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UNA LIBRERÍA AL AIRE DEL EXILIO

UNA LIBRERÍA AL AIRE DEL EXILIO

Ana García Bergua

Entre hijos y nietos del exilio español republicano cuesta trabajo imaginar cómo pudieron ser aquellas primeras épocas en México, por ahí de los años cuarenta y cincuenta, cuando aquellos que se convertirían en padres y abuelos augustos se encontraban en cafés como islas, todavía náufragos de aquella guerra. Si bien, como dirían el escritor vasco Simón Otaola y el crítico Francisco Pina, su situación no podía compararse a la de los republicanos que permanecían aislados y perseguidos en España, había en ellos la exaltación del sobreviviente, la camaradería de la raíz. Y desde luego, como en todas partes, las pequeñas pullas y los desahogos. En efecto, en este México había una España que no se correspondía con las postales ñoñas del franquismo, ni con los clichés de los toros y las manolas, tampoco con la de los llamados gachupines, los comerciantes españoles avecindados aquí desde antes. Esta España vivía un poco al aire, en las calles de la ciudad de México que recorrían ganándose el pan como se podía, en las tertulias de los cafés, en las que discutían interminablemente de política y literatura, en el Ateneo que fundaron en 1949, un poco más casero, si cabe, que la Casa de España, para seguir reuniéndose, tramando historias y proyectos que durarían vidas enteras.

Hace poco tuve la suerte de participar en la presentación de un facsímil, el de la novela La librería de Arana, del vasco Simón Otaola (quien prefería ser llamado sólo por su apellido), que editó Bonilla Ediciones junto con el Ateneo Español de México. Otaola, el admirador de Ramón Gómez de la Serna, retrataría en sus relatos y novelas ese mundo al que muchos años después el cineasta Raúl Busteros llamó “la república del exilio”. Gracias a La librería de Arana nos podemos hacer una idea de aquel mundo ceceante y variadísimo de gente, lecturas y discusiones. Este libro funge como álbum de retratos, partiendo del que hacer del escritor José Ramón Arana cuya librería se estableció en distintos puntos del centro de la ciudad y que en épocas difíciles recorría, con los libros bajo el brazo, los lugares de los refugiados para ofrecerles sus libros que, cuenta Otaola, pocas ganancias le retribuían. Y de la mano de Arana con sus libros muestra Otaola esta república del exilio, nos deja ver a “a los románticos de la emigración y a los hombres prácticos. A esos que están bien preparados para realizar su agosto en las Américas. Se conoce a esos otros que agonizan nostálgicamente y a esos que velan sus armas con el brillo de la fe en los ojos infatigables.”

En La librería de Arana recorremos muy distintos grupos y tertulias de entonces. Por supuesto, la tertulia del Aquelarre fundada alrededor de una olla de callos a la madrileña, a la que pertenecieron Otaola y Arana, Francisco Pina, Anselmo Carretero, Manuel Bonilla, José de la Colina, Arturo Perucho, entre otros, con su locura exaltada y la colección de libros que de ella surgió. En otros capítulos figurarán León Felipe llegando al café de París, el “abundante” Max Aub –bautizado como Max Aún–, los poetas Pedro Garfias, Ramón Gaya, Juan Rejano, Adolfo Sánchez Vázquez, el pintor Renau, jóvenes poetas como Luis Rius y Tomas Segovia, Álvaro Custodio, Carlos Velo, en fin, escritores, cineastas, pintores que después serían grandes figuras o bien simplemente amigos a los que Otaola conoció en España en otro momento de su vida o en el campo de concentración, en el duro trasiego que culminó en México, y que gracias al índice onomástico podemos ubicar, pues son muchísimos. Casi al final, Otaola dedica un capítulo completo al retrato de un jovencísimo José de la Colina, al que llama “El señor de la Colina”, cuya cultura los deslumbraba, les hacía reír su petulancia juvenil. Es un retrato conmovedor del gran escritor que, por cierto, ilustró algunas partes del libro. Me hizo acordar de sus ilustraciones para El Semanario de Novedades que tanto tiempo dirigió después.

La librería de Arana es un libro profuso en el que Otaola rinde admiración a Ramón Gómez de la Serna dibujando retratos con greguerías, algunas extraordinarias, y a ratos dejándose ganar por el lirismo que ahoga a la greguería pero da cuenta de aquel ambiente exaltado y solidario. Sus trazos son a veces como relámpagos que iluminan de súbito a cada personaje, cada situación, como [Ramón Gaya] camina envuelto en una gasa mística…”; “llegan los ojos redondos, saltones y giratorios de Manuel Bonilla y uno, frente a ellos, piensa: ‘están hechos para expresar el terror de lo que sea’”; “sus mejores blasfemias, entonces, eran blasfemias de abrigo, de señor que con ese abrigo por fuerza tiene que tener razón”, “…el doctor Solares tenía que lamentar la ausencia de una oreja amiga a la que no podía agarrarse para ordeñar los pensamientos detenidos”, etcétera, etcétera. A veces desarrolla anécdotas sabrosísimas a costa de los defectos y las manías de compañeros y contertulios, en otras reproduce conversaciones enteras que borran el tiempo transcurrido; en fin, literalmente es un libro para pasear.

Como esa olla de callos que dio pie al Aquelarre, en La librería de Arana presenciamos el melting pot de la emigración, la olla hirviente en la que otra cultura se incorporaría al gran fresco mexicano, gracias a la generosidad del general Cárdenas y a quienes recibieron aquí el fuego de tantos refugiados. Es también un álbum de familia, un objeto de arte “vario, jugoso y retozante” como lo describe Francisco Pina en el texto de la solapa, con sus capítulos en el desorden de quien va caminando y encontrando amigos, las anécdotas enloquecidas, los dibujos y las fotos que reviven esa época ida. Un visor para quienes venimos de aquel exilio que en México pudo convertirse en fiesta. Y un esbozo imaginario de todos los países que tantos y tantos emigrantes están fundando ahora en otros territorios del mundo, huyendo del hambre, las dictaduras, las guerras, los desastres, en esta época nuestra de eternas migraciones. 

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos. 

 

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Posted: September 23, 2018 at 8:47 pm

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