es por ahí –dijo y vi el letrero de madera con letras blancas que decía: “Happily Ever After Starts Here!”, el cual señalaba hacia un sendero empedrado. Se me hacía extraño no ver más autos, consulté el reloj y ya eran las 5:20.

–¿A quién se le ocurre casarse en el trasero del mundo? –dije.

–Me imagino que buscaron las opciones más económicas y encontraron este lugar –contestó ella, abriendo el espejo de la visera para pintarse los labios.

–¿A quién se le ocurre casarse en el trasero del mundo? –dije.

–Me imagino que buscaron las opciones más económicas y encontraron este lugar –contestó ella, abriendo el espejo de la visera para pintarse los labios.

–No la despiertes todavía –le dije, –esperemos aquí a que llegue más gente.

Pero como si yo fuera invisible o ella sorda, dio unas palmadas sobre la pierna de Maddy y la despertó.

–Cariño, ya llegamos, es hora de cambiarte.

Bajamos del auto y de inmediato sentí el bochorno y la humedad.

–Me parece increíble que estemos a 92 grados, y ellos decidan casarse al aire libre.

–Solo la ceremonia, George; por Dios, ¡no empieces otra vez! –respondió y yo guardé silencio. Cuando estás casado con una abogada litigante como ella, a veces es mejor callar.

¿Sería seguro este lugar? ¡Cómo no bajé la pistola!, me arrepentí, siguiendo a mi mujer y a mi hija hacia el sendero empedrado. Caminamos sin hablar y de pronto topamos con una cabaña estilo tejana. Entramos en lo que parecía ser el lugar donde se llevaría a cabo la fiesta. ¡Bendito aire acondicionado!, pensé. Tres personas acomodaban mesas y sillas y colocaban manteles. Heather habló en español con una de ellas y luego se dirigió hacia los baños con Maddy y el vestido. Era mi oportunidad de regresar al auto.

El estacionamiento seguía vacío. Me aseguré de que no viniera nadie, abrí la puerta y saqué el arma de la guantera. La escondí atrás, entre la cintura y el pantalón, cubierta por mi saco.

Uno nunca sabe.

 

Heather

Cuando bajamos del auto, nos dirigimos los tres por un camino empedrado flanqueado por árboles de magnolia. Menos mal que George no empezó otra vez con su cantaleta de quejas como la noche anterior.

¡Que ya te dije que sí, que la ceremonia va a ser afuera!  Que no, que no sé si es de saco y corbata, pero Alicia me dijo que fuéramos de coctel, así que pienso que saco y corbata es lo más apropiado, pero vístete como quieras. ¿Qué si vamos a ser los únicos que no somos mexicanos? Carajo, George, ya te dije mil veces que son guatemaltecos, ¡no mexicanos! Que sí, que ya sé que no vamos a conocer a nadie ni vas a entender nada, pero por favor no les llames ilegales; se les dice in-do-cu-men-ta-dos y además ni siquiera sabemos si lo son. Y por último, que no, que no es suficiente con darles un cheque. ¡Tenemos que ir! Por favor ya no me lo vuelvas a preguntar.

Me sorprendía cuánto había cambiado George. A un año de las elecciones me seguía pareciendo mentira que hubiese votado por ese magnate insoportable de cabellera naranja.

Me sorprendía cuánto había cambiado George. A un año de las elecciones me seguía pareciendo mentira que hubiese votado por ese magnate insoportable de cabellera naranja.

¡Por supuesto que teníamos que ir! Alicia había sido nana de Madison desde que tenía dos meses de nacida, desde que yo regresé a trabajar al despacho. Y no solo era la nana, también la hacía de chofer, cocinera y enfermera. Iba al supermercado, a la tintorería y se encargaba de la limpieza de la casa. La habíamos llevado de viaje con nosotros en varias ocasiones. Incluso, a sugerencia de George, la apoyábamos para que estudiara inglés. Pero sobre todo, Alicia nos había pedido que Madison llevara los anillos. ¿Cómo íbamos a fallar?

–¡Qué lugar más bonito! –dijo Madison, cuando entramos a una cabaña donde dos hombres ponían platos y cubiertos sobre unos manteles plateados, mientras una mujer joven colocaba arreglos de rosas blancas al centro de cada mesa.

