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El poeta que bebió el resplandor de un faro

El poeta

Pura López Colomé

En el centenario de la muerte de Ramón López Velarde

 

  Bailamos en ronda y suponemos/
y el secreto se sabe, en el centro

Robert Frost

Poesía a ratos tan terrible, a ratos claramente sugestiva de otros planos de existencia, la de Ramón López Velarde.  Siempre ha llenado mi espacio individual de estupor, de una certeza de algo “pleno y extraño”, como diría Shakespeare, que seguirá vivo después de que los muertos entierren a sus muertos.

La verdad metafórica

En su “Advertencia” a Un corazón adicto: la vida de Ramón López Velarde, Guillermo Sheridan puntea suspensivamente la verdad, burlándose un poco del mundo, del país, del hombre, del mexicano, de sí mismo, al fin y al cabo, en su pretensión de hallarla.  Su verdad, la que busca en López Velarde y justifica, cuya fragmentariedad lamenta, ha quedado encerrada en el vaso hermético de un corazón al que acaso podía haber abierto la adicción.  Los poemas más intensos de Zozobra tienen al centro un latido que se sigue oyendo después de lo expresado, más allá del ojo que soñó captarlo, de las casas zodiacales y de todo aquello que rebasa al símbolo.  El poeta articula el significado de tan peculiar fervor casi desesperadamente, declarándose “adicto a María Jayme”, por ejemplo, o todavía más lleno de misterio, hablando de “la cesta de frutos efectivos que recogemos de la tierra adicta”.  Conforme más a fondo se lee, más nos sale al encuentro una devoción absoluta de la que él es una especie de vehículo.  Conforme más personal se presenta, menos lo es.  El ejemplo de María Jayme no despierta la curiosidad acerca de una equis persona.  A mí ella me da igual, en realidad. Lo que detiene y cimbra es el adjetivo que nos lleva a las raíces, evaporando la anécdota, lo individual. Me parece que no es acuñando una palabra que este poeta transforma, sino expresando cómo es, desde su amanecer, el mismo día de Adán; cómo responde el corazón ancestral en el actual estadio de la conciencia humana.  Entonces resulta que la gota se torna categórica, el congregante imberbe, maléfico el retorno, singulares los vellones del Cordero, eterna no el alma sino su friso; voluptuosa la melancolía, lúbrico el barómetro, exacta la pasión, místico el busto femenino, música la cintura, leso el corazón, rojas las utopías, fértil la bienaventuranza, liviano el chacal, impávido el cenzontle, ágil la arquitectura, sufrida la blancura, etcétera, hasta desembocar en las llagas prismáticas.  Por supuesto que ya en el mismo plano se hallan, a estas alturas, la ineptitud inepta, el amor amoroso, las parejas pares y el más bien muerto de los mares muertos.

López Velarde descubre el factor comunicante de los vasos.  No basta con ser humano, literato, amante de la palabra desde niño o desde adulto, sensible, algo más que inteligente. No basta con imaginar, concebir, sentir el paraíso, porque él es capaz de salarlo no con mezquindad, sino con ¡gratitud!  De él sale uno buscando un remanso a la paradoja obsesionante, enloquecedora.  ¿Y qué ocurre?  Huyendo de su angustiante “¿Qué es eso?” a la entrada de la antigua casa jerezana, sale al encuentro la niebla triste como un manto de dos vistas, un luto guardado por la estupidez, la decepción y la melancolía modernas.  En resonancia, Jung aparece en esta escena, preguntándole a su propio interior como si fuera otro individuo: “¿Qué es eso que vive en ti?”  Presta oído entonces a su voz femenina, el ánima en su más alto y primitivo sentido, que responde: “Es el arte.  No, no, es la naturaleza”.  Otro personaje que me permito presentar como parte de esta procesión dantesca, W.B. Yeats, prorrumpe: “¿Qué es aquello?”, cuando una muchedumbre apresurada en una nave fulgurante, a todo lo largo de la noche, sobre un mar a punto de llorar, canturreaba con respiración extática (semejante a la del poeta jerezano expirando en el colmo de la inspiración): “el dulce nombre de la Muerte”. 

