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HASTA NO VER
COLUMN/COLUMNA

HASTA NO VER

Ana García Bergua

Los ojos vieron la foto del hombre en un restaurant de playa. A últimas fechas, en todas las fotos hay tragedia. En algunos lugares decían que estaba arriesgándose, dada su responsabilidad, desoyendo sus propios consejos. Pero aquel a quien debemos creer sin chistar afirmaba que sólo tomó un merecido descanso; él mismo dijo que fue cuidadoso, el largo trayecto fue tan corto como una simple visita familiar. Los ojos sólo ven al hombre feliz, despreocupado, en aquellas mesas con bebidas, el mar de fondo. Sobre todo despreocupado. Cómo quisieran descansar, los ojos, ir a la playa. A ultimas fechas dudan de lo que ven. Si debajo de la foto dijera, por ejemplo, “turistas japoneses transformados mediante costosas cirugías que los hacen parecer mexicanos, burlándose de funcionarios en pandemia”, o bien “osos grizzli disfrazados de humanos tratando de sobrevivir al cambio climático tomando cervezas y refrescos”, quizá la mente no lo creería, pero los ojos habrían hecho un esfuerzo para distinguir las cicatrices de las cirugías o el cierre de los disfraces.

A los ojos se les exige mucha interpretación, últimamente. Una rosa ya no es una rosa ni una rosa. En las reuniones por computadora, por ejemplo, ya sean de trabajo o de simple amistad, los ojos son ahora los dedos que tocan y las narices que huelen, los que sienten el calor y el frío que despiden las personas.  Los ojos dan abrazos o eluden la cercanía, buscan signos animales, descifran rostros y palabras. Afuera, con las mascarillas, los ojos sonríen o se abren sorprendidos, se cierran de pesar para mostrar todo lo que la boca y los pómulos por fuerza ocultan. Cargan demasiadas  responsabilidades. Los ojos están ya cansados, les lastima mucho la luz. En la noche, tendidos en la cama, descansan al cerrarse y se deleitan con las manchas de colores que ven en la oscuridad. Las manchas tienen un nombre bonito, fosfenos: estallan como las placas de los fotógrafos antiguos que se ocultaban bajo una tela negra. Hay un misterio en aquellas luces que al parecer surgen del interior: noches en que adquieren matices hermosísimos –azules, verdes brillantes, púrpuras y rojos que tiran al marrón. En otras los colores son sucios, vagos, vagamente cotidianos. Los ojos imaginan que las manchas son lo que les queda adentro después de tanta luz, de mirar tantas imágenes; residuos como los papeles tirados en la calles después del carnaval.

Tanto les gustan los colores a los ojos que hasta disfrutan el velo de las gotas amarillas y la luz azul del oculista cuando los escudriña: ojos con anestesia, ojos con la pupila dilatada que al salir ven el mundo como rodeado de un velo blancuzco, como en algunas películas de David Lynch. Una realidad borrosa, difuminada, gracias a la cual reciben un tratamiento que les permitirá ver todo más claro: la córnea recuperará su lisura y la luz llegará en un haz puro, no como ese rebote de luces que atonta a los ojos y a su dueña, asegura el médico. Los ojos se alegran; ese brote y rebote de la luz en ellos ha sido muy agresivo en los últimos días. Las imágenes llegan a ellos de maneras descontroladas, como en un bombardeo descontrolado, especialmente la tarde en que una turba de personas disfrazadas como niños que se escaparon de una fiesta salvaje irrumpe en el Capitolio, inspirados por aquel aspirante a rey de color naranja al que también creen sin chistar. Sus trajes se parecían a los villanos de Batman e incluso uno de ellos iba vestido de Batman. Los ojos están muy sorprendidos: si la foto del hombre en la playa tenía algo desconcertante, estas son como un enigma muy particular. Por ejemplo, el hombre con traje de pieles, si no es que de peluche, cuernos en la  cabeza, pintura en la cara y un enigmático gafete  colgado en el pecho: he ahí la rebelión de los osos grizzli, piensan los ojos. Después se imaginan que son los ojos del hombre, esos que lo mirarían en el espejo aquel día tremendo y quizá le dijeron: qué bien te ves con ese traje, pareces un héroe, una criatura admirable y destinada a grandes cosas; tu traje es bellísimo y muy elegante. Y allá fue el hombre de los cuernos, sintiéndose el más hermoso, a romper todo lo que no entiende, como quienes lo acompañaron con sus disfraces. ¿Osos disfrazados de personas disfrazadas? Los ojos leen lo que personas en apariencia razonable llegan a decir: los atacantes eran del bando opuesto, quisieron hacerlos quedar mal. Eran seres disfrazados de seres disfrazados. Una rosa es una rosa enroscada en sí misma. Los ojos no ven pero los corazones sienten cosas cada vez más extrañas. O bien, los corazones no entienden nada.

Los ojos ya no saben qué edad tienen ni qué edad tiene la humanidad. Los ojos ven imágenes pero ya no deducen la historia. Bastante tienen con oler, tocar, sentir, abrazar, sonreír o hacer gestos, todos los días, de tiempo completo. Los ojos tienen que ver más al cielo, dice el médico, por lo menos una vez cada hora: mirar lo más lejos que puedan, dice, allá donde sale o se oculta el sol, allá donde termina el oxígeno y comienza la galaxia. La galaxia de nuestra pequeñez, piensan los ojos. Ya no es verdad aquello de “hasta no ver, no creer”, quizá nunca lo fue. Demasiada fe en los ojos o, de plano, demasiada fe. Aquella noche, los ojos se preguntaron cómo serían las manchas de colores, pero no lograron ver nada más que una bruma amarillenta, blancuzca, como de película de David Lynch.

 

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos. Twitter: @BerguaAna

 

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Posted: January 11, 2021 at 9:39 pm

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