–Disculpe, ¿está un baño aquí? –le pregunté a la mujer, insegura de haberlo dicho bien y de mi pronunciación. Ella me sonrió y me señaló hacia el fondo. Me sentí orgullosa de darme a entender. Se lo debía en un cincuenta por ciento a la maestra de español que tuve en high school y en otro cincuenta por ciento a poder practicarlo con Alicia desde hace seis años. Luego le pregunté si sabía donde sería la boda, y me explicó que saliendo por la puerta hacia el jardín, encontraríamos un camino que nos llevaría hacia el lugar de la ceremonia, en la “palapa”, fue como ella la llamó.   

–Muchas gracias –dije, tomando a mi hija de la mano y dirigiéndome al baño con su vestido. George se quedó ahí, observando los animales disecados que parecían estar supervisando todo desde arriba.

 

George

Me apresuré a volver a la cabaña. Abrí la puerta despacio para asegurarme que Heather y mi hija aún no habían salido del baño. Mientras esperaba, analicé el lugar. Me había imaginado que la boda sería en un lugar más estilo mexicano. Las cabezas de venado me hicieron añorar mi rancho, ahora en verano es impensable ir de cacería. Me asomé a la barra para ver qué tipo de alcohol iban a servir. No vi ni una botella de cerveza, ni siquiera una de tequila. Quizás la bebida llegaría después. Entonces escuché la vocecita de Maddy y me alejé de la barra, fingiendo que observaba las estrellas, las botas y las herraduras de caballo de acero oxidado que adornaban las paredes.

–Cariño, te ves hermosa –le dije cuando la vi con su vestido blanco y una corona de flores en la cabeza.

–La ceremonia es por acá –dijo mi esposa señalando la salida cerca de los baños. Salimos los tres hacia un amplio jardín y tomamos otro sendero con Maddy de la mano.

–Heather, en ese salón no vi ningún tipo de alcohol. Ni cervezas, ni vino, ni copas sobre las mesas.

–Creo que no va a haber alcohol. Ellos son cristianos –me contestó, como si nada.

–¿Y eso qué? Nosotros también somos cristianos.

–Si pero ellos son muy estrictos.  Son cristianos evangelistas y su religión no les permite beber.   

–¿Es una puta broma? –exclamé, deteniéndome en seco.

–¡George! ¡La niña! –me dijo con ese tono que usa cada vez que se me escapa una mala palabra frente a Maddy. –No te vas a morir por un día sin cerveza –añadió.

¿A quién se le ocurre hacer una boda sin alcohol? Por más cristianos y estrictos que fueran, eso es una falta de consideración. No, no me iba a morir sin tomar, pero al menos podría relajarme. Visualicé las cervezas heladas que podría estar disfrutando en el estadio.

 

Heather

El camino nos llevó sobre un puente de madera que cruzaba un pequeño estanque y terminaba en un espacio circular cubierto con un techo de palma en forma de cono, recargado sobre cuatro columnas cilíndricas pintadas de blanco. Una pequeña mesa con una vela y un arreglo de flores servían de altar. Filas de sillas de metal unidas por una tira de tul rosa, vacías en ese momento, ocupaban el piso de cemento bajo la sombra del techo.  A un lado, detrás de una mesa, con una computadora portátil y aparatos de sonido, estaba un hombre de estatura baja, pelo negro engominado y piel morena. 

–Buenas tardes, ¿está aquí la boda de Alicia y Luis? –dije, dudosa otra vez entre cuál verbo debía usar, ser o estar.

–Sí, sí aquí es. Pasen por favor –dijo, acercándose a estrechar nuestra mano. George y yo miramos nuestros relojes. Eran las 5:35. 

–¿Dónde están todos? ¿Qué te dijo ese hombre? –me preguntó extrañado.

–Es primo del novio. Me aseguró que no tardan en llegar los demás.

–¡Qué locura! Si no aparece nadie para las seis, nos vamos –afirmó.

Después de tomar asiento en una fila ni muy adelante ni muy atrás, fuimos testigos de que el primo, que actuaba como DJ, comprobó que los micrófonos y las bocinas funcionaban.

La “palapa” poco a poco se fue llenando de hombres, mujeres y niños. Los hombres, que podrían ser hermanos o tíos del DJ, eran todos muy parecidos. La mayoría vestía de camisa de manga corta y corbata, muy pocos llevaban saco. Y las mujeres igual, podrían ser hermanas o tías de Alicia. Las que se veían de mayor edad usaban hermosos trajes con bordados de flores de colores que parecían hechos a mano. Pero las demás iban como yo, de vestido de coctel. Algunas llevaban bolsas de marca, de Michael Kors, Coach o Kate Spade, pero de temporadas pasadas, como las que venden mis vecinas en sus ventas de garage.