No al espanto de lo oscuro como tal me conduce López Velarde, sino al que implica seguirlo de cerca.  A bordo de su bajel simbólico uno puede fácilmente naufragar.  Por eso una recreación artística de este corazón, como la realizada por Sheridan, conduce al buen puerto de una Vida, no al de una biografía académica.   

Según Virginia Woolf, para el artista “la autenticidad radica en la verdad de su propia visión”.  Sheridan sigue este camino en calidad de novelista, con la libertad interpretativa de que carece quien procede fiel a los detalles documentales comprobables.  Avanza guiado por sus propias reglas, a sabiendas de que esto no lo exime de peligros y riesgos pues, acota Woolf curándose en salud, “…de la multitud de vidas que se escriben, ¡cuán pocas sobreviven!” 

Esa vida, ésta

Reza el Libro de los Muertos: “Mi corazón, mi madre/ Mi corazón, mi madre/ Mi corazón de transformaciones.” 

Los cinco sentidos de este poeta quedan desparramados de forma sinestésica a lo largo de los cinco capítulos coincidentes.  A ratos parece que la vista es el canal, la vía más franca de este tren; pero más tardamos en sentirnos perseguidos por sus ojos que en distinguir el profundo olor a sacristía y, sobre todo, el sabor íntimo de mujer, no cáscara y sí gajo de naranja, no cáscara y sí pulpa de guayaba, y luego las manos que acarician el retablo del Ánima Sola y cada palabra que la invoca, mientras se escucha un anegamiento de lágrimas femeninas que da terror.  Así de principio a fin.

López Velarde recién nacido, bebé, niño, adolescente, joven adulto, agonizante, es el mismo.  Hay en su suceder un destino manifiesto, una concordia fiel a lo que Alfonso Reyes llamaba “constante providencial” que hace grandes a los grandes, puesto que “algún pacto cruel y algo inhumano” los pone “en complicidad con las fuerzas de tierra y cielo”.  En pocos poetas resulta tan evidente esta suerte de alianza.  Sheridan consigue presentárnosla mediante el cambio del concepto de la biografía tradicional, creando una nueva vertiente, más en contigüidad con la ficción que con el desfile erudito. ¿Subgénero?  ¿Reunión de géneros? Tal parecería que lo segundo conduce a lo primero creando un ouroboro literario, un texto serpentiforme que se engulle.

Elementos del nuevo género: ingredientes en un caldero macbethiano

  • Cine, gotas de celuloide temporal 

El capítulo inicial, correspondiente al nacimiento y primer año de vida del personaje-protagonista, describe lo que una cámara capta con mayor habilidad:  el tiempo que fluye.

El movimiento se transmite no merced a una sucesión temporal lógica, sino a algo dinámico por excelencia:  un viaje, el viaje que es el presente, al estilo de Mrs. Dalloway o Buck Mulligan.  Mientras el niño Ramón se dirige al sitio de su bautizo y al hecho contundente de las primeras aguas sagradas que rozarán y humedecerán la fontanela (uno más de sus pozos invertidos), se despliega el paisaje inmóvil del pasado, la sangre heredada, la genealogía; y se sugiere el futuro por medio del augurio, la magia, la presencia de las tres hadas buenas y de la mala inevitable: cuatro hermanas solteronas del padre del poeta, tres de las cuales le arrojan los polvos de la doncellez que viste al niño santo, que lo encomienda a Dios, y una, Dolores (¡!), la subvertida, que tras la amargura del rostro contiene las lágrimas que derramarán tantas otras mujeres.  Coinciden Josefa, Margarita y Elena con cualquier triada de divinidades convidada al bautizo: son pasado, presente y futuro.  No podía faltar tampoco aquí la Moira capaz de predecir cuándo se cortará el “hilo escuálido de seda”, mezcla de Cloto, Láquesis y Átropos, vida, destino y muerte, pero que no es cabalmente ninguna, cosa por demás congruente con su subversión.  Representa el desajuste del sistema de trinidades –tanto mitológica como lopezvelardeana–; la que hará coincidir el último destello del candil, “enfermo de lo absoluto”, con la intervención de la madre en el lecho de muerte del poeta, 33 cabalísticos años después.

