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Cesarismo democrático, American style
COLUMN/COLUMNA

Cesarismo democrático, American style

José Antonio Aguilar Rivera

¿Cuál es el saldo de la presidencia de Donald Trump para la democracia norteamericana? Parecería haber dos narrativas muy diferentes. La primera hace énfasis en su resistencia. El populista Donald Trump puso a prueba el casco de la venerable nave de más de 200 años, pero el barco resistió bien la tormenta. La democracia mostró su fortaleza y la vitalidad de sus instituciones. Los fundadores habían ya previsto en el siglo XVIII la potencial amenaza de un demagogo y tomaron las precauciones correspondientes. El vigoroso sistema inmunológico del cuerpo político funcionó como estaba previsto y los votantes dieron un golpe de timón correctivo al navío. La otra lectura es menos optimista. Ve al populismo, del que Trump es sólo un representante, como un potente solvente de las instituciones, las prácticas y el ethos de la democracia liberal. Si bien es cierto que los tribunales no fueron capturados y que la oposición logró sobrevivir para ganar la cámara baja en la elección intermedia y obtener la presidencia cuatro años después, el daño es evidente. Sólo el 60% de los ciudadanos confía en las elecciones y el país se encuentra polarizado como no había ocurrido en 50 años. Por primera vez desde el siglo XIX la integridad de sus procesos electorales ha sido cuestionada por una parte importante de la sociedad que no confía en sus resultados. Una turbamulta, azuzada por un presidente en funciones, pretendió impedir la consumación de la elección presidencial de noviembre invadiendo el recinto parlamentario del Capitolio. Una manifestante fue muerta en el interior del edificio a manos de la policía. Otros más murieron en el exterior.  Desde la guerra con Inglaterra de 1812 no había habido violencia organizada en ese lugar, que tiene una importante carga simbólica. ¿Quién tiene razón?

Hay un problema de perspectiva y consiste en que a la postre cualquier resultado parece inevitable. Ex post es muy sencillo encontrar argumentos para explicar cómo lo que ocurrió era obvio. Eso es una ilusión y el reto es no sucumbir a esa falacia. En el caso de los Estados Unidos la elección bien pudo haber tenido un resultado muy distinto. Donald Trump perdió, pero no por un gran margen. No hubo un castigo contundente de los votantes. La desconfianza que sembró su negativa a reconocer la derrota abre un expediente inédito de erosión democrática y polarización en ese país. Las fuerzas sociales que crearon a Trump permanecen. Un mal candidato, con altos negativos (como Hillary Clinton en 2016) o percibido como radical tal vez no habría logrado darle la vuelta a estados clave como Wisconsin, Pensylvania o Michigan. Si bien el conteo final confirió a Biden un margen de varios millones de votos, lo cierto es que porcentualmente Donald Trump perdió por solo cuatro puntos. Una segunda presidencia de Trump era un prospecto muy posible y lo fue hasta el último momento. Los votantes norteamericanos no aplicaron un claro y contundente  castigo al experimento autocratizante que fue su presidencia.

El problema con los procesos de autocratización es que es muy difícil trazar umbrales claros, hasta que es muy tarde. Tratamos de hallar un evento que marque un hito como, por ejemplo, el incendio del Reichstag, el parlamento alemán,  en 1933. Ese acontecimiento dio al traste con la república de Weimar y marcó el fin de la democracia a manos de los nazis. ¿Cuáles serían exactamente las señas de una grave y evidente crisis en la democracia más vieja del mundo? Esta es una pregunta muy compleja que no tiene respuestas sencillas. Sin embargo, el intento de subvertir una elección democrática legítima debería contar como una de ellas, aunque fracasara al final. Esa probablemente será, al cabo, la importancia simbólica de la toma del Capitolio del 6 de enero de 2021. Hasta el momento en el que Donald Trump azuzó a una turbamulta para que irrumpiera en el parlamento y detuviera la certificación de los votos del colegio electoral que tenía lugar ahí se podía decir que el conflicto poselectoral había sido encauzado por los medios institucionales. En las horas posteriores al evento se debatió si se trataba de un golpe o de una simple manifestación que no había sido contenida apropiadamente por la policía. Para algunos observadores se trataba más bien de una farsa, un desfile de disfraces en el Capitolio. Ninguna fuerza golpista había aprovechado el incidente para hacerse con el poder, como realmente ocurre en los golpes de Estado.