Para cuando se llenó el lugar, George parecía camarón hirviendo en una olla de agua. Le insistí varias veces que se quitara el saco, pero no me hizo caso. Yo no quería ni imaginar cómo la humedad había ido descomponiendo mi peinado.

Todos, sin excepción, entraban y miraban curiosos al trío de piel blanca, cabello rubio y ojos azules que conformábamos George, Madison y yo. Como si fuéramos una familia de esquimales en la playa tomando el sol.

Todos, sin excepción, entraban y miraban curiosos al trío de piel blanca, cabello rubio y ojos azules que conformábamos George, Madison y yo. Como si fuéramos una familia de esquimales en la playa tomando el sol.

–Mami, mira ¡Alicia! –exclamó Madison volteando hacia el puente de madera y viendo a su nana en un vestido blanco de encaje, chaquiras y perlas, y la cabeza enmarcada por una diadema de rosas. Un velo de tul blanco cubría las facciones de su cara.

–¡Parece una princesa! –dijo mi hija.

En ese momento, una mujer mayor, de las que iba vestida de traje tradicional, se acercó a nosotros.

–¿Mises Jeder? Soy Estela, la madrina de Alicia. Gracias por venir.

–Mucho gusto señora Estela –le contesté, poniéndome de pie.

–¿Me puedo llevar a la niña? Está por empezar la ceremonia.

–Sí claro – contesté, señalando a Madison que fuera con esa señora.

–Te ves muy bonita Maddy –oí que le decía mientras se alejaban las dos. Sonreí cuando la escuché contestar en español, con una pronunciación mucho mejor que la mía.

Luis, el novio, debió de haber entrado cuando yo hablaba con la señora porque cuando volví a sentarme, lo vi parado con otro hombre frente al altar. Vestía un traje gris claro, una camisa blanca y una corbata de moño rosa que hacía juego con una banda que rodeaba su cintura. Un par de rosas blancas adornaban la solapa de su saco.

 

George

Según mis cálculos llegaron por fin cerca de setenta invitados y nada más de verlos podría apostar que ninguno de ellos tenía papeles. Me tranquilizaba sentir el bulto metálico recargado contra mi espalda. Alicia y su novio me parecían inofensivos, pero no ponía las manos en el fuego por ninguno de los ahí presentes.

–¿No me dijiste que a sus papás los asesinaron en Guatemala? –le pregunté a Heather en voz baja cuando vi al novio de Alicia y a otro hombre parados junto al altar.

–No, no es su papá. Ha de ser el ministro.

–Pero no viste túnica de sacerdote.

–Es que es un ministro, no un sacerdote.

–Bueno, pues ojalá que los ministros hablen menos que los sacerdotes –dije, secándome una vez más el sudor de la frente con el pañuelo–. Y por Dios, ¡que empiece esto ya de una vez!

Enseguida se escuchó una de esas típicas melodías de boda. Todos nos pusimos de pie y en ese momento sentí que Heather y yo protagonizábamos una escena de Gulliver en el país de los enanos.

–¿Porqué serán tan pequeños? –le pregunté al oído.

–No sé, tal vez sus orígenes mayas –contestó.

–¿Mayas? ¿No dijiste que no son mexicanos? –dije confundido.

–Mira, ya viene Madison –dijo Heather, ignorando mi pregunta. –Tómale fotos y yo tomo video –me propuso.

–Si, pero por favor no las subas a Facebook ni las compartas con nadie. En serio, Heather –le dije.

Entonces ocurrió lo mejor de todo el día. La niña más hermosa desfiló por el pasillo, caminando despacio y muy derecha, sonriendo a los invitados de un lado y del otro. Cuando pasó a nuestro lado nos sonrió y yo sentí que me derretía un poco más.

 

Heather

Cuando Madison llegó hasta donde esperaba Luis, Alicia empezó a desfilar.  Se me puso la piel de gallina de ver que nadie la escoltaba hacia el altar. Como si entrando sola, le diera a su padre el lugar que le correspondía. Recordé el día que llegó al trabajo con los ojos rojos e hinchados porque a sus padres les habían negado la visa de turista para viajar a Estados Unidos. De nuevo al verla desfilar, sentí un nudo en la garganta imaginando que yo no pudiera estar con Madison el día de su boda.