  • Poesía, pluralidad significativa a cuentagotas

La infancia.  Los primeros 12 años de vida. Tres (para variar) son aquí los recursos originales que emplea Sheridan para la recreación.  El menos poético lo asiste para comenzar: estirando la banda del tiempo, parte de los 12 años y va hacia atrás.  Como cualquier Proust, abre el relicario (el portón de aquella casa), el recuerdo, y aspira su olor.  A nadie pretende sorprender; sí, en cambio, se sabe entrometido y admite humildemente estar dándose el lujo de penetrar a la zona más íntima. Y como si este acto lo hubiera purificado, entra de lleno y sin sombra de afectación o artificio en la poesía de la infancia.  Grosso modo, dos son los logros de la vía formal.  En primer lugar, la imagen poética axial, los higos, perfectos en su combinación dulce (en el fruto) y amarga (en la leche que fluye por el tallo).  Perfectos en su mezcla de inocencia dulce y comienzo del deseo sexual amargo, solitario. Perfectos en su abierta posibilidad de goce y su imposibilidad de unirse a la amada en el umbral. En segundo lugar, la infancia y la pubertad se esclarecen gracias al presente permanente, típico del libro de lectura de primaria:

Pero por supuesto que la mujer es tan pequeña que ni siquiera importa que esté desnuda, pues ni se le nota nada.  El niño mira a su hermano que le clava las uñas

a la piel de la naranja, la abre y la voltea mostrando su carne brillante y cargando el aire de perfume. No sale ninguna mujer. Y Ramón mete la mitad de la cara en esa

fragancia ácida y come atragantándose con sus carcajadas.

Como contraste, la adolescencia incipiente aparece en el cuerpo del mero deseo, que magnifica la puerta al eterno retorno:

Levantarse temprano para ir a despedirse de la Dolorosa […] Mirar cómo se van

uniendo en una marcha silenciosa, en un gineceo empeñoso, en medio del cual él

es el único varón que va hacia la Dolorosa […] Mirar esas lágrimas de bisutería […]

Escuchar […] Acabar […] Erguirse luego y voltear […] Avanzar […]Sentir […] Presentir […]

He aquí lo imaginado, lo nunca llevado a cabo, expresado según el infinitivo de ciertas frases: (Quién pudiera) despertar, hablar, descubrir, vivir…

  • Cuento, sílabas de un relato hipnótico 

Tiempo de reposo, cuyo ritmo nos hará descansar de la cifra densa de la poesía. No hay pista alguna conducente al cuento moderno y su simbología central. En todo caso, alguien relata, conversa, nos demuestra no haberse topado con una “vida gris”. Es aquí precisamente donde viene al caso Lytton Strachey, y no por pedantería. Un libro suyo aparece al azar en un estante como aconsejando a Sheridan seguir sutiles estrategias.  Primero, abordará el tema en sitios inesperados, echando mano de un supuesto entrevistado que lo lleva del brazo del “Cabezón” hasta el Seminario:  de las fuentes clásicas de Virgilio pasará al análisis de los símbolos de esta persona tan especial, su zodiaco: el mundo, la casa, el otoño, los impulsos reales de su corazón.  Después, embestirá por el flanco y por la retaguardia hasta lograr que se dispare una luz reveladora de momentos oscuros: la Casa hacia afuera y hacia adentro, la poesía descubierta como una religión.

  • Crítica, dosis exegética 

Sheridan ha optado por el más sobrio aspecto de su estilo, el descriptivo, para intercalar su análisis crítico de la obra.  Sigue más o menos de cerca la trayectoria de los años jóvenes del poeta, pero elige, para ampliar el espacio y permitir que se produzcan las transmutaciones entre vida y obra, los distanciamientos entre una y otra. Este capítulo es semejante en intensidad al de la infancia: ¿se deberá a una osadía lopezvelardeana, que profesa la moral de la simetría?  El poeta se asume como niño eterno.  Poco a poco se van integrando hombre-lenguaje, hombre-realidad, realidad-hombre. El círculo, el huerto, se va cerrando gracias al mutuo deseo entre ser humano y palabra:

El lenguaje cobra una realidad superior a la de las cosas, porque el poeta lo percibe como una cosa en sí misma que, además, vibra con la densidad del espíritu, lo que genera un bálsamo paliativo sobre la herida, una emoción gemela al portento de crear, un conocimiento profundo y singular, un conocimiento emotivo.

