Flashback
El universo y el asesino
COLUMN/COLUMNA

El universo y el asesino

Alberto Chimal

Este mes, El Aleph de Jorge Luis Borges cumple 70 años. Con el cuento que le da título y varios otros (incluyendo “El inmortal”, “El Zahir” y “Emma Zunz”, otros tres clásicos de la narrativa breve del siglo XX), el libro fue publicado por primera vez en Buenos Aires, con el sello de la editorial Losada, en junio de 1949.

En la ciudad de México hubo, recientemente, un festival de artes y ciencias con el nombre del libro de Borges, y en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), entre otras actividades, pudo verse la instalación de un proyecto del artista digital David Hirmes: una especie de actualización/homenaje del cuento “El Aleph”.

En el cuento, Aleph es el nombre de un objeto mágico, que está en un lugar preciso del universo pero, a la vez, permite ver todo en el universo, simultáneamente, desde todos los ángulos. El narrador del cuento tiene la oportunidad de contemplar ese objeto y describe así su experiencia:

Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? (…) Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es (…)

(…) vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó (…) vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa (…) vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

La instalación de Hirmes: “El Aleph: Infinita Veneración / Infinita Lástima” ponía en un monitor una mezcla de tuits y textos en línea de dominio público, filtrados y formateados para crear una secuencia de frases que empezaran con la palabra vi, a la manera de la enumeración alucinante de Borges: un “flujo interminable de pasajes descriptivos”, escribe el artista. He aquí un fragmento tomado al azar de la versión web del proyecto:

Vi la contraseña de wifi de un pibe que está en el tren, la contraseña era losargentinossonputos. TE RE CABIO WACHINNNN. Vi un poco la tontería que estaba haciendo. Vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento. Vi ligado a la biforme fiera. Vi que en los ojos del rey había lágrimas y que algunas comenzaban a resbalar por sus mejillas. Vi llover sobre ella tanta alegría, llevada por los santos espíritus, creados para volar por aquella altura, que todo cuanto antes había visto no me había causado tal admiración, ni me había mostrado mayor semejanza con Dios. Vi temer a los infantes yéndose, tras rendirse, de Caprona, al verse ya entre tantos enemigos. Vi que las señoras me lanzaban miradas de indignación. Vi a mi «mujer-niña» sentada en el suelo al lado de la pagoda china haciendo sonar todas las campanitas, unas después de otras. Vi la cara, pero supe que era él por el cuello y el movimiento de su espalda y sus brazos. Vi que con su mucha hacienda y la de su marido haría un bien inmenso en estos lugares, empleándose en obras de caridad. Vi que de nuevo me tendía las manos. Vi también claramente que este novio era aceptado por el General. Vi que nos obligaba a exteriorizar los puntos más débiles de nuestro carácter. Vi mover las mandíbulas, mascando en vacío por efecto del hambre, a Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacentó a muchos revestido con el roquete. Vi que palidecía de pronto. Vi pasar a don Diego y sin aliento llegó. Vi un escrito «Aquí el papa Anastasio está encerrado que Fotino apartó del buen camino.». Vi salir del caldero de las brujas. Vi varias formas oscuras corriendo a ambos lados para cortarme el camino. Vi la decisión, la inquebrantable voluntad de defenderse hasta morir. Vi la entrevista completa a Messi y estoy con ganas de verlo de nuevo ja. Vi una planta de quintos y se me vinieron millones de recuerdos a la cabeza. Vi tendido sobre una losa sepulcral.

“He querido presentar una versión de cómo podría ser el Aleph ahora”, escribe Hirmes también, y el proyecto, efectivamente, ilustra una intuición o lugar común borgesiano de esta época: que internet es el Aleph, el universo entero condensado en un punto, o bien en el espacio virtual, en todas partes y en ninguna.

Sin embargo, esa intuición es errónea.

