Essay
Entre rueda y Siria
COLUMN/COLUMNA

Entre rueda y Siria

Alberto Chimal

Hace poco, Benj Edwards, un reportero especializado en tecnología, encontró a la última editorial en el mundo (o por lo menos en la lengua inglesa) que todavía publica enciclopedias. Edwards se gastó 1,200 dólares en comprar un juego de sus 22 volúmenes, con información actualizada hasta 2023; con tristeza, su artículo reporta la indiferencia o desprecio de su propia familia, que no siente ninguna estima por semejantes objetos pesados, estorbosos e ineficientes. Los hijos no piensan usarlos. La esposa no quiere ni verlos.

Si no tú, que me lees, la gente más joven a tu alrededor piensa igual que la familia de Benj Edwards. Pero en el siglo pasado las cosas no eran así. Ahora que nadie quiere leer enciclopedias; ahora que hasta los libreros de usado se niegan a recibir las que ya nadie lee, porque nadie más, nunca, va a querer comprarlas; ahora que se supone que lo sabemos todo (¡ja!) gracias a internet, y por lo tanto no hacen falta más de esos libros, me toca contar una historia de aquellos tiempos remotos.

Durante el último par de siglos, y hasta los comienzos de éste, se imprimieron enciclopedias en cantidades apreciables. Se leían. Eran fuentes de datos útiles, fáciles de usar. Podrían describirse ahora como contenedores de información escrita, ordenada, clasificada e impresa siguiendo reglas constantes, frecuentemente acompañada de ilustraciones. Una condensación de la Wikipedia, por así decir (¿notan que incluso el nombre es similar?), hecha en forma de libro o, más frecuentemente, de muchos libros. No eran un archivo de entradas editables y con el potencial de estar perpetuamente actualizadas: la información que ofrecían era estática, y los tópicos que cubría mucho más limitados que los de la plenitud total de la red de hoy, en la que siempre podemos encontrar los memes más recientes y los últimos resultados del futbol. Por otra parte, las enciclopedias tenían una calidad más pareja de redacción y verificación de datos. Su cualidad esencial –pero esto se ve ahora, que ya nadie las quiere– era su intención de ser confiables. Lo lograban con frecuencia: sus siglos de gloria fueron una época en la que se creía en la posibilidad de consensos y en la existencia de una realidad común a todos los seres humanos.

Ustedes pueden investigar más acerca de las enciclopedias en internet y, si son de espíritu aventurero, en libros como Encyclopédie: El triunfo de la razón en tiempos irracionales de Philipp Blom, que es un relato de los orígenes de la primera Enciclopedia, comenzada en 1750 por Denis Diderot y Jean D’Alembert: un proyecto editorial que pretendía ser nada menos que una suma del conocimiento humano hasta aquel momento de la historia. La gran mayoría de las enciclopedias posteriores se propusieron lo mismo.

220 años después de la primera enciclopedia, nací yo, más o menos al mismo tiempo que millones de otras personas en el mundo. Muchas de ellas vivimos todavía; al menos algunas crecimos en entornos donde, si no se apreciaba directamente el conocimiento, se le respetaba como una herramienta de superación, de ascenso social. Así sucedía en la casa de mi mamá. Siempre hubo libreros –primero en un pasillo, antesito de la puerta del baño; luego en el espacio que fue de una pequeña cocina, convertido en estudio familiar–, y en ellos hubo siempre obras de referencia que se entendían como parte del patrimonio de la casa. Eran herramientas de uso frecuente y necesario, en especial para las tareas escolares; gracias a las tareas obteníamos buenas calificaciones, y gracias a las buenas calificaciones avanzábamos hacia una edad adulta productiva y con empleos bien remunerados. Esta era una especie de verdad tan evidente que nadie nos la dijo nunca.

Por supuesto, las crisis económicas en las que mi país sigue hasta hoy acabaron con las aspiraciones de esa antigua clase media mexicana, pero eso no fue culpa de ninguno de aquellos libros. Guardados en su estante, además, enciclopedias, diccionarios, almanaques y demás obras de consulta se veían muy bien: su encuadernación en pasta dura daba a notar su precio, aun si en otros estantes había ediciones en rústica, con cubiertas de cartulina. Eran un símbolo de estatus.

No tuvimos, estrictamente hablando, una enciclopedia. Una invención de entonces, pensada (supongo) para familias como la mía, era el diccionario enciclopédico: una combinación que permitía encontrar definiciones de palabras y artículos sobre temas básicos en una misma serie de tomos o hasta en uno solo, grandote, gordo y más barato. En general, aquel tipo de obras siempre costaba menos, y el estante de referencia de casa tenía como pieza central el Diccionario Enciclopédico Espasa, en su edición de 1979, que se vendía en puestos de revistas y supermercados, un nuevo tomo cada semana. Hasta se anunciaba en la televisión.