Los regímenes democráticos no son convivios de cordialidad y consenso; son arreglos que permiten procesar el conflicto, muy duro y disruptivo, sin recurrir a la violencia. Las imágenes de la chusma enseñoreándose en el recinto parlamentario son muy poderosas…

Creo que ninguna de estas explicaciones captura la importancia simbólica del suceso. Los regímenes democráticos no son convivios de cordialidad y consenso; son arreglos que permiten procesar el conflicto, muy duro y disruptivo, sin recurrir a la violencia. Las imágenes de la chusma enseñoreándose en el recinto parlamentario son muy poderosas por varias razones. La primera es que resulta difícil creer que la irrupción pudiera ocurrir sin un grado de complicidad de las fuerzas del orden encargadas de salvaguardar las instalaciones federales. Ello constituiría una peligrosa fractura al interior del aparato estatal. Mientras que los recursos legales para impugnar los resultados de una elección —y las manifestaciones callejeras— son una parte normal del proceso democrático, no lo son las acciones extraparlamentarias de turbamultas incitadas desde el poder. Seis de cada diez votantes norteamericanos considera que la toma del Capitolio constituye un riesgo a la democracia. Sin embargo, la lectura es radicalmente opuesta cuando se considera la identidad partidista: mientras que el 93% de los demócratas lo cree así, solo el 27% de los republicanos concuerda. Casi el 68% de estos últimos considera que las acciones extraparlamentarias, llevadas a cabo por los simpatizantes del presidente Trump, no constituyen una amenaza a la democracia. La posibilidad de una comunidad cívica, con acuerdos fundamentales en cuestiones de procedimiento, se esfuma ante nuestros ojos en los Estados Unidos.

Lo que estos cuatro años han evidenciado es que las peculiares mores, las costumbres, los hábitos del corazón, que Alexis de Tocqueville identificó como las responsables de la democracia norteamericana, se han erosionado. Son las reacciones a, no la toma del Capitolio misma, las que evidencian la pérdida de una cultura cívica compartida. Las mores tocquevillianas no son instituciones tangibles: son el espíritu que las anima, que las hace funcionar y que las preserva. Son su principio operativo.

Si ponemos menos atención al hecho palmario de que los baluartes institucionales de la democracia norteamericana resistieron el embate populista y examinamos con detenimiento los basamentos de la muralla, nos asombraremos del potencial destructivo de la presidencia de Donald Trump. Prácticas, instituciones y edificios de más de doscientos años fueron socavados, que no derribados, de una manera pasmosa en pocos años. Creer que porque las paredes están de pie no se encuentran carcomidas por la termita populista es una gran ingenuidad. Que un vetusto edificio sobreviva un gran terremoto no quiere decir que no esté tocado, su integridad estructural comprometida. Tampoco quiere decir que resistirá el siguiente. Llevará años de estudios estructurales, de pruebas y pesquisas, entender exactamente dónde han cedido los materiales. Algunas de las grietas en las columnas son evidentes, como la erosión en la confianza en las elecciones, y la pérdida de Estados Unidos como un ejemplo democrático para el mundo,  etc., pero otras están cultas y sólo se mostrarán después.

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En 1817 Thomas Jefferson le escribió al marqués de La Fayette: “Desearía poder proporcionar mejores esperanzas sobre nuestros hermanos del sur.  Su independencia de España no está más en duda. Pero una pregunta muy seria es ¿en qué se convertirán? La ignorancia y el fanatismo, como otras locuras, son incapaces de autogobierno. Caerán bajo el despotismo militar y se convertirán en los instrumentos asesinos de sus respectivos Bonapartes”.[1] Ahora los Estados Unidos se miran en el espejo y no se reconocen.

Nota

[1] Thomas Jefferson a La Fayette, 6 de diciembre de  1813, en Thomas Jefferson, Writings (Nueva York: The Library of America, 1984), pp. 1408-09.

 

José Antonio Aguilar Rivera (Ph.D. Ciencia Política, Universidad de Chicago) es profesor de Ciencia Política en la División de Estudios Políticos del CIDE. Es autor, entre otros libros, de El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos (Taurus, 2004) y La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 (FCE, 2010). Publica regularmente su columna Panóptico, en Nexos.

 

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Posted: January 7, 2021 at 7:49 pm

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