Essay
La crónica de los cronistas
COLUMN/COLUMNA

La crónica de los cronistas

Gabriela Polit

Cuando se invita a una escritora o a un escritor de ficción a hablar de sus libros, el diálogo suele derrapar hacia las preguntas más íntimas: experiencias definitorias, traumáticas, lecturas tempranas, anécdotas personales, como si quien pregunta quisiera asomar las narices a la incidencia de lo biográfico en la obra. Encontrar en la vida de la autora o el autor claves que permitan dilucidar, imaginar, inventar incluso, qué parte de la experiencia personal explica o nutre una determinada escena, la temática, marca el tempo, la manera de crear personajes o atmósferas (etc.). Cuando los invitados son escritores y escritoras de no ficción, los diálogos son distintos. Las experiencias personales no tienen tanta importancia porque es la realidad o ‘lo real’ lo que adquiere ese aire de fetiche que lo biográfico suele tener respecto de la ficción.

En la Librería Finestres, maravilloso espacio cultural que Barcelona ofrece con esa generosidad y belleza tan suyas, asistí a un diálogo entre dos grandes. Ella, con su distintiva melena enrulada y oscura, jeans y su permanente top negro; él con su característica cabeza afeitada. Muchas alegrías nos han dado estos dos cronistas que con su teclado desde Buenos Aires, ella: Frutos extraños (2009) Una historia sencilla (2013) (Opus Geiber Retrato de un pianista (2019) La otra guerra, Una historia de un cementerio argentino en las Islas Malvinas (2020) (entre otros); y desde Barcelona, él: La brújula (2006), Australia, un viaje (2008), La piel en La Boca (2008), Librerías (2015) (también entre otros), han llenado librerías personales en las ciudades del norte al sur de la América, y en la península. El diálogo fluyó amenamente porque, nos contaron, son amigos desde hace décadas. Compartieron recuerdos de cuando ella estaba por empezar la escritura de su primer libro y no sabía si hacer uso de esa primera persona que, en el periodismo duro en el que se curtió como profesional, sonaba a herejía. Se habían conocido hacía poco en Buenos Aires, y se le ocurrió a ella preguntárselo y él la animó a que lo hiciera. Los suicidas del fin del mundo (2006) está narrada, como muchas de las mejores crónicas, desde esa maravillosa herramienta gramatical que es el yo (la gramática es física, dicen).

En el intercambio no hubo preguntas biográficas, ni si quiera se habló de las lecturas que nutren sus lenguajes. Fue más bien un despliegue a dos voces de escenas de la vida cotidiana, eso con lo que se lidia, lo que se administra para lograr las horas de escritura. En el diálogo ante un nutrido público salieron a la luz algunos códigos, algunas formas distintas de cifrar la puesta en escena de lo que es ser un cronista varón y una cronista mujer en el mundo de hoy.

Él habló de sus viajes, de los libros que escribió, acerca lugares lejanos, de las muchas librerías que conoció alrededor del mundo. Después contó que el nacimiento de sus hijos cambió el rumbo de sus intereses. El ser padre le devolvió la mirada hacia lo más cercano y hacia los rincones escondidos de su cuidad: descubrió los pasajes que surcan Barcelona como tesoros a la vista de todos, escribió Barcelona, libro de los pasajes (2017). Habló de que ahora los temas que elige son aquellos que le han permitido escribir desde su propia geografía, sin la necesidad de trasladarse: Contra Amazon (2019), Lo viral (2020). Reflexionó acerca del tiempo ínitimo, de las rutinas impuestas por la paternidad, de las nuevas demandas que ser padre le ha significado y de cómo ese nuevo rol en la vida modificó su escritura.

Ella, por el contrario, habló de su necesidad física de salir a correr todos los días; de las rutinas estrictas que su propia relación con el oficio le impone al momento de escribir. Confesó de manera tajante que jamás se imaginó ser madre, segura de que habría sido un desastre en ese oficio porque no está hecha para cuidar de nadie. Dijo que incluso a sus gatos, a quienes algo consiente cuando no escribe, les pone muy poca atención cuando entra en espacio-tiempo de escritura. Habló de la “desesperación del empeño”, como característica de su relación con el trabajo e hizo una división casi matemática del tiempo que le lleva un libro: unos cuatro meses de investigación (entrevistas, trabajo de campo), dos de transcripción, y cuatro de escritura. “Yo no invento nada” aseguró enfática. Por eso, en ese último tramo de trabajo –la escritura– no necesita sino encerrarse a escribir. No sale, no se ve con amigos, no cocina, no contesta el teléfono, interactúa lo menos posible con el mundo. Con bastante sentido del humor respecto a sus propios hábitos, confesó que no es algo de lo que disfruta, sino que lo sufre y recomendó de manera enfática no tomar el suyo como ejemplo a seguir.