Sheridan se concentra en la interpretación de este conocimiento sirviéndose, digamos, de la pertinencia metafórica como muro de contención.  Sólo que a veces deja entrever intuiciones de otro orden, un orden simbólico-religioso.  El metal…, el estupor…, la revelación…, una realidad que se antoja tan espeluznante como la patria lopezvelardeana.  Y para desviar de ella la mirada, parecen como mandados a hacer los episodios amorosos, la vida de periodista ultramontano y, sobre todo, la serie de acontecimientos que coinciden con uno de los periodos más interesantes de la historia de México.  Oportunidades para conjeturar inteligentemente no faltan, suficientes elementos de juicio asisten a este biógrafo que no se deja obnubilar; ayudado por la sensibilidad, sigue el consejo alfonsino de, llegado el momento, romper con argumentos de autoridad, deshacer los esquemas rígidos de la metodología, viendo en ella el medio y no el fin.

Ha quedado cincelado el hecho de que “la búsqueda del metal de la voz es silenciosa”, y va acompañado de una negativa a tener hijos… Si siempre me había sentido tentada a poner mayor atención a los símbolos implícitos en el lenguaje de López Velarde, este Corazón adicto me ha empujado más hacia allá.  Este metal vil, conciencia ligada al cuerpo y como sumida en él, remite al “cuerpo metálico” alquimista del que había que extraer alma y espíritu.  Si este cuerpo (“que fue la carga/de la nave de los hechizos”) no correspondiese a una realidad interior, no podría servir de materia prima para la obra.  El oro, aurum non vulgi, espíritu vital, revela en sueños –dice Jung– la unión de materia espiritualmente viva y físicamente muerta (¿el “Sueño de los guantes negros”?).  En el capítulo final de esta Vida hay un surco arado hacia la realidad onírica, la muerte en “la cúspide radiante/que el metal de mi persona/dilucida y perfecciona”.  El aurum philosophicum brillante se irá haciendo cada vez más presente en la poesía y la existencia del poeta que, al asfixiarse, establecerá un mecanismo paralelo de latidos de ese corazón que le “da a beber el resplandor de un faro”.  ¿Por qué la insistencia en el “beber”?  Ficino, Pico de la Mirandola, Giordano Bruno, Ramón Llull, magos renacentistas, todos “bebieron” el spiritus mundi.  Quien aloja en su interior el poder para crear (y por tanto posee también la contraparte: “el albedrío de negar la vida es casi divino”, afirma López Velarde) absorbe el fulgor. El “spiritus intus alit” de Virgilio, que se nutre por dentro, no puede derramarse porque se corrompería: el vaso hermético de la poesía lopezvelardeana impide físicamente al hombre “echar a rodar nuevos corazones”. En efecto, su amor –según afirma Sheridan– era irreal, porque lo conducía a la revelación de “su propio misterio”:  corazón, copa sanguínea de transformaciones.


 