No recuerdo haber escuchado a mis mayores decidiéndose por esa obra en lugar de cualquier otra, pero debe haber sido porque parecía más accesible. Un depósito de conocimiento en abonos razonables. Y, la verdad, era muy interesante ver llegar cada volumen, notar el rango de palabras y temas que cubría (A-alfonsina, Alfonsina-Aránzazu, aranzi-Azángaro, ¡tres tomos completos únicamente para la letra A!, azanjar-bolivariano…, y así hasta Vegacervera-zz, un solo tomo para cinco letras) y luego ponerme a revisarlo. Se necesita mucha curiosidad, y tiempo de ocio, para encontrar atractivo el abrir una obra de referencia sin tener un fin inmediato, pero en aquel entonces tenía ambas cosas, y no se enseñaba la necesidad de estar siempre al pendiente de lo último, de la tendencia de la semana o del día. Hasta pude hacerme preguntas acerca del diccionario mismo: la obra era española, de tendencia conservadora (hasta un poco franquista), y enormemente chovinista. ¿Por qué la teníamos que usar también nosotros? El volumen 10, elemí-España, era casi todo una monografía de España, mientras que México ocupaba un espacio muchísimo menor en el tomo 16, Mailín-modular. ¿Teníamos que aceptar la diferencia de valor implícita en la diferencia de tamaño? ¿Por qué el artículo sobre Marx, que era un tema polémico cuando yo estaba en la secundaria, contenía juicios de valor sobre el personaje, que no tenían equivalente en el artículo sobre Adam Smith? Etcétera, etcétera. Si hubiera tenido dónde expresar esas opiniones, y la idea de que era dable expresarlas, tal vez habría llegado más lejos: a preguntarme, por ejemplo, acerca de la validez de la autoridad de las enciclopedias en general, de la posibilidad de sesgos y falseos, de qué tan fácil es destruir la confianza de una comunidad en lo que sabe o cree saber. No creo que eso me hubiera acercado a la indiferencia y el desprecio por cualquier acopio de conocimiento, pero sí me habría llevado un poco antes a pensar en esos temas de hoy.

También es que me distrajo un problema ajeno al mismo diccionario. A la familia le faltó comprar un tomo, uno solo, por lo que la colección quedó incompleta para siempre. Y yo me di cuenta hasta una tarde, de vuelta de la escuela y de mi primera y única lección acerca de educación sexual. “Mucho cuidado con el tema del sexo”, dijo la profesora, y eso fue todo. Para no quedarme con lo que se decía en la televisión, o entre mis compañeros de la escuela (qué experimentados fingían ser todos), fui a buscar la definición de sexo, quizá hasta un buen artículo sobre sexo, en el diccionario enciclopédico…, y no la encontré. Porque el tomo faltante, el 21, rueda-Siria, era donde estaba aquel término misterioso y perverso.

*

Una nota final. Vivir en una sociedad excluyente puede sentirse como estar aprisionado en una casa donde no se es bienvenido. No se puede salir, no se puede participar en lo que ocurre adentro, y todo alrededor es ajeno, todas las puertas están cerradas, todas las caras traen muecas de desprecio. Muchas personas en el mundo pasan sus vidas enteras en esa situación. Yo experimenté algo similar, aunque sólo por unos segundos, hace mucho tiempo, cuando empecé a leer el artículo sobre México en el Diccionario Enciclopédico Espasa… en el cual la palabra se escribe Méjico, y hay un párrafo entero dedicado a por qué se debe escribir así, con jota, a la española, y no como la escriben los mejicanos, esa caterva de ignorantes.

 

-Foto de Clay Banks en Unsplash

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

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Posted: June 16, 2023 at 9:29 am

There are 2 comments for this article
  1. Andrés at 9:36 pm

    Diré una perogrullada: ¿qué les pasa a esos Espasa? Jeje. “Pasa” debería estar en pretérito perfecto, pero a) no hubiera funcionado la rima, y b) no pasó, sigue pasando. Esa caterva de fascistas vive aún en la época de Wikipedia. No sé ahora, no lo he buscado, pero hace unos años recuerdo haber buscado enciclopedias alternativas a Wikipedia y algunas de ellas contenían artículos especializados (eso ha avanzado mucho, pienso, como el caso de las “wikis” de tal o cual sitio en general y más aún en las “fandom”). Una de ellas era una cosa algo así como si toda la basura del mundo, con el discurso chafa de la libertad de expresión en la red, creara su enciclopedia (ahorita existe claramente, pero entonces venía siendo algo a lo que accedía sólo quien lo buscaba directamente y por “lo bajo” de Internet) y entonces toda entrada tenía esas perspectivas racistas-clasistas-colonialistas-eugenésicas, etc. ¿Hemos avanzado?

  2. Pingback: ¿Todavía existen las enciclopedias? – Noches de Vampiros

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