Cuando empezó a popularizarse el uso de la web en los años noventa, nos sedujo una imagen idealizada de la red: el depósito indestructible, eterno, completo y perpetuamente actualizado del conocimiento humano. El universo, sí, accesible sin fricción y siempre confiable. Es una bella imagen, pero ahora sabemos que no era la verdad y tampoco lo es hoy. Por dar un solo ejemplo, creo que Borges –quien era muy consciente de la diferencia entre la literatura y la experiencia vivida, así como de las formas en que el poder puede manipular a la segunda con herramientas de la primera– se quedaría atónito de ver cómo una parte muy llamativa de los discursos y transmisiones en línea de nuestra época se dedica a supersticiones ridículas, que en el siglo pasado se consideraban definitivamente superadas, y que todos los días son repetidas como a gritos no sólo por sus fieles sino por medios presuntamente objetivos y bien informados, para irritar y atraer la atención de su público.

De igual forma, la red no es “eterna”, no es “indestructible”, no está “completa” ni desprovista de obstáculos –véase el caso de la censura abarcadora y sistemática que lleva a cabo desde hace años el gobierno chino–… y, para acabar pronto, tampoco es un espacio donde sea posible la contemplación perpetua y total del mundo sensible. Ni todas las cámaras del mundo encendidas a la vez y vertidas en una misma pantalla lograrían el truco: además de que ni en el peor estado totalitario sería posible apuntar una lente a absolutamente todo, una acumulación simultánea de millones o billones de imágenes (no digamos del infinito) daría una pantalla en blanco, la saturación total de cada pixel de nuestro monitor.

Más aún, la enumeración creada por Hirmes sólo parece simultánea y sólo parece del mundo. Muchos enunciados provienen de novelas u otros textos de ficción; otros son opiniones, juicios, reflexiones sin mucha relación con ningún paisaje u objeto tangible. De hecho, lo que podemos vislumbrar en ese falso Aleph es, más bien, otro fenómeno todavía mal comprendido que se dio con el auge de internet. Un movimiento hacia dentro: un alejamiento de buena parte de la humanidad de cualquier interacción compartida en (o con) lo real, para sumergirse en experiencias interiores, fragmentadas, subjetivas. Muchos seudoalephs, ensayos de alephs, maquetas de alephs, tan limitados que no saben que lo son, y que suelen volver al exterior únicamente para crear imágenes –fragmentadas, subjetivas– de sí mismos. Selfies cuidadosamente filtradas y recortadas, gameplays ofrecidos por Twitch, conjeturas sobre películas y series, opiniones sin sentido pero con mucha enjundia… La verdad es que no queremos un auténtico Aleph. No sabríamos qué hacer con él. No nos inspiraría veneración ni lástima, porque no podríamos entenderlo siquiera.

Para hacer una relectura presentista de algún cuento del El Aleph: para encontrar un texto en el libro que nos permita reevaluarlo a partir de lo que nos importa ahora, o examinar la certidumbre, tan extendida, de que somos superiores a cualquier época pasada, sería mejor que leyéramos “Deutsches Requiem”, uno de los textos menos comentados de la obra de Borges. Es la historia de un asesino nazi: Otto Dietrich zur Linde, personaje inventado pero que sintetiza a muchas personas reales que sirvieron al régimen de Hitler. Mientras espera, preso, su juicio por crímenes contra la humanidad, Dietrich cuenta su historia y afirma que no está arrepentido por lo que hizo, pues su fin último no era la victoria de un país, sino la de una ideología: una que deja de lado la supervivencia, la comunalidad y hasta el beneficio económico para afirmar el poder por sí mismo, sin que importe lo bestial de sus acciones. “Se cierne ahora sobre el mundo”, dice, “una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia”.

Preguntémonos cuándo es ese ahora del que habla el personaje. Busquemos la respuesta en las pantallas que nos rodean y fingen ser el Aleph.

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

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Posted: June 9, 2019 at 9:18 pm

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