• Diálogo en movimiento de tranvía, puntos sobre las íes

Dominios del novelista.  Una conversación entre los amigos más cercanos del poeta recrea su justa dimensión humana.  No se trata exclusivamente de un recurso original que, además, ofrece la flexibilidad necesaria para la intuición.  Su riqueza tiene más bien que ver con la combinación de la literatura conversable (que, de acuerdo con el propio López Velarde, “reposa en la sinceridad” pues “quienes conversan se despojan de todo propósito estéril”) y el conocimiento de cuanto testimonio oral y escrito documente la obra, así como las opiniones y sentimientos de los amigos que intervienen.  No gratuitamente optó Sheridan por Rafael López, Enrique Fernández Ledesma y Jesús B. González, dejando fuera a Pedro de Alba, por ejemplo.  Sin duda se meditaron también la elección del padre Reveles y el doctor De Torre.  El resultado fue un “tiempo confidencial” como el que aparece en el poema “Disco de Newton”, y dada la intervención de todos ellos, la charla se concretó en un omnicromo “ensayo de dicha”, evocador de una presencia poética.  Las fuerzas dialogantes encuentran un sutil equilibrio. Fernández Ledesma se encontrará siempre entre Chucho y Rafael López; admite los detalles anecdóticos, cotidianos, típicamente biográficos que el primero conoce al dedillo (ofreciéndoles lente literaria), y establece con el segundo una dialéctica cabal, una animación compartida por investigar la verdad interior del amigo.  Dicho de otro modo, a Chucho le hace el quite anecdótico, y a López, el literario. De las dos inteligencias, prefiero la calidez de Fernández Ledesma. El padre Reveles es la audiencia perfecta, un nexo formidable entre las ideas que se quieren exponer, por su bondad, su muy hondo interés, su sencillez y su tristeza al comprobar la eficacia de algunos contados actos.  Son personajes a los que sus visiones describen de cabo a rabo.  El único que encarna cierto artificio es el psicoanalista. Sus intervenciones me parecen tiesas, forzadas.  No respira: da la impresión de ser un fallido recurso para especular en cuanto a la culpa, la famosa somatización de males espirituales, la psicología del poeta en general y la de éste en particular.  A los tres amigos de López Velarde les queda como anillo al dedo el saber de memoria la poesía del personaje recordado (no así la prosa) para sacarla a colación en los momentos pertinentes; su conversación tiene a ratos un tono wildesco, son mentes lúcidas, cultas, que juegan con la literatura y la vida desde un vagón de tren mexicano, tal como lo hacen los Vivian, Cyrill, Gilbert o Ernest desde una biblioteca inglesa.  Sin embargo, De Torre opinando de la poesía, y declamando de memoria nada menos que “La mancha púrpura”, nos confirma que a ratos “la vida deja de vivirse y va a recitarse”, como diría el jerezano.  Bueno, y qué decir del diputado:  con enorme sentido del humor, sirve de telón de fondo raído y decadente a la crítica de Sheridan.

Un corazón adicto presenta la particularidad de un doble final:  el contado por Fernández Ledesma acerca del momento en que expiró el poeta, por un lado, y el que lo hace perpetuarse mediante la última voluntad cumplida, por otro:  el descenso simbólico de la lágrima intentando revelar la verdadera naturaleza del alma del poeta.  La escena física de la lágrima arrojada al pozo, no obstante, me parece innecesaria.

Todas las lágrimas del mar

Como sutiles emanaciones, de esta Vida se desprenden tres relaciones importantes con la “mirífica mujer”, el axial temor de Dios, ese “misterio encarnado” que, por serlo, hacía decir al poeta: “Sólo la mujer no envejece”.  Sheridan registra cuanta relación pasajera, tangencial o incluso merecedora de un cortejo equis cultivó o pudo haber cultivado López Velarde.  Sin embargo, de éstas, ni la propia María Nevares logró distraerlo del propósito ulterior de mantener su integridad.  Las únicas que lo lograron, y sólo hasta cierto punto, fueron la consabida Josefa de los Ríos, Margarita Quijano y la madre, arquetipos todas, más que féminas de carne y hueso.

Su devoción a ellas quedó poetizada con un llanto abundantísimo.  Desde su producción joven, le ruega a Fuensanta, su prima hermana, que lo haga llorar. Y al final de su vida, en sueños, ve el océano en su seno.  Con Margarita Quijano tiene que ver uno de sus poemas más intensos, “La lágrima”, sitio éste donde el poeta confiesa querer encerrarse.  Y el llanto a la madre nos anega en el “Sueño de la inocencia”, ese “lago de las lágrimas y el río del respeto” cuya belleza espiritual saciará la sed de la tierra, contribuirá al ritmo de sístole y diástole de la generatriz eterna.