Hacía años la había visto en escena, en una reunión de la Fundación Gabo en Medellín, cuando todavía no era quien es; no tenía una columna en El País, ni era parte del Comité Ejecutivo de la Fundación. La misma melena, el top negro, la misma gravedad, los mismos hábitos, pero sin el sentido del humor, sin la soltura y la seguridad que le han dado el lugar que ocupa en el campo de la crónica o la escritura de no ficción. Esos logros han suavizado la puesta en escena de su persona cronista y la han hecho más divertida.

Fue una noche alegre en Finestres, donde el intercambio entre estas figuras grandes de la crónica se desempacó de una manera distinta. Mientras él puso el tema de lo doméstico y explicó la transformación de su escritura a partir de las demandas de la paternidad, el cuidado y lo íntimo, ella habló del deporte, de su incapacidad de cuidad de otros y de su necesidad de volverse ermitaña al momento de escribir. Se trastocaron potestades tradicionalmente entendidas como exclusivas de lo masculino y de lo femenino.

Al escucharlos, no pude dejar de pensar en algunas cosas. Recordé mi primer trabajo en la academia. El año de estreno en el que mis hijos eran muy pequeños, el más chico todavía amamantaba y el otro tenía un poco menos de dos años. Yo llegaba a mi trabajo con el cuerpo destrozado, los ojos rojos y hundidos como los de una zombi. Entonces, jamás se me habría ocurrido explicar mi cansancio como resultado de mis malas noches y de las infames madrugadas que me daban la lactancia y el mal dormir de mis hijos. Esa intimidad era responsabilidad mía, como asunto mío era resolver lo del cansancio de ser mamá. Era algo que debía hacerlo en privado. Jamás se me habría ocurrido hablar de ello en espacios de mi vida profesional porque habría sido una suerte de harakiri. ¿Cómo explicarlo? Era como firmar la sentencia de que mi condición de madre no me iba a permitir ser buena en lo que había decidido trabajar.

La segunda, es el manifiesto de Mary Beard Women and Power (2018), en él la inglesa dice –en sus palabras que suenan mejor que mi parafraseo– que las mujeres que han alcanzado un lugar sobresaliente en su oficio y detentan algún poder, suelen tener las formas de comportamiento público de quienes históricamente han dominado ese espacio. Ese modelo es masculino. Beard nos insta a pensarlo como eso, solo parte de un repertorio.

Escribo esto mientras leo la última novela de Alejandro Zambra, Literatura infantil (Anagrama, 2023) en la que el escritor chileno nos cuenta de manera amorosa y literariamente muy rica, las experiencias de ese amor físico y primordial que se tiene por los hijos cuando nacen y se vuelven personas en sus primeros años de vida. Pienso que cuando los varones exponen su lado afectivo de la paternidad ante el público, ese lado emotivo y vulnerable no aparece como una amenaza a su lado profesional, por el contrario, lo complementa. Las luchas feministas han dado la posibilidad de que los hombres exploren en público estos ámbitos privados.  También han hecho posible que las mujeres presenten sin tapujos su poca gana de ser madres. O de serlo y hablar de ello y lo que eso implica para su vida profesional, como lo hace Daniela Rea, quien (entre otras cosas) ha convertido hace de su escritura una reflexión acerca de lo que es ser madre en México ejerciendo el oficio de periodista.

Toda escritura, sabemos, es una interpretación. Por eso la literatura, la de ficción y la de no ficción es, ante todo, un universo simbólico. Quienes estuvimos esa noche en Finestres disfrutamos con cierta sorpresa y no poca alegría de una pequeña puesta en escena que muestra que, en todos los ámbitos, aquello que atribuimos como un asunto de lo masculino y lo femenino –y los respectivos valores atribuidos a esas categorías– son inventarios de códigos que, en ciertas circunstancias, pueden cambiar. El asunto es tener la libertar para elegir el modelo que nos permita explicar de mejor manera esa persona que queremos ser al momento de hablar en público de nuestro oficio.

 

(Encuetro entre Leila Guerriero y Jorge Carrión. Librería Finestres – 2023)

 

Gabriela Polit Dueñas es escritora y la autora del libro de cuentos  Amsterdam Avenue (Dislocados, 2017). Como investigadora, publicó por Beatriz Viterbo Editora. Trabajó con María Helena Rueda en un volumen titulado Meanings of Violence in Contemporary Latin America (Palgrave-MacMillan, 2011), y Narrating Narcos, Culiacán and Medellín por la universidad de Pittsburgh. Es profesora de la Universidad de Austin. Su Twitter es @polit_gabriela

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Posted: July 10, 2023 at 8:10 pm

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