El ministro, quién también parecía estarse derritiendo bajo el sol que le pegaba justo en la espalda, ofreció un breve discurso. Yo me esforzaba por tratar de entenderlo, y hubo al menos una cosa que comprendí bien clara y que se quedó rondando en mi cabeza:

–Una mujer debe respetar a su esposo y un hombre debe amar a su esposa. La esposa no puede reclamar al hombre si no actúa como debe. Cada uno rendirá cuentas a Dios cuando sea llamado a Su presencia.

Pensé en George llegando al cielo y, parado frente a Dios, rindiéndole cuentas por haber votado por ese intento lamentable de ser humano. Me vino a la mente la conversación que tuvimos poco después de las elecciones.

–Podemos conseguir a alguien que sí tenga papeles –me había dicho– como lo hacen muchos. Tengo amigos que contratan a una agencia que se encarga de verificar que sus nanas tengan autorización para trabajar. Nosotros debemos hacer lo mismo.

–¿Estás bromeando verdad? –le dije.

–Tú eres abogada, ¿no te preocupa que estemos haciendo algo en contra de la ley? –preguntó.

–Esa ley de la que hablas, tú ni la entiendes. El sistema está roto y es injusto. ¿Cómo has podido cambiar tanto?  –exclamé furiosa.  Era absurdo. ¿Cómo podía pensar así? Cuando contratamos a Alicia no le dimos importancia a su situación.

Volví al presente cuando vi a Madison pasar al frente a entregar los anillos.

 

George

La ceremonia estuvo aburridísima, yo sin entender nada de lo que decía el ministro. Por fin vi que Maddy pasaba al frente. Al verla ahí, entregando los anillos, dudé si en un futuro sería capaz de despedir a su nana. Si no había seguido insistiendo sobre el tema con Heather, fue en parte por que Alicia al poco tiempo anunció que se iba a casar y en parte por que sabía lo mucho que significaba para Maddy.

Heather cree que todo es culpa de Trump. Se ha vuelto demasiado liberal. El día que anunció que iba a Austin a la marcha de las mujeres, casi me voy de espaldas.

–Quiero ponerle un buen ejemplo a Maddy –fue su argumento. Era ilógico que para ella eso fuera dar un buen ejemplo, mientras que violar la ley en nuestro propio hogar le pareciera aceptable.

Lo que es un hecho es que Heather jamás se ha quejado de que Trump nos bajó los impuestos. Y a mí la idea del muro nunca me pareció descabellada. De lo contrario, los ilegales van a seguir entrando. Además, aunque tuviéramos que pagar los impuestos, el seguro social, y todas las demás prestaciones de una nana “legal”, mi conciencia estaría tranquila de estar cumpliendo con la ley.

Lo que es un hecho es que Heather jamás se ha quejado de que Trump nos bajó los impuestos. Y a mí la idea del muro nunca me pareció descabellada. De lo contrario, los ilegales van a seguir entrando. Además, aunque tuviéramos que pagar los impuestos, el seguro social, y todas las demás prestaciones de una nana “legal”, mi conciencia estaría tranquila de estar cumpliendo con la ley.

No era algo personal contra Alicia.

 

Heather

Poco después de intercambiar anillos, el ministro declaró a los novios marido y mujer. Tomándolo a él del brazo, le dijo la frase esperada:

–Puede besar a la novia.

La ternura con la que Luis tomó la cara de Alicia entre sus manos me conmovió y se me salieron las lágrimas que llevaba reprimiendo toda la ceremonia. Pensé en el día que Alicia lo llevó a la casa para presentárnoslo.

–Me parece un buen candidato, lo apruebo –le había dicho al día siguiente.

–Gracias señora Jeder –había contestado ella, riendo.

Después del beso, acompañados de gritos de ¡Bravo! Y ¡Arriba los novios!, ellos salieron con las manos entrelazadas. Los invitados seguimos sus pasos, cruzando el puente de madera y regresando por el mismo camino hacia la cabaña. En ese momento, el sol descendía en el horizonte y los mosquitos hacían su puntual aparición.

–Heather, cenamos y nos vamos, ¿de acuerdo? –me detuvo George antes de entrar.

–Está bien –contesté.

Nos sentaron en la mesa de honor, cerca de la pista de baile, junto a la señora Estela y su familia. La recepción, aunque sencilla, me hizo pensar que los novios debieron haber gastado todos sus ahorros para poder pagarla.

–Madison, come algo por favor –le insistía yo cuando sirvieron la cena, pero ella estaba más interesada en observar a los niños que pasaban corriendo por nuestra mesa.

–¿Podemos irnos ya? –dijo él, ni un minuto después de que terminamos de cenar.