Dos llantos masculinos llaman la atención: el del padre de López Velarde, quien a la muerte del tío Mateo “se desbarata en un sofoco de gemidos roncos”; y el suyo propio, en el momento crucial en que decide abandonar el seminario para seguir a la poesía: “Ramón dejó entonces que sus pesares, el combate de sus apetitos y su voluntad, sus expectativas y sus normas, se purgaran en unos cuantos sollozos opacos”.  Roncos unos, opacos los otros.  Asfixiantes unos, purgativos los otros.  Curioso, ¿no?  Cuál no sería esa sed no saciada, cuál la magnitud, la necesidad de un manantial eterno.

Josefa de los Ríos, fuente inaugural, ha llorado en el vientre de su madre, lo cual la hace adivinarlo todo, ser emblema de sabiduría arquetípica. Sólo tuvo un novio, que se arrepintió.  Margarita Quijano es nada menos a quien López Velarde revela su ansia de infinito cifrada en una lágrima.  Su alma “se sacude en un torbellino superior” y posee “una alteza visionaria”.  Pertenece también al grupo de mujeres mediatrices que convocan al espíritu interior del hombre, y tienen no sólo el poder de inspirar sino el de intoxicar o “inducir el estupor”.  Igual que la de Fuensanta, su historia amorosa se reduce a un solo novio que huyó a París.

Además de mediar, ambas son vírgenes en el sentido más profundo, que comparte López Velarde. Virgen significa “perteneciente a ningún hombre”, una en sí misma; no inviolada, sino muchacha sola (como el Ánima en el Purgatorio).  Ser virginal no implica ser casto; sí, en cambio, ser sincero con la naturaleza y el instinto.  La selva virgen no es estéril; se ha reproducido porque, siendo especialmente fértil, ha tomado a la vida para sí y la ha transformado, dando a luz de manera natural, tomando las cosas muertas también para reciclarlas.  Es virgen porque no se halla bajo el control de ninguna persona.  Según Jung, esta virginidad simboliza la sumisión creativa a las exigencias del instinto, al caos de la naturaleza.  ¿Acaso no es obligado identificar a López Velarde con estas mujeres libres, sabias hermanas a quienes Apolo persigue y de quienes después huye, en quienes se refleja, pero a quienes nunca toca?  Son receptoras naturales de los mejores momentos de la poesía lopezvelardeana, son el vaso de infinitas transformaciones (de ahí que no envejezcan). La sal de sus lágrimas es crucial en esta interpretación, porque constituye el principio de corporeidad frente al del espíritu.  Ambos forman parte del oro, sólo que la corporeidad, la sal, representada alquímicamente por las cenizas, necesita purificarse de la “humedad” pasional (“Si soltera agonizas/ irán a visitarte mis cenizas”): retendrá entonces el “espíritu fugitivo”, fijándolo a un estado espiritual perfecto…

La madre, por otra parte, inicialmente encauza el agua, y ofrece las lágrimas que habrá de beber López Velarde al final, a punto de fallecer.  Sin embargo, de una extraña manera, ese “aroma salino y animal” que aspira el poeta niño, también la asocia con un cuerpo, el de la tierra en su sentido más primitivo.  Si había de regresar a la tierra, al menos lo haría purificado por ella misma. 

Yo insisto, no obstante, en un fin anterior.  Le emisión de un sonido a la hora de la muerte, en épocas ancestrales, contaba con dos propósitos:  disipar los poderes de la oscuridad e invocar a la diosa, ofreciéndole un lugar mediante movimientos análogos al subir y bajar del diafragma, inhalación y exhalación, transformando el espacio interior con la expansión propiciada por la palabra.  Ésta, producto humano, se abre a la imagen divina: “Ramón suspiró profundamente y musitó: ¡La vida! ¡La vida…!” Ahí, en el nombre pronunciado, estaba la gran madre, la dama de las aguas profundas, portadora de la sabiduría.  ¿Por qué insistir en los tiempos ancestrales, primitivos, en el caso de un poeta moderno? Aparte de su compartida unión con la divinidad, porque –como afirma Robert Duncan– “de igual modo que el primer hombre, el sacerdote y el chamán, el verdadero poeta –y no hay muchos– es el guardián de los arquetipos del inconsciente colectivo.  Su función no es inventar, sino redescubrir y animar”.


Posted: November 25, 2021 at 12:18 am

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