–George, espera. Solo quiero tomar una foto con los novios –contesté. Justo en ese momento vi que Luis y Alicia se paraban de su mesa y se acercaban a la pista de baile. Madison corrió a abrazar a su nana y yo me volteé con George. –Ven, vamos a felicitarlos, tomamos una foto y después nos vamos.

 

George

¡Qué decepción la cena! Yo esperaba comida mexicana, unos burritos con frijoles, guacamole y arroz, por ejemplo. En cambio, sirvieron pollo con puré de papa y verduras. Además, me urgía una cerveza.

Consulté mi celular. Los Astros iban ganando tres a uno en la cuarta entrada. Había acordado con Heather que en cuanto terminara la cena, nos regresaríamos a Houston. Tal vez todavía alcanzaría a ver el final del partido. Pero cuando por fin le dije que era hora de irnos, ella insistió en que antes tomáramos una última foto de Maddy con los novios.

Cuando nos acercamos a la pista, felicité al novio. Tuve que agacharme para abrazarlo. Después la felicité a ella.

–Gracias por venir, Mister Yorch, y por todo –me dijo.

–Claro, Alicia, si tú eres como de nuestra familia –le dije.

Al terminar de tomarnos la foto, otros invitados se acercaron a felicitar a los novios. En eso, vi que un niño caminaba hacia donde estaba Maddy. Parecía un poco mayor que ella. Se detuvo a su lado y en perfecto inglés, le dijo:

–Hola. Me llamo Rubén, soy primo de Alicia. Tú ¿cómo te llamas?

–Me llamo Madison, pero me dicen Maddy.

–¿Quieres venir a jugar conmigo y mis primos?

Ella volteó a ver a Heather, pidiéndole con los ojos que por favor la dejara ir.

–Claro amor, solo…

–¡Claro que no! –la interrumpí. –¡Nos vamos en este momento! –dije tomando a mi hija de la mano y jalándola conmigo hacia a la puerta.

–Papi, espera. ¿Por qué no podemos quedarnos? –me reclamaba ella, volteando hacía el lugar dónde estaba su madre. 

–Es tarde, princesa, y debemos regresar a casa para que te duermas a buena hora –mentí.

–¿Y mami? –me preguntó.

–La esperaremos en el auto.

Cuando nos subimos al automóvil, encendí el motor. Prendí las luces y vi con alivio que Heather en efecto se dirigía hacia nosotros. Enseguida sintonicé la estación deportiva.

–Los Astros van ganando cinco a dos, Maddy –le dije, mientras discretamente devolvía la pistola a su lugar.

Uno nunca sabe.

Cuando nos subimos al automóvil, encendí el motor. Prendí las luces y vi con alivio que Heather en efecto se dirigía hacia nosotros. Enseguida sintonicé la estación deportiva.

–Los Astros van ganando cinco a dos, Maddy –le dije, mientras discretamente devolvía la pistola a su lugar.

Uno nunca sabe.

 

Heather

Permanecí ahí, como la escultura de hielo que adornaba la mesa del pastel, viendo al niño sin saber qué decir ni qué hacer.

–Gracias, Rubén, pero tenemos que irnos –le dije por fin, girando hacia la mesa para recoger mi bolso y mi celular. No me atreví a voltear a ver si Alicia o alguien más había presenciado la escena. 

Salí de la cabaña y vi que George y Madison estaban ya sobre el camino arbolado que llevaba al estacionamiento. Unas antorchas clavadas de ambos lados alumbraban el camino. Me apresuré para alcanzarlos. Vi que se subían al auto y alcancé a oír el ruido del motor. Cuando abrí la puerta, escuché la voz de mi hija.

–Papi, cuando yo sea grande, me voy a casar aquí con un vestido como el de Alicia –declaró. 

George puso el auto en reversa. Mientras retrocedíamos, el letrero de madera iluminado por la luz brillante de los faros nos despedía:

“Happily Ever After Starts Here…”

 

Ana Escalona Amaré es mexicana de origen, reside en Estados Unidos desde 1998. En 2016 publicó el libro Breathing Life: la campaña de Nat (CreateSpace) y se unió a los talleres de escritura creativa de Literal Magazine donde participó en la antología Dime si no has querido (Literal Publishing, 2018). Su formación académica es en economía y finanzas, pero movida por su interés de servir a la comunidad inmigrante, actualmente estudia la maestría en trabajo social de la Universidad de Houston. Su twitter es @anaescalona.

 

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Posted: September 11, 2020 at 9:47 am

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